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El último bolero

malco

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El último bolero


No refulgen los colores hasta que la luz no los traspasa, no son sombras no son nada, sin embargo existen,
como aquellos opacos seres que invisibles vagan y sus pasos no dejan huella ni su presencia se nota y su ausencia no nos dice nada ni por enterados nos hemos dado cuando estuvieron.
Otros seres con su cruz a cuestas llevan sus cargas soportándolas con una sonrisa y nos hacen creer que
habitan en los bosques frondosos de su alma encantados duendes de la .dicha.
Los hay crédulos, incrédulos, arriesgados, comedidos, puntas de extremos que no se tocan.
¡ Ah !.. pero los hay que parecen de fábula, que sus sufrimientos no comparten, son vientos atrapados en hondonadas girando en torbellinos imparables.
Maria Elvira, crepuscular andante de los cansados caminos de la búsqueda en las espesas nieblas de las angustias, era un roto cántaro de los quereres.
Sus hinchados párpados y sus negrisímos ojos, clandestinos cómplices de noches ilusionadas, vertían la savia de sus desconsuelos.
Su primer amor, a los siete años, fue aquel niño de tupidos rizos rubios y sonrojado rostro, de melancólicos ojos, más parecido a un querubín que a un tierno párvulo, esa fue la dispersa partícula que iniciaría los inagotables arenales en los desiertos de sus despechos .
Tenía un irrefrenable afán de ir de amor en amor y la curiosa o quizás enfermiza costumbre, claro eso era, una enfermiza costumbre, en la rabia absoluta de la despedida, es decir de la ruptura, sentir un estallido y entrar enseguida en esa nebulosa especie de prueba final de la desdicha con la que se aferraba al despecho.
Llevaba minuciosamente y con exagerados detalles cada uno de los noviazgos que había tenido, iniciaba la tercera gruesa libreta de registros y curiosamente le daba el nombre de algún desgarrador bolero como si se tratara de episodios de una larga e inacabable obra hasta encontrarse cara a cara con la muerte y ese sería el final de los capítulos, lo cierto era que se sentía extraña cuando por algún motivo en medio del medular despecho se colaba alguna aérea tranquilidad.
Lo que no ocurría cuando con nuevo noviazgo se entregaba a ser lo más feliz que pudiera (sospecho para sentir con mayor intensidad la habitual separación), un caudal de boleros eran los evanescentes mensajeros de sus sucesivas tragedias, solo el silencio mineral en el que se sumía era roto por sus sollozos y el girar de viejos discos de vinilo que le acompañaban en su gangosa voz.
Un interminable desfile de boleros eran como sal en una herida abierta ...Me muerdo los labios para no llamarte....Nunca me iré de tu vida ni tu de mi corazón...Mira que hay heridas que cierran en falso y si alguien las toca se vuelven a abrir... entregada a los candentes hierros iba transcurriendo el día entre los circulares reproches y las lágrimas que se desprendían de su tristeza.
...Quisiera abrir lentamente mis venas...Sombras nada más...Tenemos que olvidarnos de este amor...Entre tu amor y mi amor,desgarraban el desnudo ropaje de su sufrimiento.

Como un sofisticado reloj de perfecta precisión, 72 horas exactas duraba la intensidad de sus padeceres en el límite imaginario de su temores, dando paso en el sobresalto de sus sueños, con impensable razonamiento y clara lucidez al recurrente deseo de encontrar una nueva razón para vuelta atrás

nuevamente sumergirse en los fangos de sus lamentos.
Cual era la causa o el acaso que la llevaba a esos desvaríos, no se sabía, ni la manera de averiguarlo, con

cuánta certeza podría decirse que padecía de una rara locura o era una oculta y desconocida jugarreta de su inconsciente era especulación, hasta se atrevieron a decir que estaba posesa por un espíritu de una mujer engañada que vagaba en el limbo.

De qué presumen cuando pasan por mi lado... Ya no estas más a mi lado corazón...Angustia de no tenerte más, esa mañana, la encontraron enmudecida con el rostro pálido y una corona de rosas rojas reclinada sobre los diarios, abierto uno de ellos se leía con grandes letras ...Mi último bolero, y girando el viejo vinilo con la pesadumbre que penetraba las más oscuras grietas, las sombras de su impalpable presencia dejaban señales de su adiós de papel ...Olvídate de todo menos de mi y vete a dónde quieras pero llévame en ti, que al fin de tu camino, comprenderás tus males, sabiendo que nacimos para morir iguales.


 
Última edición:
María Elvira y su último bolero, una vida empapada de amores, de sentimientos envueltos en las letras de algunas canciones...
creo que la vida de cada ser humano contiene alguna semejanza con la de los demás...por qué nos identificamos a veces con lo
escrito por otro ser y que casualmente se compagina con el sentir propio? Somos lazos en el mundo que atamos vida y dolor
con las mismas manos...es mi humilde opinión a su gran aporte.

Me ha gustado leer su escrito amigo, le dejo un saludo cordial y gracias por invitarme a conocer su prosa.
 
Bello e interesante escrito nos compartes. Eso del último bolero me hizo pensar en las personas que se marchan sin terminar algo que tanto les gusto como escribir o pintar. Ha que vivir la vida cada día como si fuera el último día. Gracias por compartirlo. Saludos y Bendiciones.
 
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El último bolero


No refulgen los colores hasta que la luz no los traspasa, no son sombras no son nada, sin embargo existen,
como aquellos opacos seres que invisibles vagan y sus pasos no dejan huella ni su presencia se nota y su ausencia no nos dice nada ni por enterados nos hemos dado cuando estuvieron.
Otros seres con su cruz a cuestas llevan sus cargas soportándolas con una sonrisa y nos hacen creer que
habitan en los bosques frondosos de su alma encantados duendes de la .dicha.
Los hay crédulos, incrédulos, arriesgados, comedidos, puntas de extremos que no se tocan.
¡ Ah !.. pero los hay que parecen de fábula, que sus sufrimientos no comparten, son vientos atrapados en hondonadas girando en torbellinos imparables.
Maria Elvira, crepuscular andante de los cansados caminos de la búsqueda en las espesas nieblas de las angustias, era un roto cántaro de los quereres.
Sus hinchados párpados y sus negrisímos ojos, clandestinos cómplices de noches ilusionadas, vertían la savia de sus desconsuelos.
Su primer amor, a los siete años, fue aquel niño de tupidos rizos rubios y sonrojado rostro, de melancólicos ojos, más parecido a un querubín que a un tierno párvulo, esa fue la dispersa partícula que iniciaría los inagotables arenales en los desiertos de sus despechos .
Tenía un irrefrenable afán de ir de amor en amor y la curiosa o quizás enfermiza costumbre, claro eso era, una enfermiza costumbre, en la rabia absoluta de la despedida, es decir de la ruptura, sentir un estallido y entrar enseguida en esa nebulosa especie de prueba final de la desdicha con la que se aferraba al despecho.
Llevaba minuciosamente y con exagerados detalles cada uno de los noviazgos que había tenido, iniciaba la tercera gruesa libreta de registros y curiosamente le daba el nombre de algún desgarrador bolero como si se tratara de episodios de una larga e inacabable obra hasta encontrarse cara a cara con la muerte y ese sería el final de los capítulos, lo cierto era que se sentía extraña cuando por algún motivo en medio del medular despecho se colaba alguna aérea tranquilidad.
Lo que no ocurría cuando con nuevo noviazgo se entregaba a ser lo más feliz que pudiera (sospecho para sentir con mayor intensidad la habitual separación), un caudal de boleros eran los evanescentes mensajeros de sus sucesivas tragedias, solo el silencio mineral en el que se sumía era roto por sus sollozos y el girar de viejos discos de vinilo que le acompañaban en su gangosa voz.
Un interminable desfile de boleros eran como sal en una herida abierta ...Me muerdo los labios para no llamarte....Nunca me iré de tu vida ni tu de mi corazón...Mira que hay heridas que cierran en falso y si alguien las toca se vuelven a abrir... entregada a los candentes hierros iba transcurriendo el día entre los circulares reproches y las lágrimas que se desprendían de su tristeza.
...Quisiera abrir lentamente mis venas...Sombras nada más...Tenemos que olvidarnos de este amor...Entre tu amor y mi amor,desgarraban el desnudo ropaje de su sufrimiento.

Como un sofisticado reloj de perfecta precisión, 72 horas exactas duraba la intensidad de sus padeceres en el límite imaginario de su temores, dando paso en el sobresalto de sus sueños, con impensable razonamiento y clara lucidez al recurrente deseo de encontrar una nueva razón para vuelta atrás

nuevamente sumergirse en los fangos de sus lamentos.
Cual era la causa o el acaso que la llevaba a esos desvaríos, no se sabía, ni la manera de averiguarlo, con

cuánta certeza podría decirse que padecía de una rara locura o era una oculta y desconocida jugarreta de su inconsciente era especulación, hasta se atrevieron a decir que estaba posesa por un espíritu de una mujer engañada que vagaba en el limbo.

De qué presumen cuando pasan por mi lado... Ya no estas más a mi lado corazón...Angustia de no tenerte más, esa mañana, la encontraron enmudecida con el rostro pálido y una corona de rosas rojas reclinada sobre los diarios, abierto uno de ellos se leía con grandes letras ...Mi último bolero, y girando el viejo vinilo con la pesadumbre que penetraba las más oscuras grietas, las sombras de su impalpable presencia dejaban señales de su adiós de papel ...Olvídate de todo menos de mi y vete a dónde quieras pero llévame en ti, que al fin de tu camino, comprenderás tus males, sabiendo que nacimos para morir iguales.
Me ha gustado tu relato sobre Maria Elvira y sus boleros, ella aficionada a rebozarse en la melancolía de estos temas musicales siempre llenos de desamor hacia de su vida amorosa una canción triste detrás de otra. Hasta que llegó "Mi ultimo bolero" y el destino la buscó sin remedio. Buena la idea del relato y muy bien escrito por tu parte, a veces uno-a se enfrenta a sus demonios inevitablemente. Un abrazo amigo malco. Paco.
 
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No refulgen los colores hasta que la luz no los traspasa, no son sombras no son nada, sin embargo existen,
como aquellos opacos seres que invisibles vagan y sus pasos no dejan huella ni su presencia se nota y su ausencia no nos dice nada ni por enterados nos hemos dado cuando estuvieron.
Otros seres con su cruz a cuestas llevan sus cargas soportándolas con una sonrisa y nos hacen creer que
habitan en los bosques frondosos de su alma encantados duendes de la .dicha.
Los hay crédulos, incrédulos, arriesgados, comedidos, puntas de extremos que no se tocan.
¡ Ah !.. pero los hay que parecen de fábula, que sus sufrimientos no comparten, son vientos atrapados en hondonadas girando en torbellinos imparables.
Maria Elvira, crepuscular andante de los cansados caminos de la búsqueda en las espesas nieblas de las angustias, era un roto cántaro de los quereres.
Sus hinchados párpados y sus negrisímos ojos, clandestinos cómplices de noches ilusionadas, vertían la savia de sus desconsuelos.
Su primer amor, a los siete años, fue aquel niño de tupidos rizos rubios y sonrojado rostro, de melancólicos ojos, más parecido a un querubín que a un tierno párvulo, esa fue la dispersa partícula que iniciaría los inagotables arenales en los desiertos de sus despechos .
Tenía un irrefrenable afán de ir de amor en amor y la curiosa o quizás enfermiza costumbre, claro eso era, una enfermiza costumbre, en la rabia absoluta de la despedida, es decir de la ruptura, sentir un estallido y entrar enseguida en esa nebulosa especie de prueba final de la desdicha con la que se aferraba al despecho.
Llevaba minuciosamente y con exagerados detalles cada uno de los noviazgos que había tenido, iniciaba la tercera gruesa libreta de registros y curiosamente le daba el nombre de algún desgarrador bolero como si se tratara de episodios de una larga e inacabable obra hasta encontrarse cara a cara con la muerte y ese sería el final de los capítulos, lo cierto era que se sentía extraña cuando por algún motivo en medio del medular despecho se colaba alguna aérea tranquilidad.
Lo que no ocurría cuando con nuevo noviazgo se entregaba a ser lo más feliz que pudiera (sospecho para sentir con mayor intensidad la habitual separación), un caudal de boleros eran los evanescentes mensajeros de sus sucesivas tragedias, solo el silencio mineral en el que se sumía era roto por sus sollozos y el girar de viejos discos de vinilo que le acompañaban en su gangosa voz.
Un interminable desfile de boleros eran como sal en una herida abierta ...Me muerdo los labios para no llamarte....Nunca me iré de tu vida ni tu de mi corazón...Mira que hay heridas que cierran en falso y si alguien las toca se vuelven a abrir... entregada a los candentes hierros iba transcurriendo el día entre los circulares reproches y las lágrimas que se desprendían de su tristeza.
...Quisiera abrir lentamente mis venas...Sombras nada más...Tenemos que olvidarnos de este amor...Entre tu amor y mi amor,desgarraban el desnudo ropaje de su sufrimiento.

Como un sofisticado reloj de perfecta precisión, 72 horas exactas duraba la intensidad de sus padeceres en el límite imaginario de su temores, dando paso en el sobresalto de sus sueños, con impensable razonamiento y clara lucidez al recurrente deseo de encontrar una nueva razón para vuelta atrás

nuevamente sumergirse en los fangos de sus lamentos.
Cual era la causa o el acaso que la llevaba a esos desvaríos, no se sabía, ni la manera de averiguarlo, con

cuánta certeza podría decirse que padecía de una rara locura o era una oculta y desconocida jugarreta de su inconsciente era especulación, hasta se atrevieron a decir que estaba posesa por un espíritu de una mujer engañada que vagaba en el limbo.

De qué presumen cuando pasan por mi lado... Ya no estas más a mi lado corazón...Angustia de no tenerte más, esa mañana, la encontraron enmudecida con el rostro pálido y una corona de rosas rojas reclinada sobre los diarios, abierto uno de ellos se leía con grandes letras ...Mi último bolero, y girando el viejo vinilo con la pesadumbre que penetraba las más oscuras grietas, las sombras de su impalpable presencia dejaban señales de su adiós de papel ...Olvídate de todo menos de mi y vete a dónde quieras pero llévame en ti, que al fin de tu camino, comprenderás tus males, sabiendo que nacimos para morir iguales.

Muy buena esta prosa dedicada a María Elvira y sus eternos boleros nostálgicos. Toda su vida fue escrita en sus canciones y tu le renides un hermoso homenaje.
Enhorabuena malco, a por el Nobel!!
Un fuerte abrazo
 
Muy buena esta prosa dedicada a María Elvira y sus eternos boleros nostálgicos. Toda su vida fue escrita en sus canciones y tu le renides un hermoso homenaje.
Enhorabuena malco, a por el Nobel!!
Un fuerte abrazo
Interesante relato para reflexionar. La historia interminable de amores y desamores demuestra que la protagonista está enamorada del juego. Me gusta escuchar boleros, pero no deseo padecer las penas del desamor.

Saludos desde Madrid-
 
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El último bolero


No refulgen los colores hasta que la luz no los traspasa, no son sombras no son nada, sin embargo existen,
como aquellos opacos seres que invisibles vagan y sus pasos no dejan huella ni su presencia se nota y su ausencia no nos dice nada ni por enterados nos hemos dado cuando estuvieron.
Otros seres con su cruz a cuestas llevan sus cargas soportándolas con una sonrisa y nos hacen creer que
habitan en los bosques frondosos de su alma encantados duendes de la .dicha.
Los hay crédulos, incrédulos, arriesgados, comedidos, puntas de extremos que no se tocan.
¡ Ah !.. pero los hay que parecen de fábula, que sus sufrimientos no comparten, son vientos atrapados en hondonadas girando en torbellinos imparables.
Maria Elvira, crepuscular andante de los cansados caminos de la búsqueda en las espesas nieblas de las angustias, era un roto cántaro de los quereres.
Sus hinchados párpados y sus negrisímos ojos, clandestinos cómplices de noches ilusionadas, vertían la savia de sus desconsuelos.
Su primer amor, a los siete años, fue aquel niño de tupidos rizos rubios y sonrojado rostro, de melancólicos ojos, más parecido a un querubín que a un tierno párvulo, esa fue la dispersa partícula que iniciaría los inagotables arenales en los desiertos de sus despechos .
Tenía un irrefrenable afán de ir de amor en amor y la curiosa o quizás enfermiza costumbre, claro eso era, una enfermiza costumbre, en la rabia absoluta de la despedida, es decir de la ruptura, sentir un estallido y entrar enseguida en esa nebulosa especie de prueba final de la desdicha con la que se aferraba al despecho.
Llevaba minuciosamente y con exagerados detalles cada uno de los noviazgos que había tenido, iniciaba la tercera gruesa libreta de registros y curiosamente le daba el nombre de algún desgarrador bolero como si se tratara de episodios de una larga e inacabable obra hasta encontrarse cara a cara con la muerte y ese sería el final de los capítulos, lo cierto era que se sentía extraña cuando por algún motivo en medio del medular despecho se colaba alguna aérea tranquilidad.
Lo que no ocurría cuando con nuevo noviazgo se entregaba a ser lo más feliz que pudiera (sospecho para sentir con mayor intensidad la habitual separación), un caudal de boleros eran los evanescentes mensajeros de sus sucesivas tragedias, solo el silencio mineral en el que se sumía era roto por sus sollozos y el girar de viejos discos de vinilo que le acompañaban en su gangosa voz.
Un interminable desfile de boleros eran como sal en una herida abierta ...Me muerdo los labios para no llamarte....Nunca me iré de tu vida ni tu de mi corazón...Mira que hay heridas que cierran en falso y si alguien las toca se vuelven a abrir... entregada a los candentes hierros iba transcurriendo el día entre los circulares reproches y las lágrimas que se desprendían de su tristeza.
...Quisiera abrir lentamente mis venas...Sombras nada más...Tenemos que olvidarnos de este amor...Entre tu amor y mi amor,desgarraban el desnudo ropaje de su sufrimiento.

Como un sofisticado reloj de perfecta precisión, 72 horas exactas duraba la intensidad de sus padeceres en el límite imaginario de su temores, dando paso en el sobresalto de sus sueños, con impensable razonamiento y clara lucidez al recurrente deseo de encontrar una nueva razón para vuelta atrás

nuevamente sumergirse en los fangos de sus lamentos.
Cual era la causa o el acaso que la llevaba a esos desvaríos, no se sabía, ni la manera de averiguarlo, con

cuánta certeza podría decirse que padecía de una rara locura o era una oculta y desconocida jugarreta de su inconsciente era especulación, hasta se atrevieron a decir que estaba posesa por un espíritu de una mujer engañada que vagaba en el limbo.

De qué presumen cuando pasan por mi lado... Ya no estas más a mi lado corazón...Angustia de no tenerte más, esa mañana, la encontraron enmudecida con el rostro pálido y una corona de rosas rojas reclinada sobre los diarios, abierto uno de ellos se leía con grandes letras ...Mi último bolero, y girando el viejo vinilo con la pesadumbre que penetraba las más oscuras grietas, las sombras de su impalpable presencia dejaban señales de su adiós de papel ...Olvídate de todo menos de mi y vete a dónde quieras pero llévame en ti, que al fin de tu camino, comprenderás tus males, sabiendo que nacimos para morir iguales.
Un interesantísimo relato que, digamos, "engancha" desde las primeras líneas. Parece que la propia María Elvira vive en muchos de nosotros aferrados a esos boleros que proporciona la vida en forma de "amores" que a veces no conducen más que a la desilusión. Pero hay "boleros" que cada vez que suenan nos parecen más bellos y más vivos. Esos son lo que deberíamos oír una y otra vez. Como ves, amigo Manuel, tu excepcional escrito lleva a la reflexión y cada cual extrae de sus líneas un pensamiento Eso es lo bueno de los buenos escritos.
Felicidades por saber hilvanar una contundente y bella historia como esta.
Con mi abrazo desde la amistad.
Salvador.
 
Un abanico de amores con distintos matices y el mismo final, tal cual lo indicaba el bolero de turno. Parecía que le daba vida a cada letra con su comportamiento y al final, tomó al pie de la letra: el último bolero. Disfruto con la lectura un desglose de metáforas que le dan estética a la narrativa y la hace muy interesante, obligando a proyectar la mente lectora en una serie de imágenes que hacen más realista el trabajo de ficción. Felicitaciones poeta. Mis saludos cordiales.
 
¡Simplemente maravilloso! Una prosa que mete al lector en su trama del principio al final, con una historia llena de nostálgica belleza, como los propios boleros y su amor eterno que jamás se diluirá. Un verdadero placer disfrutar de su exquisito escrito, Malco, reciba mi más cordial felicitación y saludo.
 
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El último bolero


No refulgen los colores hasta que la luz no los traspasa, no son sombras no son nada, sin embargo existen,
como aquellos opacos seres que invisibles vagan y sus pasos no dejan huella ni su presencia se nota y su ausencia no nos dice nada ni por enterados nos hemos dado cuando estuvieron.
Otros seres con su cruz a cuestas llevan sus cargas soportándolas con una sonrisa y nos hacen creer que
habitan en los bosques frondosos de su alma encantados duendes de la .dicha.
Los hay crédulos, incrédulos, arriesgados, comedidos, puntas de extremos que no se tocan.
¡ Ah !.. pero los hay que parecen de fábula, que sus sufrimientos no comparten, son vientos atrapados en hondonadas girando en torbellinos imparables.
Maria Elvira, crepuscular andante de los cansados caminos de la búsqueda en las espesas nieblas de las angustias, era un roto cántaro de los quereres.
Sus hinchados párpados y sus negrisímos ojos, clandestinos cómplices de noches ilusionadas, vertían la savia de sus desconsuelos.
Su primer amor, a los siete años, fue aquel niño de tupidos rizos rubios y sonrojado rostro, de melancólicos ojos, más parecido a un querubín que a un tierno párvulo, esa fue la dispersa partícula que iniciaría los inagotables arenales en los desiertos de sus despechos .
Tenía un irrefrenable afán de ir de amor en amor y la curiosa o quizás enfermiza costumbre, claro eso era, una enfermiza costumbre, en la rabia absoluta de la despedida, es decir de la ruptura, sentir un estallido y entrar enseguida en esa nebulosa especie de prueba final de la desdicha con la que se aferraba al despecho.
Llevaba minuciosamente y con exagerados detalles cada uno de los noviazgos que había tenido, iniciaba la tercera gruesa libreta de registros y curiosamente le daba el nombre de algún desgarrador bolero como si se tratara de episodios de una larga e inacabable obra hasta encontrarse cara a cara con la muerte y ese sería el final de los capítulos, lo cierto era que se sentía extraña cuando por algún motivo en medio del medular despecho se colaba alguna aérea tranquilidad.
Lo que no ocurría cuando con nuevo noviazgo se entregaba a ser lo más feliz que pudiera (sospecho para sentir con mayor intensidad la habitual separación), un caudal de boleros eran los evanescentes mensajeros de sus sucesivas tragedias, solo el silencio mineral en el que se sumía era roto por sus sollozos y el girar de viejos discos de vinilo que le acompañaban en su gangosa voz.
Un interminable desfile de boleros eran como sal en una herida abierta ...Me muerdo los labios para no llamarte....Nunca me iré de tu vida ni tu de mi corazón...Mira que hay heridas que cierran en falso y si alguien las toca se vuelven a abrir... entregada a los candentes hierros iba transcurriendo el día entre los circulares reproches y las lágrimas que se desprendían de su tristeza.
...Quisiera abrir lentamente mis venas...Sombras nada más...Tenemos que olvidarnos de este amor...Entre tu amor y mi amor,desgarraban el desnudo ropaje de su sufrimiento.

Como un sofisticado reloj de perfecta precisión, 72 horas exactas duraba la intensidad de sus padeceres en el límite imaginario de su temores, dando paso en el sobresalto de sus sueños, con impensable razonamiento y clara lucidez al recurrente deseo de encontrar una nueva razón para vuelta atrás

nuevamente sumergirse en los fangos de sus lamentos.
Cual era la causa o el acaso que la llevaba a esos desvaríos, no se sabía, ni la manera de averiguarlo, con

cuánta certeza podría decirse que padecía de una rara locura o era una oculta y desconocida jugarreta de su inconsciente era especulación, hasta se atrevieron a decir que estaba posesa por un espíritu de una mujer engañada que vagaba en el limbo.

De qué presumen cuando pasan por mi lado... Ya no estas más a mi lado corazón...Angustia de no tenerte más, esa mañana, la encontraron enmudecida con el rostro pálido y una corona de rosas rojas reclinada sobre los diarios, abierto uno de ellos se leía con grandes letras ...Mi último bolero, y girando el viejo vinilo con la pesadumbre que penetraba las más oscuras grietas, las sombras de su impalpable presencia dejaban señales de su adiós de papel ...Olvídate de todo menos de mi y vete a dónde quieras pero llévame en ti, que al fin de tu camino, comprenderás tus males, sabiendo que nacimos para morir iguales.


Ayyy Malco, qué complicado es el corazón, sólo siente y siente, amor y dolor, ilusión y desesperación... lo importante es amar y María Elvira amó, a su manera, pero se entregó siempre al amor aún a sabiendas que le iba a causar pesadumbre y dolor... Eres un excelente prosista, he quedado admirada con tus descripciones psicológicas y tus impresionantes imágenes metafóricas, siempre quedo encantada. Besazos llenos de cariño y de admiración....muááááckss...
 
María Elvira y su último bolero, una vida empapada de amores, de sentimientos envueltos en las letras de algunas canciones...
creo que la vida de cada ser humano contiene alguna semejanza con la de los demás...por qué nos identificamos a veces con lo
escrito por otro ser y que casualmente se compagina con el sentir propio? Somos lazos en el mundo que atamos vida y dolor
con las mismas manos...es mi humilde opinión a su gran aporte.

Me ha gustado leer su escrito amigo, le dejo un saludo cordial y gracias por invitarme a conocer su prosa.
Gracias amiga, por atender la invitación,El mundo de las emociones y sentimientos es un corolario igual para todos como nos afecte y los manejemos hace la differencia, hay quienes tienen un problema si no tienen un problema, sentirse deprimidos es su estado natural, claro no lo pueden manejar sin ayuda, cosas de las endorfinas.
 
Bello e interesante escrito nos compartes. Eso del último bolero me hizo pensar en las personas que se marchan sin terminar algo que tanto les gusto como escribir o pintar. Ha que vivir la vida cada día como si fuera el último día. Gracias por compartirlo. Saludos y Bendiciones.
Gracias Lourdes, esto de las emociones y los lutos es complejo, como las manejemos es la diferencia, besos.
 
Me ha gustado tu relato sobre Maria Elvira y sus boleros, ella aficionada a rebozarse en la melancolía de estos temas musicales siempre llenos de desamor hacia de su vida amorosa una canción triste detrás de otra. Hasta que llegó "Mi ultimo bolero" y el destino la buscó sin remedio. Buena la idea del relato y muy bien escrito por tu parte, a veces uno-a se enfrenta a sus demonios inevitablemente. Un abrazo amigo malco. Paco.
Gracias Paco, por atender la invitación, los demonios siempre están al acecho, como los exorcisemos es la diferencia, un abrazo Paco.
 
Muy buena esta prosa dedicada a María Elvira y sus eternos boleros nostálgicos. Toda su vida fue escrita en sus canciones y tu le renides un hermoso homenaje.
Enhorabuena malco, a por el Nobel!!
Un fuerte abrazo
JA,JA,JA, gracias Luis , te imaginas tamaña equivocación de la academia si me dan el NOVEL y la feroz protesta mundial, tendrían que hacer un cuarto en donde estaríamos OBAMA Y YO (Suena a Platero y yo), a el por dárselo por adelantado para cuando haga algo por la paz y a mi igual, por si alguna vez (cosa imposible) escriba algo que valga la pena.Un abrazo.
 
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El último bolero


No refulgen los colores hasta que la luz no los traspasa, no son sombras no son nada, sin embargo existen,
como aquellos opacos seres que invisibles vagan y sus pasos no dejan huella ni su presencia se nota y su ausencia no nos dice nada ni por enterados nos hemos dado cuando estuvieron.
Otros seres con su cruz a cuestas llevan sus cargas soportándolas con una sonrisa y nos hacen creer que
habitan en los bosques frondosos de su alma encantados duendes de la .dicha.
Los hay crédulos, incrédulos, arriesgados, comedidos, puntas de extremos que no se tocan.
¡ Ah !.. pero los hay que parecen de fábula, que sus sufrimientos no comparten, son vientos atrapados en hondonadas girando en torbellinos imparables.
Maria Elvira, crepuscular andante de los cansados caminos de la búsqueda en las espesas nieblas de las angustias, era un roto cántaro de los quereres.
Sus hinchados párpados y sus negrisímos ojos, clandestinos cómplices de noches ilusionadas, vertían la savia de sus desconsuelos.
Su primer amor, a los siete años, fue aquel niño de tupidos rizos rubios y sonrojado rostro, de melancólicos ojos, más parecido a un querubín que a un tierno párvulo, esa fue la dispersa partícula que iniciaría los inagotables arenales en los desiertos de sus despechos .
Tenía un irrefrenable afán de ir de amor en amor y la curiosa o quizás enfermiza costumbre, claro eso era, una enfermiza costumbre, en la rabia absoluta de la despedida, es decir de la ruptura, sentir un estallido y entrar enseguida en esa nebulosa especie de prueba final de la desdicha con la que se aferraba al despecho.
Llevaba minuciosamente y con exagerados detalles cada uno de los noviazgos que había tenido, iniciaba la tercera gruesa libreta de registros y curiosamente le daba el nombre de algún desgarrador bolero como si se tratara de episodios de una larga e inacabable obra hasta encontrarse cara a cara con la muerte y ese sería el final de los capítulos, lo cierto era que se sentía extraña cuando por algún motivo en medio del medular despecho se colaba alguna aérea tranquilidad.
Lo que no ocurría cuando con nuevo noviazgo se entregaba a ser lo más feliz que pudiera (sospecho para sentir con mayor intensidad la habitual separación), un caudal de boleros eran los evanescentes mensajeros de sus sucesivas tragedias, solo el silencio mineral en el que se sumía era roto por sus sollozos y el girar de viejos discos de vinilo que le acompañaban en su gangosa voz.
Un interminable desfile de boleros eran como sal en una herida abierta ...Me muerdo los labios para no llamarte....Nunca me iré de tu vida ni tu de mi corazón...Mira que hay heridas que cierran en falso y si alguien las toca se vuelven a abrir... entregada a los candentes hierros iba transcurriendo el día entre los circulares reproches y las lágrimas que se desprendían de su tristeza.
...Quisiera abrir lentamente mis venas...Sombras nada más...Tenemos que olvidarnos de este amor...Entre tu amor y mi amor,desgarraban el desnudo ropaje de su sufrimiento.

Como un sofisticado reloj de perfecta precisión, 72 horas exactas duraba la intensidad de sus padeceres en el límite imaginario de su temores, dando paso en el sobresalto de sus sueños, con impensable razonamiento y clara lucidez al recurrente deseo de encontrar una nueva razón para vuelta atrás

nuevamente sumergirse en los fangos de sus lamentos.
Cual era la causa o el acaso que la llevaba a esos desvaríos, no se sabía, ni la manera de averiguarlo, con

cuánta certeza podría decirse que padecía de una rara locura o era una oculta y desconocida jugarreta de su inconsciente era especulación, hasta se atrevieron a decir que estaba posesa por un espíritu de una mujer engañada que vagaba en el limbo.

De qué presumen cuando pasan por mi lado... Ya no estas más a mi lado corazón...Angustia de no tenerte más, esa mañana, la encontraron enmudecida con el rostro pálido y una corona de rosas rojas reclinada sobre los diarios, abierto uno de ellos se leía con grandes letras ...Mi último bolero, y girando el viejo vinilo con la pesadumbre que penetraba las más oscuras grietas, las sombras de su impalpable presencia dejaban señales de su adiós de papel ...Olvídate de todo menos de mi y vete a dónde quieras pero llévame en ti, que al fin de tu camino, comprenderás tus males, sabiendo que nacimos para morir iguales.


Te quedo muy bonita esta triste historia, raya entre lo fantástico y lo real, felicitaciones Manuel, un saludo sincero hermano.
 
Manuelito! Creo que los compañeros ya lo dijeron todo con sus elogios. A mí me encantó desde el inicio hasta el fin. Engancha y hace sentir la nostalgia de una manera maravillosa hasta el final. Excelente. Felicidades. Gracias por la invitación tan maravillosa. Un abracito tierno.
 
Demasiado bello tu trabajo, envuelve desde las primeras líneas y transporta al lector a las vivencias mismas del personaje.
Muy completo y bastante muy bien narrado, tienes un talento especial, ya que no es el primer trabajo así de importante.
Un gusto enorme haber pasado a leer tan bello trabajo, saludos cordiales
 
Interesante relato para reflexionar. La historia interminable de amores y desamores demuestra que la protagonista está enamorada del juego. Me gusta escuchar boleros, pero no deseo padecer las penas del desamor.

Saludos desde Madrid-
Gracias Antonio, por tus gentiles palabras, aunque un despechito de cuando en vez no cae mal,ja,ja,ja,un abrazo.
 
Un interesantísimo relato que, digamos, "engancha" desde las primeras líneas. Parece que la propia María Elvira vive en muchos de nosotros aferrados a esos boleros que proporciona la vida en forma de "amores" que a veces no conducen más que a la desilusión. Pero hay "boleros" que cada vez que suenan nos parecen más bellos y más vivos. Esos son lo que deberíamos oír una y otra vez. Como ves, amigo Manuel, tu excepcional escrito lleva a la reflexión y cada cual extrae de sus líneas un pensamiento Eso es lo bueno de los buenos escritos.
Felicidades por saber hilvanar una contundente y bella historia como esta.
Con mi abrazo desde la amistad.
Salvador.
Gracias Salvador por atender la invitación y tus gentiles palabras, el imperio de las emociones es complejo, hay personas que tienen un problema si no tienen un problema, la depresión los coloniza y sentirse de otra manera les es extraño, cosa de las endorfinas, reitero mi gratitud y mis afectos, recibe un grande abrazo.
 
Manuelito! Creo que los compañeros ya lo dijeron todo con sus elogios. A mí me encantó desde el inicio hasta el fin. Engancha y hace sentir la nostalgia de una manera maravillosa hasta el final. Excelente. Felicidades. Gracias por la invitación tan maravillosa. Un abracito tierno.
Gracias Rosa son perfumenes tus palabras, mis afectos para ti, cariños.
 
Demasiado bello tu trabajo, envuelve desde las primeras líneas y transporta al lector a las vivencias mismas del personaje.
Muy completo y bastante muy bien narrado, tienes un talento especial, ya que no es el primer trabajo así de importante.
Un gusto enorme haber pasado a leer tan bello trabajo, saludos cordiales
Agradecido Alfredo por tus siempre gentiles y afectuosas palabras que revelan tu nobleza y tu sentido de la amistad, recibe un grande y afectuoso abrazo.
 
Un abanico de amores con distintos matices y el mismo final, tal cual lo indicaba el bolero de turno. Parecía que le daba vida a cada letra con su comportamiento y al final, tomó al pie de la letra: el último bolero. Disfruto con la lectura un desglose de metáforas que le dan estética a la narrativa y la hace muy interesante, obligando a proyectar la mente lectora en una serie de imágenes que hacen más realista el trabajo de ficción. Felicitaciones poeta. Mis saludos cordiales.
Gracias Joblam por atender la invitación y tus analiticas palabras, recibe un afectuoso abrazo.
 
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El último bolero


No refulgen los colores hasta que la luz no los traspasa, no son sombras no son nada, sin embargo existen,
como aquellos opacos seres que invisibles vagan y sus pasos no dejan huella ni su presencia se nota y su ausencia no nos dice nada ni por enterados nos hemos dado cuando estuvieron.
Otros seres con su cruz a cuestas llevan sus cargas soportándolas con una sonrisa y nos hacen creer que
habitan en los bosques frondosos de su alma encantados duendes de la .dicha.
Los hay crédulos, incrédulos, arriesgados, comedidos, puntas de extremos que no se tocan.
¡ Ah !.. pero los hay que parecen de fábula, que sus sufrimientos no comparten, son vientos atrapados en hondonadas girando en torbellinos imparables.
Maria Elvira, crepuscular andante de los cansados caminos de la búsqueda en las espesas nieblas de las angustias, era un roto cántaro de los quereres.
Sus hinchados párpados y sus negrisímos ojos, clandestinos cómplices de noches ilusionadas, vertían la savia de sus desconsuelos.
Su primer amor, a los siete años, fue aquel niño de tupidos rizos rubios y sonrojado rostro, de melancólicos ojos, más parecido a un querubín que a un tierno párvulo, esa fue la dispersa partícula que iniciaría los inagotables arenales en los desiertos de sus despechos .
Tenía un irrefrenable afán de ir de amor en amor y la curiosa o quizás enfermiza costumbre, claro eso era, una enfermiza costumbre, en la rabia absoluta de la despedida, es decir de la ruptura, sentir un estallido y entrar enseguida en esa nebulosa especie de prueba final de la desdicha con la que se aferraba al despecho.
Llevaba minuciosamente y con exagerados detalles cada uno de los noviazgos que había tenido, iniciaba la tercera gruesa libreta de registros y curiosamente le daba el nombre de algún desgarrador bolero como si se tratara de episodios de una larga e inacabable obra hasta encontrarse cara a cara con la muerte y ese sería el final de los capítulos, lo cierto era que se sentía extraña cuando por algún motivo en medio del medular despecho se colaba alguna aérea tranquilidad.
Lo que no ocurría cuando con nuevo noviazgo se entregaba a ser lo más feliz que pudiera (sospecho para sentir con mayor intensidad la habitual separación), un caudal de boleros eran los evanescentes mensajeros de sus sucesivas tragedias, solo el silencio mineral en el que se sumía era roto por sus sollozos y el girar de viejos discos de vinilo que le acompañaban en su gangosa voz.
Un interminable desfile de boleros eran como sal en una herida abierta ...Me muerdo los labios para no llamarte....Nunca me iré de tu vida ni tu de mi corazón...Mira que hay heridas que cierran en falso y si alguien las toca se vuelven a abrir... entregada a los candentes hierros iba transcurriendo el día entre los circulares reproches y las lágrimas que se desprendían de su tristeza.
...Quisiera abrir lentamente mis venas...Sombras nada más...Tenemos que olvidarnos de este amor...Entre tu amor y mi amor,desgarraban el desnudo ropaje de su sufrimiento.

Como un sofisticado reloj de perfecta precisión, 72 horas exactas duraba la intensidad de sus padeceres en el límite imaginario de su temores, dando paso en el sobresalto de sus sueños, con impensable razonamiento y clara lucidez al recurrente deseo de encontrar una nueva razón para vuelta atrás

nuevamente sumergirse en los fangos de sus lamentos.
Cual era la causa o el acaso que la llevaba a esos desvaríos, no se sabía, ni la manera de averiguarlo, con

cuánta certeza podría decirse que padecía de una rara locura o era una oculta y desconocida jugarreta de su inconsciente era especulación, hasta se atrevieron a decir que estaba posesa por un espíritu de una mujer engañada que vagaba en el limbo.

De qué presumen cuando pasan por mi lado... Ya no estas más a mi lado corazón...Angustia de no tenerte más, esa mañana, la encontraron enmudecida con el rostro pálido y una corona de rosas rojas reclinada sobre los diarios, abierto uno de ellos se leía con grandes letras ...Mi último bolero, y girando el viejo vinilo con la pesadumbre que penetraba las más oscuras grietas, las sombras de su impalpable presencia dejaban señales de su adiós de papel ...Olvídate de todo menos de mi y vete a dónde quieras pero llévame en ti, que al fin de tu camino, comprenderás tus males, sabiendo que nacimos para morir iguales.



Excelente prosa Malco, me encanta esa introducción que haces en tus primeras lineas pues representan la otra cara de la moneda de cada quien. Viajar en tus letras en el caso de esta admirada mujer es conocer otro mundo a través de tu narrativa.
Te felicito me ha sido grato pasarme un rato en esta lectura y disfrutar de tan exquisitas melodías.
 
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El último bolero


No refulgen los colores hasta que la luz no los traspasa, no son sombras no son nada, sin embargo existen,
como aquellos opacos seres que invisibles vagan y sus pasos no dejan huella ni su presencia se nota y su ausencia no nos dice nada ni por enterados nos hemos dado cuando estuvieron.
Otros seres con su cruz a cuestas llevan sus cargas soportándolas con una sonrisa y nos hacen creer que
habitan en los bosques frondosos de su alma encantados duendes de la .dicha.
Los hay crédulos, incrédulos, arriesgados, comedidos, puntas de extremos que no se tocan.
¡ Ah !.. pero los hay que parecen de fábula, que sus sufrimientos no comparten, son vientos atrapados en hondonadas girando en torbellinos imparables.
Maria Elvira, crepuscular andante de los cansados caminos de la búsqueda en las espesas nieblas de las angustias, era un roto cántaro de los quereres.
Sus hinchados párpados y sus negrisímos ojos, clandestinos cómplices de noches ilusionadas, vertían la savia de sus desconsuelos.
Su primer amor, a los siete años, fue aquel niño de tupidos rizos rubios y sonrojado rostro, de melancólicos ojos, más parecido a un querubín que a un tierno párvulo, esa fue la dispersa partícula que iniciaría los inagotables arenales en los desiertos de sus despechos .
Tenía un irrefrenable afán de ir de amor en amor y la curiosa o quizás enfermiza costumbre, claro eso era, una enfermiza costumbre, en la rabia absoluta de la despedida, es decir de la ruptura, sentir un estallido y entrar enseguida en esa nebulosa especie de prueba final de la desdicha con la que se aferraba al despecho.
Llevaba minuciosamente y con exagerados detalles cada uno de los noviazgos que había tenido, iniciaba la tercera gruesa libreta de registros y curiosamente le daba el nombre de algún desgarrador bolero como si se tratara de episodios de una larga e inacabable obra hasta encontrarse cara a cara con la muerte y ese sería el final de los capítulos, lo cierto era que se sentía extraña cuando por algún motivo en medio del medular despecho se colaba alguna aérea tranquilidad.
Lo que no ocurría cuando con nuevo noviazgo se entregaba a ser lo más feliz que pudiera (sospecho para sentir con mayor intensidad la habitual separación), un caudal de boleros eran los evanescentes mensajeros de sus sucesivas tragedias, solo el silencio mineral en el que se sumía era roto por sus sollozos y el girar de viejos discos de vinilo que le acompañaban en su gangosa voz.
Un interminable desfile de boleros eran como sal en una herida abierta ...Me muerdo los labios para no llamarte....Nunca me iré de tu vida ni tu de mi corazón...Mira que hay heridas que cierran en falso y si alguien las toca se vuelven a abrir... entregada a los candentes hierros iba transcurriendo el día entre los circulares reproches y las lágrimas que se desprendían de su tristeza.
...Quisiera abrir lentamente mis venas...Sombras nada más...Tenemos que olvidarnos de este amor...Entre tu amor y mi amor,desgarraban el desnudo ropaje de su sufrimiento.

Como un sofisticado reloj de perfecta precisión, 72 horas exactas duraba la intensidad de sus padeceres en el límite imaginario de su temores, dando paso en el sobresalto de sus sueños, con impensable razonamiento y clara lucidez al recurrente deseo de encontrar una nueva razón para vuelta atrás

nuevamente sumergirse en los fangos de sus lamentos.
Cual era la causa o el acaso que la llevaba a esos desvaríos, no se sabía, ni la manera de averiguarlo, con

cuánta certeza podría decirse que padecía de una rara locura o era una oculta y desconocida jugarreta de su inconsciente era especulación, hasta se atrevieron a decir que estaba posesa por un espíritu de una mujer engañada que vagaba en el limbo.

De qué presumen cuando pasan por mi lado... Ya no estas más a mi lado corazón...Angustia de no tenerte más, esa mañana, la encontraron enmudecida con el rostro pálido y una corona de rosas rojas reclinada sobre los diarios, abierto uno de ellos se leía con grandes letras ...Mi último bolero, y girando el viejo vinilo con la pesadumbre que penetraba las más oscuras grietas, las sombras de su impalpable presencia dejaban señales de su adiós de papel ...Olvídate de todo menos de mi y vete a dónde quieras pero llévame en ti, que al fin de tu camino, comprenderás tus males, sabiendo que nacimos para morir iguales.



Mi querido Manuel, de pie hago mi ovación porque me ha encantado tu narrativa. Una muy bella y clara forma de transmitir las emociones agridulces del sentir de María Elvira, en los inicios de cada relación y el dolor de la despedida. Pareciera que hubiera personas cuya vida sentimental es un continuo ir y venir entre el saludo y la despedida. Me ha gustado mucho como vas llevando la narración hasta el punto final, inevitable. Me ha encantado leerlo y agradezco profundamente la invitación. Besos, muchos... con el alma.
 

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