Marion Will
Poeta recién llegado
El tiempo pasa para todos, dejando su huella inexorablemente, pero parece ser más severo con las mujeres. ¿Será que la modernidad exige unos estándares que priorizan la juventud y la estética, por encima de valores como el saber hacer y la maestría?
Existen sociedades donde los ancianos son respetados e incluso venerados. Se les considera expertos y sabios, y de esa experiencia aprenden los más jóvenes. Esto incluye a la mujer, que lejos de ser menospreciada por su edad, adquiere en la madurez mayor potestad.
Vincent van Gogh expresaba lo siguiente, en una carta dirigida a su hermano Theo, allá por 1874: "¡No hay mujeres viejas! no quiere decir que no haya mujeres de edad, sino que una mujer no envejece mientras ame y sea amada." Van Gogh era capaz de ver más allá de las apariencias, por eso apreciaba lo trascendente.
En verdad, considero que hay un tipo de hermosura que se manifiesta sólo cuando el tiempo y los avatares han hecho su trabajo. Es la belleza singular de la madurez; la de las lecciones aprendidas; la que luce viejas cicatrices.
Algunas batallas ya se vencieron. Otras, quizá aún estén en proceso. Eso no importa. El mérito está en el camino recorrido. El que ha ido dejando surcos en la piel a cada paso, con cada esfuerzo, con cada decisión, con cada reto, con cada lágrima.
Y en ese transitar, aprender. Y en ese aprender, sufrir. Y en ese sufrir, crecer. Y en ese crecer, volver a lo esencial. Llegar a esa dimensión de honestidad, donde estar con uno mismo es un ejercicio de encuentro, no de soledad.
Ya no importan la opinión de los demás, ni los complejos (algo muy liberador). Soltar ese peso permite experimentar la vida desde otra perspectiva: encontrar la simplicidad, comprender la utilidad del tiempo.
Entonces la sabiduría va asomando, casi de puntillas, sin hacer ruido. Porque la sabiduría es humilde y se muestra con sencillez. En ese transcurrir, aparecen perlas que pasaron inadvertidas en la juventud. Las vivencias son tesoros.
La experiencia va puliendo los diamantes que siempre estuvieron ahí y en la madurez resplandecen, con una belleza serena y despreocupada. Quizá sólo pueden encontrarla, aquellos que saben mirar en la profundidad de unos ojos, que son el espejo del alma.
Marion Will
Existen sociedades donde los ancianos son respetados e incluso venerados. Se les considera expertos y sabios, y de esa experiencia aprenden los más jóvenes. Esto incluye a la mujer, que lejos de ser menospreciada por su edad, adquiere en la madurez mayor potestad.
Vincent van Gogh expresaba lo siguiente, en una carta dirigida a su hermano Theo, allá por 1874: "¡No hay mujeres viejas! no quiere decir que no haya mujeres de edad, sino que una mujer no envejece mientras ame y sea amada." Van Gogh era capaz de ver más allá de las apariencias, por eso apreciaba lo trascendente.
En verdad, considero que hay un tipo de hermosura que se manifiesta sólo cuando el tiempo y los avatares han hecho su trabajo. Es la belleza singular de la madurez; la de las lecciones aprendidas; la que luce viejas cicatrices.
Algunas batallas ya se vencieron. Otras, quizá aún estén en proceso. Eso no importa. El mérito está en el camino recorrido. El que ha ido dejando surcos en la piel a cada paso, con cada esfuerzo, con cada decisión, con cada reto, con cada lágrima.
Y en ese transitar, aprender. Y en ese aprender, sufrir. Y en ese sufrir, crecer. Y en ese crecer, volver a lo esencial. Llegar a esa dimensión de honestidad, donde estar con uno mismo es un ejercicio de encuentro, no de soledad.
Ya no importan la opinión de los demás, ni los complejos (algo muy liberador). Soltar ese peso permite experimentar la vida desde otra perspectiva: encontrar la simplicidad, comprender la utilidad del tiempo.
Entonces la sabiduría va asomando, casi de puntillas, sin hacer ruido. Porque la sabiduría es humilde y se muestra con sencillez. En ese transcurrir, aparecen perlas que pasaron inadvertidas en la juventud. Las vivencias son tesoros.
La experiencia va puliendo los diamantes que siempre estuvieron ahí y en la madurez resplandecen, con una belleza serena y despreocupada. Quizá sólo pueden encontrarla, aquellos que saben mirar en la profundidad de unos ojos, que son el espejo del alma.
Marion Will