Por el vado de mis pesares,los bueyes de oro rumian el estiércol que gravita sobre las orillas del malsano río de orina.Y yo,vil,sorbo de esa agua que a pesar de correr en amarillenta corriente,me extasía de repugnante placer manifestado.Incluso me baño ahí,sin temor a ser llevado hacia el negro afluente,donde me espera el demonio de las cincuenta caras;el cual,con un solo diente canino en su pestífera boca,berrea de entusiasmo cuando me ve debatir entre la vida y la muerte,soltando como un reguero blasfemo de mis áureas narices sangre podrida.Pero por sorpresa,el cielo encapotado se abre con el rayo descomunal de ese gigante sin piernas llamado sol y,agarrado a un azaroso madero salvo de inmundicia mi quebradiza vida.