charlie ía
tru váyolens
de civitate dei
una religión para los dioses
una
en la que la temporada lluviosa
sea una canción de new age
o una cumbia donde una mujer vaya y venga
sustituyendo a otra
con tal de que la dulzura de los labios
permaneza.
desde la ventana
el volcán despierta en un pensamiento agónico
y desde la ducha
el agua da vida a una diosa menor
deslizándose sobre los azulejos.
¿para qué correr la cortina, si las nubes delatan la llegada
de algo absurdo
tañendo la fila de latas vacías con el viento?
una religión para los dioses
no es lo que la temporada se encarga de dejar atrás,
yéndose por la tubería de clase media urbanizada
hacia los círculos de miseria lejanos que la rodean.
una religión ha de ser
una espiral con una montaña endiablada en el centro
donde, tras la debida peregrinación de oficio
uno pueda refugiarse de la desazón que da
el aplastar las latas de cerveza vacías bajo el aguacero:
sus labios rosados
sus tetas gordas
los potenciales hijos que me puede dar
en realidad no son lo suficiente para vencer
a la pila de huesos a cielo abierto
que la cotidianidad te clava contra la voluntad
cada vez que la cortina se corre.