Cortaron los primeros gajos de la aruera
y tres días después el monte entero
había sido reducido a una franja
de hollín y de cascotes. La escena
no ofrecía mucho más
que la intemperie
propia de los descampados,
dos o tres hormigueros
pasados a ladrillo,
la pequeña hoja de una azada
sin su mango, un cencerro
partido en dos, el sonido
crujiente del vidrio
amasado por las huellas.
Alguien dijo que se improvisó una venda
pero que fue en vano:
la savia rebasaba como un río
de espinas incandescentes.
Que se invocó a la lluvia con un conjuro,
y que no llovió,
que se cavó un estrecho
tajo entre las piedras
donde vomitar todas las hadas
o esconder un anillo.
Entonces te encontré:
tieso entre las setas
punitivas de aquel páramo.
Me arrodillé para quitarte las esquirlas.
Y también te quité las botas.
Y les vacié la ceniza.
Y pese a la orfandad
amarillenta del pasto:
me senté a conversar con tus amuletos.
A lo lejos, los últimos colores del otoño
se amotinaban en la falda de la serranía
y poco más que un restrego
de ollas se escuchaba afuera.
Un silencio de tierra apisonada
empezó a crecer desde las verjas
y en el cazo inédito del crepúsculo:
los caballos tomaban agua.
De pronto hizo frío
y apenas llegó la noche, los buitres,
ya te habían tejido una manta.
Amigo, solo vine a dejar una moneda
debajo de tu lengua
para el viaje.
y tres días después el monte entero
había sido reducido a una franja
de hollín y de cascotes. La escena
no ofrecía mucho más
que la intemperie
propia de los descampados,
dos o tres hormigueros
pasados a ladrillo,
la pequeña hoja de una azada
sin su mango, un cencerro
partido en dos, el sonido
crujiente del vidrio
amasado por las huellas.
Alguien dijo que se improvisó una venda
pero que fue en vano:
la savia rebasaba como un río
de espinas incandescentes.
Que se invocó a la lluvia con un conjuro,
y que no llovió,
que se cavó un estrecho
tajo entre las piedras
donde vomitar todas las hadas
o esconder un anillo.
Entonces te encontré:
tieso entre las setas
punitivas de aquel páramo.
Me arrodillé para quitarte las esquirlas.
Y también te quité las botas.
Y les vacié la ceniza.
Y pese a la orfandad
amarillenta del pasto:
me senté a conversar con tus amuletos.
A lo lejos, los últimos colores del otoño
se amotinaban en la falda de la serranía
y poco más que un restrego
de ollas se escuchaba afuera.
Un silencio de tierra apisonada
empezó a crecer desde las verjas
y en el cazo inédito del crepúsculo:
los caballos tomaban agua.
De pronto hizo frío
y apenas llegó la noche, los buitres,
ya te habían tejido una manta.
Amigo, solo vine a dejar una moneda
debajo de tu lengua
para el viaje.
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