Uqbar
Poeta que considera el portal su segunda casa
Tardaba tres minutos en bajar dos pisos y alcanzar la esquina, al final de la calle.
Al oír la puerta, yo corría hasta el mirador y la esperaba de puntillas, ella llegaba apresurada secando sus manos en el delantal de volantes. La maternidad le subía por el pecho hasta la mano y desde la mano hasta la boca. Como un mimo, mis labios acompasaban los suyos en un adiós sin voz, pero con alma.
Él se giraba, al final de la calle, al alcanzar la esquina. Su sonrisa adolescente se perdía en la madurez que la orfandad le había legado. Tímidamente su mano acompasaba sus labios en un adiós sin voz, pero con alma.
Entonces mi infancia trepaba por el delantal de volantes y el brillo de mis ojos devolvía la luz a los de mi madre que tomaba mi mano suavemente, en laborables y a las dos y media.
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