Hay un margen de orificios en negro,
no puntuales, no heridos de kilómetros o nieve.
Hablo de esos espacios que no se han escrito,
cielo azul en las manos, rizos que ocultan en los puentes
rotas estatuas.
Fingimos ser isla, una maleta de ojos exhaustos,
compramos tejas que la lluvia no apresó,
confiamos la tea de ese fuego inoportuno
a juegos de medianoche, ardides de un ajedrez
dormido en jazz, neón en la lengua que pide silencio.
Al empezar el viaje la piel deja un rastro
en el adoquín de los días, después llegan jardines,
columpios, torres perfectas erguidas como lápices,
el olor de la ceniza cuando las iglesias se acercan
a comprar la oscuridad que no vende su memoria
(el viaje, un pantano de frutas cálidas, calles atosigadas
por violines y fantasmas en el acordeón de un reloj parado).
Amor que has visto mercados tan antiguos como ciénagas,
especias de oriente, seda turgente en los vasos de bohemia,
esfinges diminutas que nadie agita en su reverso, y los ríos,
el agua que se fija en el instante que muere
para que crezca la perla bajo tu párpado de piedra.
Nuestros cuerpos han volado sobre agujas,
queda la fisura del incienso y un hedor a miércoles
en las axilas del tiempo.
no puntuales, no heridos de kilómetros o nieve.
Hablo de esos espacios que no se han escrito,
cielo azul en las manos, rizos que ocultan en los puentes
rotas estatuas.
Fingimos ser isla, una maleta de ojos exhaustos,
compramos tejas que la lluvia no apresó,
confiamos la tea de ese fuego inoportuno
a juegos de medianoche, ardides de un ajedrez
dormido en jazz, neón en la lengua que pide silencio.
Al empezar el viaje la piel deja un rastro
en el adoquín de los días, después llegan jardines,
columpios, torres perfectas erguidas como lápices,
el olor de la ceniza cuando las iglesias se acercan
a comprar la oscuridad que no vende su memoria
(el viaje, un pantano de frutas cálidas, calles atosigadas
por violines y fantasmas en el acordeón de un reloj parado).
Amor que has visto mercados tan antiguos como ciénagas,
especias de oriente, seda turgente en los vasos de bohemia,
esfinges diminutas que nadie agita en su reverso, y los ríos,
el agua que se fija en el instante que muere
para que crezca la perla bajo tu párpado de piedra.
Nuestros cuerpos han volado sobre agujas,
queda la fisura del incienso y un hedor a miércoles
en las axilas del tiempo.
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