Se parece este invierno a los antiguos
azotes de las lluvias permanentes,
goteras que improvisan recipientes
con mensajes de códigos ambiguos.
Aún son los aludes algo exiguos,
reservan sabiamente sus torrentes
para arrasar de lleno con las gentes
por corredores de barrial contiguos.
Se agota la mirada compasiva.
Ya somos de la tierra negra costra.
Una carga pesada y destructiva.
Con fuerza la natura nos enrostra
que a pesar de nosotros sigue viva.
La perla es una herida para la ostra.
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