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El retorno

penabad57

Poeta veterano en el portal
Noventa y siete escalones que me hablan.

Al empujar la puerta de caoba (dorados pulcros)
el espejo me devuelve al pasado: al niño, al joven,
al hombre moreno que se oculta en la penumbra.

La luz amarilla es un sol triste
que se vierte en las paredes como una cálida mano de abuelo,
al fondo del pasillo mi imagen me llama con voz antigua;
cuelgan los cuadros:
paisajes de pueblo,
el rostro bruno de una muchacha alegre,
la bruja subida a un risco da vida al aquelarre.

Y no hay olor a legumbre,
ni se escucha el reloj de pie,
ni canta la criada,
ni hay risas en las habitaciones,
ni ropa en los armarios.

En el salón la cómoda eleva su testuz con peinado de plata
(un juego de café, una bandeja, un cristo grabado),
el papel de flores ya no es un jardín
solo muestra tallos desvaídos,
una pátina oscura de abandono,
la mesa redonda con su falda de algodón
no esconde el brasero,
el sofá y las sillas añoran ser perfil de cuerpos,
abrazo de mediodía,
eco de las palabras familiares.

En el espacio vacío mis botas suenan a juegos de infancia,
a timbre de teléfono, a conversaciones secretas.

La ventana se ilumina con un sol imberbe,
en su cristal viven todavía los sueños que imaginé
en las largas horas de lluvia,
cuando el atardecer era la noche
y las calles aún no conocían tus pasos.
 
Un cumulo de emociones se encierran en este escrito. Me gustan mucho estos poemas, en donde el alma del poeta adquiere recursos insospechados para expresar en versos su sentir.
Saludo afectuoso, Penabad
 
Cuando vamos envejeciendo, los recuerdos se parecen a la bruja subida al prisco ese. Es extraña la memoria, quizás deberíamos llamarla la desmemoria de lo vivido. Son, sin embargo, emotivos tus recuerdos. A través de los poemas nos imaginamos, muchas veces, al poeta. Las redes sociales hoy en día ayudan. Este poema te hace mayor, seguramente de lo que eres. Un abrazo
 
Noventa y siete escalones que me hablan.

Al empujar la puerta de caoba (dorados pulcros)
el espejo me devuelve al pasado: al niño, al joven,
al hombre moreno que se oculta en la penumbra.

La luz amarilla es un sol triste
que se vierte en las paredes como una cálida mano de abuelo,
al fondo del pasillo mi imagen me llama con voz antigua;
cuelgan los cuadros:
paisajes de pueblo,
el rostro bruno de una muchacha alegre,
la bruja subida a un risco da vida al aquelarre.

Y no hay olor a legumbre,
ni se escucha el reloj de pie,
ni canta la criada,
ni hay risas en las habitaciones,
ni ropa en los armarios.

En el salón la cómoda eleva su testuz con peinado de plata
(un juego de café, una bandeja, un cristo grabado),
el papel de flores ya no es un jardín
solo muestra tallos desvaídos,
una pátina oscura de abandono,
la mesa redonda con su falda de algodón
no esconde el brasero,
el sofá y las sillas añoran ser perfil de cuerpos,
abrazo de mediodía,
eco de las palabras familiares.

En el espacio vacío mis botas suenan a juegos de infancia,
a timbre de teléfono, a conversaciones secretas.

La ventana se ilumina con un sol imberbe,
en su cristal viven todavía los sueños que imaginé
en las largas horas de lluvia,
cuando el atardecer era la noche
y las calles aún no conocían tus pasos.

Un vuelo a los recuerdos con emotiva nostalgia desde esos eslabones que cuenta la mirada hasta la nitidez que trasluce el vitral del tiempo.
Calidad en tus letras que pulen con sensibilidad cada detalle y mantienen al lector en el centro de la preciosa imagen de este magnífico poema.
Placer inmenso Penabad recorrer los márgenes de tu sentir hecho verbo.
Mi abrazo y admiración!!!
Camelia
 

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