Luis Adolfo
Poeta que considera el portal su segunda casa
A propósito de la traducción de L.A. De Cuenca
El precio de la paz
en tiempos de Atila el de los Hunos
se pagaba con sangre de la estirpe.
Pero hubo un hombre valeroso
que nunca renegó de sus orígenes
y se mantuvo fiel a sus promesas.
Este hombre de épico valor,
probada astucia y grande corazón
ungido por el óleo sagrado del amor,
huyó, junto a su amada y un tesoro,
de un reino ajeno al suyo
tratando de alcanzar
las tierras señoriales de Aquitania.
Mas no habiendo alcanzado su destino,
un tal Guntario (un buitre codicioso)
reconoció al guerrero valeroso,
futuro esposo de la bella Hildegunda,
paladín del amor,
de la palabra dada,
que al nombre de Valtario respondía.
Los hombres de Guntario, que eran doce,
partieron en busca del guerrero
con el fin de apoderarse del tesoro
y arrebatarle la niña de sus ojos,
mas encontraron
la espada de Valtario
que a todos, menos uno, dio la muerte.
De uno en uno,
a estos caballeros nibelungos,
fue segándoles Valtario
la verde hierba de sus vidas;
incluso
a alguno de los cuerpos,
ya cadáveres,
le fue cortada de cuajo la cabeza
con el fin de amedrentar a los aún vivos.
Cada lucha era trabajo duro para el músculo,
suponía un desgaste físico tremendo
y el héroe requería de descanso.
Era entonces
cuando la joven Hildegunda
velaba los sueños del guerrero.
Hombre por hombre Valtario era el más fuerte
y no era posible hombre por hombre derrotarle.
Por ello, Guntario y Haganón,
atacaron en pareja al adversario
para así torcer el brazo al campeón.
Después de una lucha encarnizada
la mano derecha de Valtario
rodó por la tierra cual un canto.
Manco de la mano diestra
no tuvo más elección
que tomar la espada con su izquierda.
No quedaron mejor sus enemigos,
a tenor de lo narrado por el monje
que dejó escrito este canto del medievo.
El uno sin una de sus piernas,
el otro sin uno de sus ojos.
Así las cosas, la hermosa Hildegunda
se ocupó de curarles las heridas,
y después, como si nada,
quedaron todos como amigos,
y cada uno marchó para su casa.
Un ojo, una pierna, una mano,
la amistad,
valen más que el oro más preciado,
que, aun siendo el rey de los metales,
es, por encima de todo y sobre todo,
el bien llamado vil metal
de entre metales.
El precio de la paz
en tiempos de Atila el de los Hunos
se pagaba con sangre de la estirpe.
Pero hubo un hombre valeroso
que nunca renegó de sus orígenes
y se mantuvo fiel a sus promesas.
Este hombre de épico valor,
probada astucia y grande corazón
ungido por el óleo sagrado del amor,
huyó, junto a su amada y un tesoro,
de un reino ajeno al suyo
tratando de alcanzar
las tierras señoriales de Aquitania.
Mas no habiendo alcanzado su destino,
un tal Guntario (un buitre codicioso)
reconoció al guerrero valeroso,
futuro esposo de la bella Hildegunda,
paladín del amor,
de la palabra dada,
que al nombre de Valtario respondía.
Los hombres de Guntario, que eran doce,
partieron en busca del guerrero
con el fin de apoderarse del tesoro
y arrebatarle la niña de sus ojos,
mas encontraron
la espada de Valtario
que a todos, menos uno, dio la muerte.
De uno en uno,
a estos caballeros nibelungos,
fue segándoles Valtario
la verde hierba de sus vidas;
incluso
a alguno de los cuerpos,
ya cadáveres,
le fue cortada de cuajo la cabeza
con el fin de amedrentar a los aún vivos.
Cada lucha era trabajo duro para el músculo,
suponía un desgaste físico tremendo
y el héroe requería de descanso.
Era entonces
cuando la joven Hildegunda
velaba los sueños del guerrero.
Hombre por hombre Valtario era el más fuerte
y no era posible hombre por hombre derrotarle.
Por ello, Guntario y Haganón,
atacaron en pareja al adversario
para así torcer el brazo al campeón.
Después de una lucha encarnizada
la mano derecha de Valtario
rodó por la tierra cual un canto.
Manco de la mano diestra
no tuvo más elección
que tomar la espada con su izquierda.
No quedaron mejor sus enemigos,
a tenor de lo narrado por el monje
que dejó escrito este canto del medievo.
El uno sin una de sus piernas,
el otro sin uno de sus ojos.
Así las cosas, la hermosa Hildegunda
se ocupó de curarles las heridas,
y después, como si nada,
quedaron todos como amigos,
y cada uno marchó para su casa.
Un ojo, una pierna, una mano,
la amistad,
valen más que el oro más preciado,
que, aun siendo el rey de los metales,
es, por encima de todo y sobre todo,
el bien llamado vil metal
de entre metales.