Tenía en mis manos el mapa de cualquier país.
Quizá fue su vuelo bajo o tal vez su herida,
quizá no hubo dormitorios sino palabras de rojo sangre.
¿Quién usó las llaves de infinitas ventanas
abiertas al sol y a la negrura?
Años de baba que dejan un rastro de prisión,
de muerte. Un teléfono que llama al silencio,
una habitación oscura donde habita el reloj del invierno.
Mi voz regresa a los pómulos de tu idioma
y allí se abre, inacabada flor que espera tu señal
de faro, de huella limpia, de noche ácida.
Quizá fue su vuelo bajo o tal vez su herida,
quizá no hubo dormitorios sino palabras de rojo sangre.
¿Quién usó las llaves de infinitas ventanas
abiertas al sol y a la negrura?
Años de baba que dejan un rastro de prisión,
de muerte. Un teléfono que llama al silencio,
una habitación oscura donde habita el reloj del invierno.
Mi voz regresa a los pómulos de tu idioma
y allí se abre, inacabada flor que espera tu señal
de faro, de huella limpia, de noche ácida.