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El mundo que inventé para ti

penabad57

Poeta veterano en el portal
Ya te avisé que aquí las golondrinas son verdes
y el mar un cenotafio de escarcha.

Hormigueros en el cenit con filas de alcanfor,
caen, rotan, ríen en el azul,
serpentinas o maná sobre tu ombligo de nieve.

Te mostraré la cúpula del viento
y el marfil de las olas,
verás un lagarto de escamas podridas
columpiarse sobre la veleta del mausoleo rojo,
el vacío mausoleo
de la flor siempreviva.

Abril y sus enigmas fosforescentes,
este arco iris blanquecino de acacias núbiles,
la cruz invertida en los ojales del duende
abre su boca infinita de perlas azules
-es el día oscuro y la rodilla en el umbral del óxido-.

Todo se derrama en la orina del extraño,
su aceite de mariposa, el abrigo que esconde
la lujuria del amor y su saliva de oro
que se mezcla con el fluido hasta ser sangre de caramelo,
maldición en la plata que la nube deja
como un esqueje de ósculos en la violácea cresta del ídolo.

Te enseñaré doce arcadas con las sogas de cáñamo,
te mostraré los cinco vértices de los escaparates,
la luna de agosto sobre el haz que ilumina los aullidos
de este océano inmóvil.

Verás trece perros con crines de doncella,
acercándose con los ojos de tambor,
el estío en narcisos que sudan
y tu nombre bajo las algas del frío.

Es el árbol de fuego una verdad
donde los amantes rumian cariátides de bronce,
horas de canesú, el silencio en mi pulgar,
el mundo en un poro de azufre.

Recuerda el himno de los corifantes,
los lobos castrados ejecutan sus notas con silbidos de colibrí,
es una cantiga vieja la costumbre del arrullo,
así la voz ejerce el gorjeo seductor,
la nomenclatura arcana de los bosques suicidas.

Que más sabré decir que no sea la canción del náufrago
con palabras de agua,
qué podrá mi luminaria invisible
contra esta claridad que la historia vuelve signo,
canon, trasluz en la voz de mis párpados.

Pero si aún quieres viajar por las cenizas de una linterna mágica,
acércate a mí y yo dibujaré para ti un idioma sin alma
donde las profecías viven, te coronan
y, a menudo,
mienten.
 
Última edición:
Ya te avisé que aquí las golondrinas son verdes
y el mar un cenotafio de escarcha.

Hormigueros en el cenit con filas de alcanfor,
caen, rotan, ríen en el azul,
serpentinas o maná sobre tu ombligo de nieve.

Te mostraré la cúpula del viento
y el marfil de las olas,
verás un lagarto de escamas podridas
columpiarse sobre la veleta del mausoleo rojo,
el vacío mausoleo
de la flor siempreviva.

Abril y sus enigmas fosforescentes,
este arco iris blanquecino de acacias núbiles,
la cruz invertida en los ojales del duende
abre su boca infinita de perlas azules
-es el día oscuro y la rodilla en el umbral del óxido-.

Todo se derrama en la orina del extraño,
su aceite de mariposa, el abrigo que esconde
la lujuria del amor y su saliva de oro
que se mezcla con el fluido hasta ser sangre de caramelo,
maldición en la plata que la nube deja
como un esqueje de ósculos en la violácea cresta del ídolo.

Te enseñaré doce arcadas con las sogas de cáñamo,
te mostraré los cinco vértices de los escaparates,
la luna de agosto sobre el haz que ilumina los aullidos
de este océano inmóvil.

Verás trece perros con crines de doncella,
acercándose con los ojos de tambor,
el estío en narcisos que sudan
y tu nombre bajo las algas del frío.

Es el árbol de fuego una verdad
donde los amantes rumian cariátides de bronce,
horas de canesú, el silencio en mi pulgar,
el mundo en un poro de azufre.

Recuerda el himno de los corifantes,
los lobos castrados ejecutan sus notas con silbidos de colibrí,
es una cantiga vieja la costumbre del arrullo,
así la voz ejerce el gorjeo seductor,
la nomenclatura arcana de los bosques suicidas.

Que más sabré decir que no sea la canción del náufrago
con palabras de agua,
qué podrá mi luminaria invisible
contra esta claridad que la historia vuelve signo,
canon, trasluz en la voz de mis párpados.

Pero si aún quieres viajar por las cenizas de una linterna mágica,
acércate a mí y yo dibujaré para ti un idioma sin alma
donde las profecías viven, te coronan
y, a menudo,
mienten.
Espacios donde se destaca esa vitrialidad de un susurro de llamada a la
invitacion de pasear por el submundo de la ensoñacion. atravesar
cada garganta de tus imagnes es adiccionar un cosquilleo que permite
ahogarse en la bella fidelidad de lo expresado. bellissimo.
saludos amables de luzyabsenta
 
Espacios donde se destaca esa vitrialidad de un susurro de llamada a la
invitacion de pasear por el submundo de la ensoñacion. atravesar
cada garganta de tus imagnes es adiccionar un cosquilleo que permite
ahogarse en la bella fidelidad de lo expresado. bellissimo.
saludos amables de luzyabsenta
Gracias, LUZYABSENTA, por la visita y las amables palabras que dejas. Un abrazo.
 
Ya te avisé que aquí las golondrinas son verdes
y el mar un cenotafio de escarcha.

Hormigueros en el cenit con filas de alcanfor,
caen, rotan, ríen en el azul,
serpentinas o maná sobre tu ombligo de nieve.

Te mostraré la cúpula del viento
y el marfil de las olas,
verás un lagarto de escamas podridas
columpiarse sobre la veleta del mausoleo rojo,
el vacío mausoleo
de la flor siempreviva.

Abril y sus enigmas fosforescentes,
este arco iris blanquecino de acacias núbiles,
la cruz invertida en los ojales del duende
abre su boca infinita de perlas azules
-es el día oscuro y la rodilla en el umbral del óxido-.

Todo se derrama en la orina del extraño,
su aceite de mariposa, el abrigo que esconde
la lujuria del amor y su saliva de oro
que se mezcla con el fluido hasta ser sangre de caramelo,
maldición en la plata que la nube deja
como un esqueje de ósculos en la violácea cresta del ídolo.

Te enseñaré doce arcadas con las sogas de cáñamo,
te mostraré los cinco vértices de los escaparates,
la luna de agosto sobre el haz que ilumina los aullidos
de este océano inmóvil.

Verás trece perros con crines de doncella,
acercándose con los ojos de tambor,
el estío en narcisos que sudan
y tu nombre bajo las algas del frío.

Es el árbol de fuego una verdad
donde los amantes rumian cariátides de bronce,
horas de canesú, el silencio en mi pulgar,
el mundo en un poro de azufre.

Recuerda el himno de los corifantes,
los lobos castrados ejecutan sus notas con silbidos de colibrí,
es una cantiga vieja la costumbre del arrullo,
así la voz ejerce el gorjeo seductor,
la nomenclatura arcana de los bosques suicidas.

Que más sabré decir que no sea la canción del náufrago
con palabras de agua,
qué podrá mi luminaria invisible
contra esta claridad que la historia vuelve signo,
canon, trasluz en la voz de mis párpados.

Pero si aún quieres viajar por las cenizas de una linterna mágica,
acércate a mí y yo dibujaré para ti un idioma sin alma
donde las profecías viven, te coronan
y, a menudo,
mienten.
Es un mundo intrigantes, seguramente a ella le gustará anidar en él. Desire
 

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