Darío Nervo
Poeta que considera el portal su segunda casa
El septiembre de mis lágrimas
En memoria de mi hermano menor, quien se encontró
con la muerte la noche más fría y más lluviosa
de septiembre.
con la muerte la noche más fría y más lluviosa
de septiembre.
Atado a mis penumbras
bajo el ala oscura del misterio,
escucho un gran rumor resquebrajarse en las alturas:
Un trueno que puebla mis silencios,
un relámpago que atraviesa por lo incierto de mis ojos
alumbrando en mi semblante subyugado
el paisaje derruido por tu aciago.
Descienden afiladas las gotas del invierno
cual flechas impulsadas por los brazos del cielo
con ímpetu que arras donde va
como un ejército dispuesto a la batalla.
Llueve por tu ausencia,
por que tú te has ido,
porque estoy aquí;
llueven escombros,
parajes angostos de olvido,
derrotas, naufragios, crepúsculos,
los metales de septiembre abatido,
las ruinas entrañables de la noche
derribadas
por el soplo tenaz de este aguacero;
cae sobre mi conciencia
y se hunde como piedra en un río,
como puñal vengativo en el costado enemigo.
¡Cómo duele estar vacío bajo el líquido murmullo!
¡Cómo duele saber que esto es cierto!
Los perros del recuerdo
ladran y ladran por tu ausencia,
y rompen con fiereza sus cadenas,
corriendo tras los miembros decadentes de mi martirio.
Lucho solitario ante los embates
de ésta tormenta que pellizca el alma
e impele con su aliento el desespero,
avasallando nuestra infancia,
limando mis sentidos,
royendo hasta los huesos de mi angustia,
anegando de lágrimas
trechos y senderos de tristeza
que entre cardos y entre espinos
dejaste en tu partida.
Voy y vuelvo a tus memorias
y regreso vacío,
con las páginas de una historia irrepetible,
con la imagen pura de tu abrazo
y el perfume sepultado de tu adiós.
Llueve, llueve, llueve,
y tus heridas laceran mi costado,
que frías como un metal abandonado por la nieve
han pasmado la visiones que me asaltan.
Diviso un cerrado horizonte
entre mi cuerpo derrotado
y tu corazón clavado a la distancia,
y en ése crepuscular resquicio
no caben despedidas,
ni un adiós ni un hasta luego,
sino más bien el comienzo de una nueva aurora
la cual espero y aguardo en el imposible nocturno.
El paladar de tu sepulcro
no probará la hiel de mi llanto,
ni la flaca endecha de mi encono,
porque ése es mi legado; así sera.
Jugare con tus manos pequeño
(porque soy pequeño como tú)
como cuando éramos niños
con juegos y saltos
en algún rincón escondido de mi corazón
donde septiembre no podrá mojarnos
nunca más...