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Tumbado en el tibio socavón de mi lecho, como anochecido, miro en retrospectiva el camino recorrido; como un niño en la mudanza acariciando, muralmente su casa, antes de echarla al olvido, o como un anciano sumido, en el recuerdo, en su tiempo jovial, añorando tristemente la virilidad perdida. Así, en el preciso momento en el que ni luz se propaga en torno a mi inercia, ni voz oigo, surcando ondulatoria el aire prisionero entre estos cuatro muros, ni nada cuanto el mundo me dio, está al alcance de mis tristes carpos, metacarpos y falanges, toda la desolación y la tristeza me magullan. La soledad es como un sepulcro lleno de versos, o como una lápida en el rincón más inhóspito de un cementerio, que en vez de haber en su interior huesos, pájaros y flores se hayan; y yazco, única, exhaustiva, intensivamente yazco, en la tremenda interjección entre dos mundos que, para cuestiones del sentido común, para cuestiones, para cuestiones comunes del sentido, comúnmente vienen siendo aceite y agua, pero yazco. Y heme aquí, definitivamente contenido entre los dos grandes círculos que sintetizan en su unión, hueso a hueso, carne a carne y sangre a sangre este pellejo, habiéndose juzgado a sí mismo, habiéndose definido a sí mismo, habiendo amádose a sí mismo y despreciádose a sí mismo, heme aquí yaciendo, yaciendo, yaciendo como todos; y yazco como todos yacen, echados en sus propios cuerpos, apresados en sus propios cuerpos, contenidos en sus propios cuerpos e ignorando o especulando o descifrando, como un hipotético o patético o decrépito inspector ante el horripilante meollo de algún caso gigantesco, la irrefutable tesitura de haber sido. Y ahora, cuando un tremendo sufrimiento me acaricia la existencia, como acosando o manoseando o toqueteándome el trayecto, nada más yo pienso en que aquí yazco, puesto que todos fueron, puesto que todos se me fueron, puesto que todos se perdieron en lo oscuro o se escondieron o murieron, habiéndome dejado, tristemente solo y desgraciado, desgarrado aquí en mi lecho infinitamente en pesadumbre abarrotado de lloros, yaciendo, como quien un niño dado en adopción y abandonado a la diestra y siniestra de la suerte, esperando si acaso la gran e inevitable resurrección de todos. Y yazco, donde confluyen los rostros inflamados e hinchados hocicos de la vida, la terrible degradación del esqueleto, la inutilidad de la carne que tanto merece su descanso, el recuerdo torturante de los “No” y los “Sí” rotundos, perentorios, circulares, redundantes y evidencia de toda carne mía haber traído al hombro. Y anduve andando los caminos que todos anduvieron andando; conmigo mismo a la espalda, llevándome, trayéndome, acarreándome de arriba para abajo por todos los contiguos y recónditos pasillos imparciales de este mundo, y, solo yazco, con el dolor dantesco del huérfano recién desprovisto de sus padres, el sufrimiento homicida de la madre que ha perdido a su retoño, el tormento insuperable de algún novio que haya visto la muerte de su amada, incomprendido en sufrimiento, incomprendido en sentimiento, incomprendido en sus cimientos, y sé que todos vosotros me sufrís y me lloráis porque aquí yazco, entre trágicas tumbas, funestos nichos y amargos mausoleos, lloráis y mil a uno sufrís por mi partida, pero os digo, mi sufrimiento, que se amplifica uno a mil y reverbera entre sepulcros es mayor que el vuestro, porque todos vosotros me perdisteis, y ciertamente perdisteis, pero quien ha perdido más he sido yo, puesto que yazco y, sin embargo canto… sois vosotros quienes os moristeis.