Kabuki
Poeta recién llegado
El ángel de las lágrimas
Entre faros, calles inmensas, unas
boticas, un teléfono público en el cual
deposito una moneda.
Me contesta un ángel. Un dueño
de sus alas que no me puede tocar.
Paso por un puente, millones de carros
a altas velocidades.
El ámbar se mezcla con lo lejano,
me paro en la baranda, estiro los brazos,
nadie sabe de mi.
Sentado en una plaza de cualquier
capital, con un sombrero y
unos poemas en el brazo,
busco un cigarrillo. No encuentro ninguno.
Pasa un vampiro que le muerde
el cuello a un niño enfermo de pena.
Él cae, lo tomo entre mis brazos.
Desaparece.
Alguien baja la mirada, su pelo cae antes
que su pecho, no puede hablar,
la voz entrecortada, mira al cielo,
muere de sed. La acompaño dentro del bus
con un ramo de capulíes.
Alguien toca un acordeón, es un ciego
que me ve sentado con el rostro
pegado a las lunas de plástico.
Sabe de mis sueños. Sabe que estoy
con mucho cansancio encima.
Trato de acercarme pero no lo hago.
Siento que la piel no me pertenece. Aún
sigo con los ojos cerrados. Los abro.
El aire libre de la carretera
corriendo por mis sienes.
Mis lágrimas empapan mis pantalones,
los suecos andan algo limpios,
trato de dejar lo bueno que viví
en un cofrecito que todo buen tiempo guarda.
Caigo al costado, en una avenida
cerrada, con una botella derramada,
con temblores en la carne.
Alguien viene y me toma del cuerpo,
me recoge y me pone sobre
su regazo. Me pongo a llorar. Nunca
he llorado tanto. Sus alas son tan blancas.
Huele tan bien. Es la madre
que nunca tuve. La novia que siempre
quise. Me coloca una manta de
plumas y me cubre los pies.
Suspiro abrazandola hasta dormir.
Desperté en mi cama, desperté
sin querer despertar, todo siguió igual
y yo la veía con su mirada hacia
el piso y entre sus zapatos un pocito
que me recordaba su aflicción.
De no poderme acompañar.
Entre faros, calles inmensas, unas
boticas, un teléfono público en el cual
deposito una moneda.
Me contesta un ángel. Un dueño
de sus alas que no me puede tocar.
Paso por un puente, millones de carros
a altas velocidades.
El ámbar se mezcla con lo lejano,
me paro en la baranda, estiro los brazos,
nadie sabe de mi.
Sentado en una plaza de cualquier
capital, con un sombrero y
unos poemas en el brazo,
busco un cigarrillo. No encuentro ninguno.
Pasa un vampiro que le muerde
el cuello a un niño enfermo de pena.
Él cae, lo tomo entre mis brazos.
Desaparece.
Alguien baja la mirada, su pelo cae antes
que su pecho, no puede hablar,
la voz entrecortada, mira al cielo,
muere de sed. La acompaño dentro del bus
con un ramo de capulíes.
Alguien toca un acordeón, es un ciego
que me ve sentado con el rostro
pegado a las lunas de plástico.
Sabe de mis sueños. Sabe que estoy
con mucho cansancio encima.
Trato de acercarme pero no lo hago.
Siento que la piel no me pertenece. Aún
sigo con los ojos cerrados. Los abro.
El aire libre de la carretera
corriendo por mis sienes.
Mis lágrimas empapan mis pantalones,
los suecos andan algo limpios,
trato de dejar lo bueno que viví
en un cofrecito que todo buen tiempo guarda.
Caigo al costado, en una avenida
cerrada, con una botella derramada,
con temblores en la carne.
Alguien viene y me toma del cuerpo,
me recoge y me pone sobre
su regazo. Me pongo a llorar. Nunca
he llorado tanto. Sus alas son tan blancas.
Huele tan bien. Es la madre
que nunca tuve. La novia que siempre
quise. Me coloca una manta de
plumas y me cubre los pies.
Suspiro abrazandola hasta dormir.
Desperté en mi cama, desperté
sin querer despertar, todo siguió igual
y yo la veía con su mirada hacia
el piso y entre sus zapatos un pocito
que me recordaba su aflicción.
De no poderme acompañar.
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