almacautiva
Poeta adicto al portal
Ella soñaba.
Él la quería
Así apartó de su camino otros caminos
aún sabiendo que ella sólo era una niña
Y se propuso dedicar todas sus horas
a ser jinete errante en sus senderos.
Ella era la alegría y el valor en su rostro,
y dibujaba estrellas en cielos de cristal.
Se subió en el vaivén de las distancias
para crecer libre y entender el mundo.
Él fue guardián de su balcón desnudo
regando los recuerdos con ternura
y su razón retuvo a la cordura
alimentándola de sellos con retraso.
Ella era la tarde y en sus ojos
los luceros contaban caracolas.
Él la dejó vivir, voló su vuelo,
acompañándola a veces en su lucha.
Prestándole el corazón, o todo el cuerpo
si con ello lograba una caricia, un beso,
o una locura.
Ella era su bastón en las caídas,
su lazarillo de noches en las que no había luna.
Él le lloró a su juventud que se escapaba,
Y contempló a su vida seguir sola
para marcharse sin él, que no era nada.
Y se quedó a esperar a que creciera libre,
en el sueño velado del que sólo ama.
Ella entre tanto se vistió de madrugada,
y arropó a su guardián mientras dormía.
Y él soñaba feliz que la quería.
Aunque le quedara el alma de esperar gastada.
Él la quería
Así apartó de su camino otros caminos
aún sabiendo que ella sólo era una niña
Y se propuso dedicar todas sus horas
a ser jinete errante en sus senderos.
Ella era la alegría y el valor en su rostro,
y dibujaba estrellas en cielos de cristal.
Se subió en el vaivén de las distancias
para crecer libre y entender el mundo.
Él fue guardián de su balcón desnudo
regando los recuerdos con ternura
y su razón retuvo a la cordura
alimentándola de sellos con retraso.
Ella era la tarde y en sus ojos
los luceros contaban caracolas.
Él la dejó vivir, voló su vuelo,
acompañándola a veces en su lucha.
Prestándole el corazón, o todo el cuerpo
si con ello lograba una caricia, un beso,
o una locura.
Ella era su bastón en las caídas,
su lazarillo de noches en las que no había luna.
Él le lloró a su juventud que se escapaba,
Y contempló a su vida seguir sola
para marcharse sin él, que no era nada.
Y se quedó a esperar a que creciera libre,
en el sueño velado del que sólo ama.
Ella entre tanto se vistió de madrugada,
y arropó a su guardián mientras dormía.
Y él soñaba feliz que la quería.
Aunque le quedara el alma de esperar gastada.