victorialozano
Poeta recién llegado
El grito que nadie escucha (Segunda parte)
Ya no sé cuántos días han pasado.
El tiempo dejó de tener sentido
desde el instante en que todo cambió.
Las horas se mezclan unas con otras,
y yo sigo aquí,
sentada en el mismo lugar,
mirando el techo,
preguntándome si algún día
volveré a sentir que vivo.
Me cuesta comer.
No porque no haya alimento,
sino porque el dolor
parece llenar cada rincón de mi pecho.
Cada bocado pesa.
Cada intento se vuelve un nudo
que no baja.
Mi cuerpo sigue aquí,
pero mi corazón parece haberse quedado
atrapado en aquel día
en que nos separaron.
Paso horas enteras en la cama.
No porque quiera dormir,
sino porque levantarme
requiere una fuerza
que siento que ya no tengo.
Las paredes conocen mis lágrimas.
La almohada conoce mi silencio.
Y las noches...
las noches son el lugar
donde todos los recuerdos
vuelven sin pedir permiso.
Pienso una y otra vez
en todo lo que pasó.
Repaso conversaciones,
miradas,
momentos,
como si mi mente creyera
que al recordarlos
podría cambiar el final.
Pero el pasado
no responde.
Y el silencio
siempre vuelve.
Tengo miedo.
Miedo de que el tiempo
nos aleje más.
Miedo de perder al hombre
que amo con todo mi corazón.
Miedo de que un día
la vida nos haga desconocidos.
Miedo de no volver a escuchar su voz.
Miedo de no volver a verlo sonreír.
Y ese miedo
se instala dentro de mí
como una tormenta
que no encuentra descanso.
A veces cierro los ojos
e imagino que todo fue una pesadilla.
Que voy a despertar
y volveré a encontrarlo.
Pero cuando los abro,
la realidad sigue siendo la misma.
Y entonces vuelvo a llorar.
Porque extraño al hombre
que se convirtió en mi refugio.
Extraño la tranquilidad
que sentía cuando sabía
que él estaba bien.
Extraño la paz
que solo encontraba
en su presencia.
Mi corazón
no entiende por qué el amor
tuvo que enfrentarse
a tanta oscuridad.
Solo entiende
que ama.
Y que extraña.
Y que espera.
A veces también tengo miedo
de todo lo que pueda pasar.
Hay pensamientos
que aparecen sin invitación
cuando el dolor es muy grande,
y desearía no sentir ese peso constante.
Entonces levanto la mirada al cielo
y le pido a Dios
que cuide de él,
que me cuide a mí,
y que calme este corazón
que lleva demasiado tiempo
llorando en silencio.
No sé qué traerá el mañana.
No sé cuándo terminará esta tormenta.
No sé cuándo volveré a sonreír
sin sentir que algo falta.
Pero sí sé
que el amor verdadero
no se mide solo por la cercanía,
sino también por la esperanza
con la que se sigue esperando
incluso en los días más oscuros.
Y aunque hoy mi alma
se sienta cansada,
aunque mis fuerzas parezcan pequeñas,
quiero creer
que Dios todavía escribe
capítulos que yo aún no puedo ver.
Por eso sigo aquí.
Con lágrimas en los ojos.
Con el corazón herido.
Pero sosteniéndome,
aunque sea de un hilo,
con la esperanza
de que algún día
la paz vuelva a encontrarme.
Ya no sé cuántos días han pasado.
El tiempo dejó de tener sentido
desde el instante en que todo cambió.
Las horas se mezclan unas con otras,
y yo sigo aquí,
sentada en el mismo lugar,
mirando el techo,
preguntándome si algún día
volveré a sentir que vivo.
Me cuesta comer.
No porque no haya alimento,
sino porque el dolor
parece llenar cada rincón de mi pecho.
Cada bocado pesa.
Cada intento se vuelve un nudo
que no baja.
Mi cuerpo sigue aquí,
pero mi corazón parece haberse quedado
atrapado en aquel día
en que nos separaron.
Paso horas enteras en la cama.
No porque quiera dormir,
sino porque levantarme
requiere una fuerza
que siento que ya no tengo.
Las paredes conocen mis lágrimas.
La almohada conoce mi silencio.
Y las noches...
las noches son el lugar
donde todos los recuerdos
vuelven sin pedir permiso.
Pienso una y otra vez
en todo lo que pasó.
Repaso conversaciones,
miradas,
momentos,
como si mi mente creyera
que al recordarlos
podría cambiar el final.
Pero el pasado
no responde.
Y el silencio
siempre vuelve.
Tengo miedo.
Miedo de que el tiempo
nos aleje más.
Miedo de perder al hombre
que amo con todo mi corazón.
Miedo de que un día
la vida nos haga desconocidos.
Miedo de no volver a escuchar su voz.
Miedo de no volver a verlo sonreír.
Y ese miedo
se instala dentro de mí
como una tormenta
que no encuentra descanso.
A veces cierro los ojos
e imagino que todo fue una pesadilla.
Que voy a despertar
y volveré a encontrarlo.
Pero cuando los abro,
la realidad sigue siendo la misma.
Y entonces vuelvo a llorar.
Porque extraño al hombre
que se convirtió en mi refugio.
Extraño la tranquilidad
que sentía cuando sabía
que él estaba bien.
Extraño la paz
que solo encontraba
en su presencia.
Mi corazón
no entiende por qué el amor
tuvo que enfrentarse
a tanta oscuridad.
Solo entiende
que ama.
Y que extraña.
Y que espera.
A veces también tengo miedo
de todo lo que pueda pasar.
Hay pensamientos
que aparecen sin invitación
cuando el dolor es muy grande,
y desearía no sentir ese peso constante.
Entonces levanto la mirada al cielo
y le pido a Dios
que cuide de él,
que me cuide a mí,
y que calme este corazón
que lleva demasiado tiempo
llorando en silencio.
No sé qué traerá el mañana.
No sé cuándo terminará esta tormenta.
No sé cuándo volveré a sonreír
sin sentir que algo falta.
Pero sí sé
que el amor verdadero
no se mide solo por la cercanía,
sino también por la esperanza
con la que se sigue esperando
incluso en los días más oscuros.
Y aunque hoy mi alma
se sienta cansada,
aunque mis fuerzas parezcan pequeñas,
quiero creer
que Dios todavía escribe
capítulos que yo aún no puedo ver.
Por eso sigo aquí.
Con lágrimas en los ojos.
Con el corazón herido.
Pero sosteniéndome,
aunque sea de un hilo,
con la esperanza
de que algún día
la paz vuelva a encontrarme.