DE MIS SILENCIOS-XXIII
Conmigo todavía
la sed del viento que silba arabescos
en un corazón sin mañanas.
Conmigo todavía
el carmesí de la niebla
y sus ojos lejanos
que dejan un instante clavado
junto a la mano de la tarde.
Qué terrible es el camino de los cántaros
enfermos de muerte.
Qué terrible es pisar tu propia sombra
y jadear tu única muerte.
El perro arrastra el sudor
de los brazos caídos
abriendo sus mandíbulas verdes.
Me olfatean ríos y mares
y las casas cargadas de siglos
me pintan el alma de poros negros.
El tiempo no se detiene
ni el zumo angustioso de la tarde
que busca humedecer en el silencio
este viaje de fría pus.
EBAN
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