Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Los pies descalzos por la arena del sendero,
el paso rápido, como el de quien va a dar un abrazo.
Pies descalzos que vuelan por el hayedo,
presos de un cantar que brota del pecho
y se lanza como nube de colores,
como grito alegre que llegue al cielo.
Mis pies sobre la hierba descalzos,
recorriendo el camino del fauno,
con brincos y saltos,
al son de la flauta de Pan,
rayos de sol que vienen desde lo alto.
Sombras que corren y juegan,
se esconden y surgen como encantamientos
que nos mueven a risas
a girar como aspas de molinos de viento.
Pies mojados que saltan del arroyo al prado
y juegan a esquivar capilotes amarillos
que todavía huelen a nieve.
Y de pronto se paran,
en sus prisas se detienen,
para arrancar de nuevo
y llevarme junto a la encina,
el árbol grande del valle,
donde te encuentras, sonriente,
feliz y traviesa, esperándome.
el paso rápido, como el de quien va a dar un abrazo.
Pies descalzos que vuelan por el hayedo,
presos de un cantar que brota del pecho
y se lanza como nube de colores,
como grito alegre que llegue al cielo.
Mis pies sobre la hierba descalzos,
recorriendo el camino del fauno,
con brincos y saltos,
al son de la flauta de Pan,
rayos de sol que vienen desde lo alto.
Sombras que corren y juegan,
se esconden y surgen como encantamientos
que nos mueven a risas
a girar como aspas de molinos de viento.
Pies mojados que saltan del arroyo al prado
y juegan a esquivar capilotes amarillos
que todavía huelen a nieve.
Y de pronto se paran,
en sus prisas se detienen,
para arrancar de nuevo
y llevarme junto a la encina,
el árbol grande del valle,
donde te encuentras, sonriente,
feliz y traviesa, esperándome.