Guille Betancourt
Poeta recién llegado
Vengo herido de flecha, mi corcel
ha muerto en la batalla.
Mintieron con vesania nuestros dioses:
ya los bárbaros
devastan la ciudad.
Sin duda manos piadosas
saltarán de mi cara
los ojos que contemplaron tanto horror.
Para mi tumba había
arrancado una violeta;
debí perderla en las montañas.
No importa:
mi casa, sus jardines,
el patio en donde el agua de las fuentes
me enseñó su claro idioma,
mis libros, mis estatuas, los mosaicos
tantas veces preteridos por la vista,
el ya inasible
perfume de sándalo en los cuartos,
los míos, que conocieron
la hoja del verdugo,
ahora son mis deudas.
Por ellas vengo, y aunque más fácil
me hubiera sido morir en el regreso,
a mi felicidad de otrora
debo un último mensaje:
maldito sea el vencido
que implore compasión.
ha muerto en la batalla.
Mintieron con vesania nuestros dioses:
ya los bárbaros
devastan la ciudad.
Sin duda manos piadosas
saltarán de mi cara
los ojos que contemplaron tanto horror.
Para mi tumba había
arrancado una violeta;
debí perderla en las montañas.
No importa:
mi casa, sus jardines,
el patio en donde el agua de las fuentes
me enseñó su claro idioma,
mis libros, mis estatuas, los mosaicos
tantas veces preteridos por la vista,
el ya inasible
perfume de sándalo en los cuartos,
los míos, que conocieron
la hoja del verdugo,
ahora son mis deudas.
Por ellas vengo, y aunque más fácil
me hubiera sido morir en el regreso,
a mi felicidad de otrora
debo un último mensaje:
maldito sea el vencido
que implore compasión.