Ladime Volcán
Poeta que considera el portal su segunda casa
En mi casa había un inmenso árbol,
para el cual siempre era otoño;
y la habitaba una niña,
para quien siempre era primavera
Uno botaba las hojas
Y la otra botaba las medias
Pero cuando ella lo trepaba, se entendían,
aunque fueran otoño y primavera
En mi casa había un cristo crucificado,
encima de una gran mesa;
y también había una gran dama
que llevaba su cruz acuestas
Pero ellos se entendían,
aunque una, fuera de carne
Y el otro, fuera de cera
En mi casa había un perro,
que si hubiese sido más inteligente,
si hoy estuviese vivo, clonarlo, tal vez quisieran
Y a mi casa, la visitaba mi padre,
que de inteligente que era
Parecía una biblioteca ambulante,
y un libro de enciclopedia
Y ellos dos se entendían tanto
Que cuando uno se fue al cielo,
el otro aulló aquí en la tierra
En mi casa hubo tres hermanas:
piedra, papel y tijera
De niñas nunca jugaron
-la diferencia en años era seria-
de jóvenes, cuando crecieron,
creció con ellas la brecha
Y ahora que ya están viejas,
Pareciera que se detestan,
pero en el fondo de esas tres almas
ellas se aman y se respetan;
incapaces de adaptarse reclaman,
pero nunca se pasan de cuenta.
Hoy mi casa ya no existe
Pero yo aun recuerdo aquel árbol,
que cubría mis primaveras, de hojas secas
Y a aquel perro añorado, nunca lo alejo
pues siempre, sobre él hago referencias
Y aunque ahora tengo otra perra,
su puesto, en mi corazón se venera.
De aquel cristo crucificado
Diré que lo tiene mi madre, salvado con pega;
pero mi adorada dama plateada,
aun lleva su cruz acuestas
De aquel padre que me visitaba
De aquella delgada eminencia,
puedo decirles que nunca lo extraño,
porque siempre está presente de veras:
Lo pienso y el me acompaña.
Me salva me ayuda y me vela
Es como mi ángel de la guarda,
y yo sigo siendo su feliz niña bella
para el cual siempre era otoño;
y la habitaba una niña,
para quien siempre era primavera
Uno botaba las hojas
Y la otra botaba las medias
Pero cuando ella lo trepaba, se entendían,
aunque fueran otoño y primavera
En mi casa había un cristo crucificado,
encima de una gran mesa;
y también había una gran dama
que llevaba su cruz acuestas
Pero ellos se entendían,
aunque una, fuera de carne
Y el otro, fuera de cera
En mi casa había un perro,
que si hubiese sido más inteligente,
si hoy estuviese vivo, clonarlo, tal vez quisieran
Y a mi casa, la visitaba mi padre,
que de inteligente que era
Parecía una biblioteca ambulante,
y un libro de enciclopedia
Y ellos dos se entendían tanto
Que cuando uno se fue al cielo,
el otro aulló aquí en la tierra
En mi casa hubo tres hermanas:
piedra, papel y tijera
De niñas nunca jugaron
-la diferencia en años era seria-
de jóvenes, cuando crecieron,
creció con ellas la brecha
Y ahora que ya están viejas,
Pareciera que se detestan,
pero en el fondo de esas tres almas
ellas se aman y se respetan;
incapaces de adaptarse reclaman,
pero nunca se pasan de cuenta.
Hoy mi casa ya no existe
Pero yo aun recuerdo aquel árbol,
que cubría mis primaveras, de hojas secas
Y a aquel perro añorado, nunca lo alejo
pues siempre, sobre él hago referencias
Y aunque ahora tengo otra perra,
su puesto, en mi corazón se venera.
De aquel cristo crucificado
Diré que lo tiene mi madre, salvado con pega;
pero mi adorada dama plateada,
aun lleva su cruz acuestas
De aquel padre que me visitaba
De aquella delgada eminencia,
puedo decirles que nunca lo extraño,
porque siempre está presente de veras:
Lo pienso y el me acompaña.
Me salva me ayuda y me vela
Es como mi ángel de la guarda,
y yo sigo siendo su feliz niña bella
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