kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
EN MANOS DEL TIEMPO
Estreno el mundo con mi grito verde.
Lenguas de electrolito surcan
los arrozales de mi pecho
y humedecen los bornes
de mi espina dorsal.
Mi cuerpo se conforma entre vaivenes
tratando de encontrar su molde
en este espacio acuoso que gravita
entre un cielo monástico de cruces
y un lecho que respira minerales.
El pezón arenoso de mi delta
acaricia mis labios
y me da de comer.
Un elixir de leche maternal
protege con escamas
la piel sedosa y frágil de mi pleura.
No me gustan las normas porque sí.
Yo no soy un gregario del ganado.
Y aprendo a protegerme
de los granjeros y sus granjas,
de sus anzuelos y sus redes.
Y juego en las estelas de los barcos
y en las blandas costillas de los pecios.
¡Soy tan feliz en estos arenales!,
en estas dunas de relojes… ¿muertos?
Pero una noche de verano
el hachazo de un médano de luna
parte en dos el estuario
y una marea viva me arroja contra el río.
Y comprendo que ya llegó mi hora.
Me despido del caldo de la infancia.
Presiento que este adiós es para siempre,
que no hay retorno, que las cosas
son como son y son así.
Mi pecho está caliente y preparado.
Y de pronto dos manos poderosas
se posan en mi espalda y me hacen avanzar.
Unas manos constantes que me empujan
hacia la boca azul del río,
hacia el punto de fuga de lo que fue mi grito.
Y cruzo el delta y abandono
el arenal materno y siento la corriente
en la pureza de mis branquias vivas.
Alguien me empuja, el mundo me atraviesa.
Dos manos en mi espalda
pero no hay nadie, solo
algo que se me escapa.
Me encuentro con i griegas de otros cauces.
Decisiones, tornados de sucesos
desalan la niñez de mis escamas.
Por este mismo río que remonto
—o que estas manos hacen que remonte—
discurren muchos otros seres
algunos de los cuales
me prestan sus antorchas de luciérnagas
para alumbrar el valle y protegerme
cuando la noche es demasiada noche
para un pulso que pide amanecer.
Exploro las riberas de mi espacio:
el musgo inmemorial,
los nenúfares líquidos,
y voy dejando muescas entalladas
en las cortezas de los árboles
por si tengo la suerte
de volver por aquí…
Pregunto a los zorzales
qué esconden las montañas blancas
que asoman a lo lejos.
Pero no me responden, como mucho
dirigen su mirada hacia el arroyo
como diciendo: «déjate llevar».
Me giro cuando el viento, ¡esa corriente!,
cicatriza en mi cara con demasiada fuerza.
Pero no hay nadie, solo
algo que se me escapa…
Siento que ya son muchas las escamas
que quedaron dispersas por el lecho.
Ya no me queda nada
de aquella cuna de salmuera.
Solo recuerdos, ¡que no es poco!
Realmente solo quedan los recuerdos,
pero se quedan más allá que aquí…
Somos pura inmanencia del ahora,
de ese próximo paso a cada paso.
Y así pasa la vida, contra el tiempo,
contracorriente, atravesando el mundo,
a veces tan feliz
y otras veces no tanto.
Se va estrechando el cauce de mi río
y en los gigantes de caliza
retiemblan las cascadas del ocaso.
Las poderosas manos
empujan cada vez más fuerte. Avanzo
por las corrientes verticales
y siento cómo se desprenden
las últimas escamas que me cubren.
De pronto cesa la corriente,
las manos ya no empujan
y mi cuerpo se entrega
a una poza de calma.
Mi pecho está tranquilo y preparado.
De una vulva de roca
fluye la trenza verde de mi cielo.
Avanzo hacia la luz del manantial
que se pliega hacia adentro.
Y pienso en las auroras minerales
que ha dejado mi paso por el río.
Y ya en el pulso extinto de mi ser
escucho como cantan a la vida,
a lo lejos, allá en los arenales,
las almas puras de la infancia
que empiezan su camino
Kalkbadan
Madrid, 21 de mayo de 2022
Estreno el mundo con mi grito verde.
Lenguas de electrolito surcan
los arrozales de mi pecho
y humedecen los bornes
de mi espina dorsal.
Mi cuerpo se conforma entre vaivenes
tratando de encontrar su molde
en este espacio acuoso que gravita
entre un cielo monástico de cruces
y un lecho que respira minerales.
El pezón arenoso de mi delta
acaricia mis labios
y me da de comer.
Un elixir de leche maternal
protege con escamas
la piel sedosa y frágil de mi pleura.
No me gustan las normas porque sí.
Yo no soy un gregario del ganado.
Y aprendo a protegerme
de los granjeros y sus granjas,
de sus anzuelos y sus redes.
Y juego en las estelas de los barcos
y en las blandas costillas de los pecios.
¡Soy tan feliz en estos arenales!,
en estas dunas de relojes… ¿muertos?
Pero una noche de verano
el hachazo de un médano de luna
parte en dos el estuario
y una marea viva me arroja contra el río.
Y comprendo que ya llegó mi hora.
Me despido del caldo de la infancia.
Presiento que este adiós es para siempre,
que no hay retorno, que las cosas
son como son y son así.
Mi pecho está caliente y preparado.
Y de pronto dos manos poderosas
se posan en mi espalda y me hacen avanzar.
Unas manos constantes que me empujan
hacia la boca azul del río,
hacia el punto de fuga de lo que fue mi grito.
Y cruzo el delta y abandono
el arenal materno y siento la corriente
en la pureza de mis branquias vivas.
Alguien me empuja, el mundo me atraviesa.
Dos manos en mi espalda
pero no hay nadie, solo
algo que se me escapa.
Me encuentro con i griegas de otros cauces.
Decisiones, tornados de sucesos
desalan la niñez de mis escamas.
Por este mismo río que remonto
—o que estas manos hacen que remonte—
discurren muchos otros seres
algunos de los cuales
me prestan sus antorchas de luciérnagas
para alumbrar el valle y protegerme
cuando la noche es demasiada noche
para un pulso que pide amanecer.
Exploro las riberas de mi espacio:
el musgo inmemorial,
los nenúfares líquidos,
y voy dejando muescas entalladas
en las cortezas de los árboles
por si tengo la suerte
de volver por aquí…
Pregunto a los zorzales
qué esconden las montañas blancas
que asoman a lo lejos.
Pero no me responden, como mucho
dirigen su mirada hacia el arroyo
como diciendo: «déjate llevar».
Me giro cuando el viento, ¡esa corriente!,
cicatriza en mi cara con demasiada fuerza.
Pero no hay nadie, solo
algo que se me escapa…
Siento que ya son muchas las escamas
que quedaron dispersas por el lecho.
Ya no me queda nada
de aquella cuna de salmuera.
Solo recuerdos, ¡que no es poco!
Realmente solo quedan los recuerdos,
pero se quedan más allá que aquí…
Somos pura inmanencia del ahora,
de ese próximo paso a cada paso.
Y así pasa la vida, contra el tiempo,
contracorriente, atravesando el mundo,
a veces tan feliz
y otras veces no tanto.
Se va estrechando el cauce de mi río
y en los gigantes de caliza
retiemblan las cascadas del ocaso.
Las poderosas manos
empujan cada vez más fuerte. Avanzo
por las corrientes verticales
y siento cómo se desprenden
las últimas escamas que me cubren.
De pronto cesa la corriente,
las manos ya no empujan
y mi cuerpo se entrega
a una poza de calma.
Mi pecho está tranquilo y preparado.
De una vulva de roca
fluye la trenza verde de mi cielo.
Avanzo hacia la luz del manantial
que se pliega hacia adentro.
Y pienso en las auroras minerales
que ha dejado mi paso por el río.
Y ya en el pulso extinto de mi ser
escucho como cantan a la vida,
a lo lejos, allá en los arenales,
las almas puras de la infancia
que empiezan su camino
hacia la fuente.
Kalkbadan
Madrid, 21 de mayo de 2022
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