Cuatro en punto de la tarde
Caminaba sin rumbo en aquel callejón.
La curiosidad empujaba mis piernas,
arrastrándome hasta aquella exhibición.
Entre baratijas y objetos aburridos,
hubo uno que me pudo cautivar.
Aquella esfera de cristal
portaba solitaria en su interior
una bella rosa blanca
en medio de un desierto de arena
que ya empezaba a marchitar.
Esa flor tan pura que pudo germinar
en ese árido entorno
donde el débil no tiene lugar.
Pues también de sus pétalos caídos
se deslizaba una gota de rocío,
como lágrima que logra escapar,
dejando saber con su llanto
que hasta lo más hermoso
se destruye en soledad.
Caminaba sin rumbo en aquel callejón.
La curiosidad empujaba mis piernas,
arrastrándome hasta aquella exhibición.
Entre baratijas y objetos aburridos,
hubo uno que me pudo cautivar.
Aquella esfera de cristal
portaba solitaria en su interior
una bella rosa blanca
en medio de un desierto de arena
que ya empezaba a marchitar.
Esa flor tan pura que pudo germinar
en ese árido entorno
donde el débil no tiene lugar.
Pues también de sus pétalos caídos
se deslizaba una gota de rocío,
como lágrima que logra escapar,
dejando saber con su llanto
que hasta lo más hermoso
se destruye en soledad.