Nada más reparador y conciliador para el espíritu que la indulgencia, pero para llegar a este término se require mucha madurez; es pues éste soneto, evidencia de ello. La ley de la vida nos dice: hay que perdonar para ser perdonados y si bien es cierto no es nada sencillo, como le reitero: no hay mayor aliciente que decargar ese peso de la conciencia para abrirnos a cosas mejores; cargar con el odio, la ira, el enojo y la falta de perdón sólo va a deteriorarnos innecesariamente. Se dice que le perdón no es un sentimiento, sino una decisión y cuando la tomamos es la mejor.
Su soneto lleva esa carga liberadora en sus líneas, explicando (superficialmente, o al menos arrojando algunas pistas) sobre el motivo de su situación, o mejor dicho, la situación que se encarna en el escrito, pues es muy distinto lo que escribimos, muchas veces como referencias distanciadas y ajenas a nuestra situación y otra cosa es lo que somos en realidad, hasta llevarnos a su inesperado e indulgente final ¡qué alivio! , En términos generales, una composición esmerada y sobre todo : bien pensada en su articulación.
Mi felicitación por tan hermosa obra, deseando la mayor de las suertes.
Saludos cordiales.
Darío.