José Benito
Poeta fiel al portal
El son de la noche suspende los pasos del ciervo
e impregna la selva sagrada de arcano rumor,
mas ya no se escucha en su hondura sino el llanto acerbo
del hada que llora ignorada su perdido amor.
Se agosta su largo linaje, y a la fronda añosa
el viento no arranca el tañido ya más de su voz,
sus ramas quebradas y secas, cual mano nudosa
se elevan al pérfido cierzo, que las quema atroz.
Donde cristalino discurrió cantando su límpido río,
corre alquitranado ya el estéril curso de prieto carbón,
que ruge inharmónico en tono babélico un ruido vacío,
y cuyas orillas supuran basura en frenético son.
Donde verdes árboles alzaban sus frescas perfumadas hojas
susurrando al viento su arrullo de rítmico y suave vigor,
una mortal lluvia disolvió su aliento en profundas congojas
y abrasó sus ramas, sus brotes, sus yemas, con malsano ardor.
Ella no comprende, siempre entre del bosque perdida en los vanos,
qué convirtió en páramo su parque de ensueño, no está en su razón
que el fiero dinero es el dios de los necios humanos
y su feraz huerta ya sólo es un templo del culto a Mammón.
Y por eso el hada no hallará consuelo a su amarga tristeza:
pasará ignorada de oídos sensibles que escuchen su voz;
Ay, pérfido tiempo que corres constante, la naturaleza
morirá en tus alas mientras tú, insensible, la cruzas veloz.
No hallará su llanto un balsámico oído que atento lo escuche,
sus lágrimas son rutilante rocío en la marchita flor:
no hay brazo viril que a sus hijos defienda valiente y que luche.
¡Su estirpe y el bosque se extinguen sin piedad ni amor!
La floresta expira en estéril invierno de agónico estío,
mientras por sus hijos nadie más que el hada lágrimas vertió,
brillando en los vítreos diamantes de gotas de limpio rocío,
que en ellos cual rosas fragantes de ensueños su amor adornó.
La luz de la aurora a la noche levanta su manto
y muda la brisa inconstante su infiel dirección
que va diluyendo confusa la sombra del llanto
y en perlas de luz enfermiza amortiguan su son.
La fronda por donde la libre libélula vaga
esconde en su mundo el afán de una maga ilusión.
Tal vez el sombrío ademán de su luz, que se apaga,
del prístino afán de su muerte dará la razón.
José Benito Freijanes Martínez
e impregna la selva sagrada de arcano rumor,
mas ya no se escucha en su hondura sino el llanto acerbo
del hada que llora ignorada su perdido amor.
Se agosta su largo linaje, y a la fronda añosa
el viento no arranca el tañido ya más de su voz,
sus ramas quebradas y secas, cual mano nudosa
se elevan al pérfido cierzo, que las quema atroz.
Donde cristalino discurrió cantando su límpido río,
corre alquitranado ya el estéril curso de prieto carbón,
que ruge inharmónico en tono babélico un ruido vacío,
y cuyas orillas supuran basura en frenético son.
Donde verdes árboles alzaban sus frescas perfumadas hojas
susurrando al viento su arrullo de rítmico y suave vigor,
una mortal lluvia disolvió su aliento en profundas congojas
y abrasó sus ramas, sus brotes, sus yemas, con malsano ardor.
Ella no comprende, siempre entre del bosque perdida en los vanos,
qué convirtió en páramo su parque de ensueño, no está en su razón
que el fiero dinero es el dios de los necios humanos
y su feraz huerta ya sólo es un templo del culto a Mammón.
Y por eso el hada no hallará consuelo a su amarga tristeza:
pasará ignorada de oídos sensibles que escuchen su voz;
Ay, pérfido tiempo que corres constante, la naturaleza
morirá en tus alas mientras tú, insensible, la cruzas veloz.
No hallará su llanto un balsámico oído que atento lo escuche,
sus lágrimas son rutilante rocío en la marchita flor:
no hay brazo viril que a sus hijos defienda valiente y que luche.
¡Su estirpe y el bosque se extinguen sin piedad ni amor!
La floresta expira en estéril invierno de agónico estío,
mientras por sus hijos nadie más que el hada lágrimas vertió,
brillando en los vítreos diamantes de gotas de limpio rocío,
que en ellos cual rosas fragantes de ensueños su amor adornó.
La luz de la aurora a la noche levanta su manto
y muda la brisa inconstante su infiel dirección
que va diluyendo confusa la sombra del llanto
y en perlas de luz enfermiza amortiguan su son.
La fronda por donde la libre libélula vaga
esconde en su mundo el afán de una maga ilusión.
Tal vez el sombrío ademán de su luz, que se apaga,
del prístino afán de su muerte dará la razón.
José Benito Freijanes Martínez
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