En ese momento,
el cielo es un mar estático, silencioso
y pulcro.
La orla espumosa del mar
tiene un tinte vinolento
o pardo o mugriento...,
casi agua de fregadero.
Por un minuto, imagino una embriaguez desbordante,
húmeda, atronadora...
intensa, galvanizadora:
en la boca de las olas rumorosas,
yo sería un pez, una piedra fresca
y negra, una alegría pueril,
un pico de gaviota.
Son las once del día, pero da igual.
Bien podría ser de noche
o nunca o siempre.
El mar tiene un brillo apagado de anciano,
una hondura de anciano,
una frescura de niña,
una alegría opaca
de poeta melancólico.
El sol me pone la carne roja...
El mar me despide con chasquidos de lengua.
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