FanÁngel
Poeta recién llegado
En cuatro puñados de arena
relucen los ojos turbios de yeso
que dan a luz translúcidos gritos
de silencio por los poros del antepecho.
Quiebran por doquier sus troncos
por el impúdico festín del deseo
en sus allanados cuerpos y conchas
que amasan con la gelatina del ungüento.
Grandes son las olas de la espuma
que ciega la pasión de los peces carroñeros,
en las esquinas recién cavadas
por las bocas de sus rojos agujeros.
¡Quietud!
Quietud en los grandes y salvajes chapoteos
de anguilas de plata viscosa de ceniza,
quemados en la olla del monte de los senos sempiternos.
Y al quejido de la olla sobrevino el enjambre
de animales muertos, que rocían con sus acentos circunflejos
las pezuñas de sus quebradas patas de guano
que desfilan por las fauces de rabiosos perros de matadero.
¡Piedad!
Piedad al despertar de los gallos cenicientos
que quiebran con sus cantos inguinales las lunas
de hojarasca en los portales de invernadero.
¡Se oirán tambores!
A lo lejos se oirán los tambores del destierro.
Desterrados serán los árboles, las plantas, las muchedumbres,
con la piedad inicua del desasosiego.
¡Y la hollarán!
Hollarán la tierra que escupen por las anémonas del tiempo,
por un tiempo y un cielo agonizantes,
mientras escapan los cadáveres insepultos
por una brecha de desfiladero.
¡Mas quedará el espanto!
Quedará el espanto en la dentadura martirizada
del secreto fatal de los pájaros momificados y dormidos
sobre las llagas de la piel dolorosa del quemado lecho.
relucen los ojos turbios de yeso
que dan a luz translúcidos gritos
de silencio por los poros del antepecho.
Quiebran por doquier sus troncos
por el impúdico festín del deseo
en sus allanados cuerpos y conchas
que amasan con la gelatina del ungüento.
Grandes son las olas de la espuma
que ciega la pasión de los peces carroñeros,
en las esquinas recién cavadas
por las bocas de sus rojos agujeros.
¡Quietud!
Quietud en los grandes y salvajes chapoteos
de anguilas de plata viscosa de ceniza,
quemados en la olla del monte de los senos sempiternos.
Y al quejido de la olla sobrevino el enjambre
de animales muertos, que rocían con sus acentos circunflejos
las pezuñas de sus quebradas patas de guano
que desfilan por las fauces de rabiosos perros de matadero.
¡Piedad!
Piedad al despertar de los gallos cenicientos
que quiebran con sus cantos inguinales las lunas
de hojarasca en los portales de invernadero.
¡Se oirán tambores!
A lo lejos se oirán los tambores del destierro.
Desterrados serán los árboles, las plantas, las muchedumbres,
con la piedad inicua del desasosiego.
¡Y la hollarán!
Hollarán la tierra que escupen por las anémonas del tiempo,
por un tiempo y un cielo agonizantes,
mientras escapan los cadáveres insepultos
por una brecha de desfiladero.
¡Mas quedará el espanto!
Quedará el espanto en la dentadura martirizada
del secreto fatal de los pájaros momificados y dormidos
sobre las llagas de la piel dolorosa del quemado lecho.