El cadáver yacía en la sala ensangrentado. Fue una noche trágica. El día anterior se levantó muy temprano por la mañana. Mientras tomaba su desayuno recibió una llamada: “Si no lo haces tú lo hago yo”, fue el mensaje escueto y amenazador que escucho. Entonces, se puso a revisar y limpiar su revólver. Durante el día dicho mensaje lo tuvo ansioso e impaciente. Se acercaba la noche y tenía que hacerlo. O era él o era aquel. Estaba solo en la casa y no habría testigos. “Tienes que hacerlo o ya sabes…”, fue el segundo mensaje que recibió por el teléfono. Eran como las once de la noche y sonó el timbre de la casa. Sabía que venían por él. De pie en la sala y sudando frío, con el revólver en la mano, se lo puso en la cien y disparo. El timbre de la casa dejó de sonar si saberse quién era.