El último trasgo

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Riolita

Poeta adicto al portal
Cortaron los primeros gajos de la aruera
y tres días después el monte entero
había sido reducido a una franja
de hollín y de cascotes. La escena
no ofrecía mucho más
que la intemperie
propia de los descampados,
dos o tres hormigueros
pasados a ladrillo,
la pequeña hoja de una azada
sin su mango, un cencerro
partido en dos, el sonido
crujiente del vidrio
amasado por las huellas.

Alguien dijo que se improvisó una venda
pero que fue en vano:
la savia rebasaba como un río
de espinas incandescentes.

Que se invocó a la lluvia con un conjuro,
y que no llovió,
que se cavó un estrecho
tajo entre las piedras
donde vomitar todas las hadas
o esconder un anillo.

Entonces te encontré:
tieso entre las setas
punitivas de aquel páramo.

Me arrodillé para quitarte las esquirlas.
Y también te quité las botas.
Y les vacié la ceniza.

Y pese a la orfandad
amarillenta del pasto:
me senté a conversar con tus amuletos.

A lo lejos, los últimos colores del otoño
se amotinaban en la falda de la serranía
y poco más que un restrego
de ollas se escuchaba afuera.

Un silencio de tierra apisonada
empezó a crecer desde las verjas
y en el cazo inédito del crepúsculo:
los caballos tomaban agua.

De pronto hizo frío
y apenas llegó la noche, los buitres,
ya te habían tejido una manta.

Amigo, solo vine a dejar una moneda
debajo de tu lengua
para el viaje.


 
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Cortaron los primeros gajos de la aruera
y tres días después el monte entero
había sido reducido a una franja
de hollín y de cascotes. La escena
no ofrecía mucho más
que la intemperie
propia de los descampados,
dos o tres hormigueros
pasados a ladrillo,
la pequeña hoja de una azada
sin su mango, un cencerro
partido en dos, el sonido
crujiente del vidrio
amasado por las botas.

Alguien dijo que se improvisó una venda
pero que fue en vano porque la savia
ya era un río
de espinas incandescentes.

Que se invocó a la lluvia con un conjuro,
y que no llovió,
que se cavó un estrecho
tajo entre las piedras
donde vomitar todas las hadas
o esconder un anillo.

Entonces te encontré:
tieso entre las setas
punitivas de aquel páramo.

Me arrodillé para quitarte las esquirlas.
Y también te quité las botas.
Y les vacié la ceniza.

Y pese a la orfandad
amarillenta del pasto:
me senté a conversar con tus amuletos.

A lo lejos, los últimos colores del otoño
se amotinaban en la falda de la serranía
y poco más que un restrego
de ollas se escuchaba afuera.

Un silencio de tierra apasionada
empezó a crecer desde las verjas
y en el cazo inédito del crepúsculo:
los caballos tomaban agua.

De pronto hizo frío
y apenas llegó la noche, los buitres,
ya te habían tejido una manta.

Amigo, solo vine a dejar una moneda
debajo de tu lengua
para el viaje.


Un paisaje desolador.
Triste incendio que provocó tanta desgracia.

Saludos
 
Cortaron los primeros gajos de la aruera
y tres días después el monte entero
había sido reducido a una franja
de hollín y de cascotes. La escena
no ofrecía mucho más
que la intemperie
propia de los descampados,
dos o tres hormigueros
pasados a ladrillo,
la pequeña hoja de una azada
sin su mango, un cencerro
partido en dos, el sonido
crujiente del vidrio
amasado por las botas.

Alguien dijo que se improvisó una venda
pero que fue en vano:
la savia ya era un río
de espinas incandescentes.

Que se invocó a la lluvia con un conjuro,
y que no llovió,
que se cavó un estrecho
tajo entre las piedras
donde vomitar todas las hadas
o esconder un anillo.

Entonces te encontré:
tieso entre las setas
punitivas de aquel páramo.

Me arrodillé para quitarte las esquirlas.
Y también te quité las botas.
Y les vacié la ceniza.

Y pese a la orfandad
amarillenta del pasto:
me senté a conversar con tus amuletos.

A lo lejos, los últimos colores del otoño
se amotinaban en la falda de la serranía
y poco más que un restrego
de ollas se escuchaba afuera.

Un silencio de tierra apisonada
empezó a crecer desde las verjas
y en el cazo inédito del crepúsculo:
los caballos tomaban agua.

De pronto hizo frío
y apenas llegó la noche, los buitres,
ya te habían tejido una manta.

Amigo, solo vine a dejar una moneda
debajo de tu lengua
para el viaje.


El fuego es poderoso, devastador y arrasa con todo; flora, fauna
y todo ser viviente que ose hacerle frente, incluido esos seres fantásticos
juguetones, incordiantes y muchas veces temerosos que casi nadie ha visto
y sin embargo forman parte de la mayoría de las culturas.
Cuando se quema el bosque o el lugar que tienes por hogar,
se quema mucho más que aquello que ven nuestros ojos , se quema la magia.
Siento que me metí en mi mundo de fantasía y olvidé que no estoy sola;)
Yo te doy un Goya, compañero, por tu sensibilidad y la belleza de las imágenes,
sobre todo la que cierre el poema.
Un abrazo, señor del sur.

PD. Qué hermosa "Mariposa Negra."
 
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