Hay un ruido antiguo dentro de nosotros.
No viene del mundo ni de las calles,
sino de una voz que habla sin cesar en nuestro interior:
la que recuerda, anticipa, juzga, imagina, desea y teme.
Esa voz nos llena, y sin darnos cuenta,
vivimos saturados de nosotros mismos.
Pero llega un momento —o tal vez un susurro—
en que el alma fatigada suplica silencio.
Entonces descubrimos que el vacío,
ese temido abismo al que nunca nos asomamos,
no es muerte, ni pérdida, ni ausencia...
sino espacio.
El vacío es el cuenco que permite contener el agua.
Es el intervalo entre las notas lo que hace posible la música.
Es la pausa lo que da valor a la palabra.
Buscar el vacío no es desaparecer,
sino dejar de identificarse con lo que pesa.
Soltar las formas, los nombres,
la urgencia de ser algo definido.
Y en esa rendición,
en ese despojo dulce y sin esfuerzo,
surge la atención plena.
La atención no es otra cosa que estar.
No con la cabeza, ni con los recuerdos,
sino con todo el cuerpo,
con todo el instante.
Cuando uno está en el presente,
todo lo innecesario se cae, como la escarcha al sol.
Y uno se da cuenta de que el alma,
para ser libre, debe estar vacía de sí misma.
Así, el vacío no es la negación de la vida,
sino su cuna más honda.
Y la atención, el modo más puro de habitarla.
Continuara
No viene del mundo ni de las calles,
sino de una voz que habla sin cesar en nuestro interior:
la que recuerda, anticipa, juzga, imagina, desea y teme.
Esa voz nos llena, y sin darnos cuenta,
vivimos saturados de nosotros mismos.
Pero llega un momento —o tal vez un susurro—
en que el alma fatigada suplica silencio.
Entonces descubrimos que el vacío,
ese temido abismo al que nunca nos asomamos,
no es muerte, ni pérdida, ni ausencia...
sino espacio.
El vacío es el cuenco que permite contener el agua.
Es el intervalo entre las notas lo que hace posible la música.
Es la pausa lo que da valor a la palabra.
Buscar el vacío no es desaparecer,
sino dejar de identificarse con lo que pesa.
Soltar las formas, los nombres,
la urgencia de ser algo definido.
Y en esa rendición,
en ese despojo dulce y sin esfuerzo,
surge la atención plena.
La atención no es otra cosa que estar.
No con la cabeza, ni con los recuerdos,
sino con todo el cuerpo,
con todo el instante.
Cuando uno está en el presente,
todo lo innecesario se cae, como la escarcha al sol.
Y uno se da cuenta de que el alma,
para ser libre, debe estar vacía de sí misma.
Así, el vacío no es la negación de la vida,
sino su cuna más honda.
Y la atención, el modo más puro de habitarla.
Continuara