Sofia Luz Castagno
Poeta adicto al portal
Le apodamos "japones"
aunque no se parecía,
con ojos grandes veía,
ya no sabemos porqué.
Con plumaje de papel,
y con espuelas gigantes,
habìa perdido una antes
acaso por su vejez.
Sus plumas no eran plumas
eran pelos de verdad,
de tanta suavidad,
y del color de la luna.
Tenía crestas moradas
y el pico un poco corto,
quedábamos absortos
al oir sus cantadas.
Siempre en la madrugada
despertaba al gallinero
y por cualquier agujero
a escapar se esforzaba.
¡Oh! inocente japonés,
cantor de los cantores,
hoy yaces entre flores
-por no portarte bien-
Hoy vemos tu tumba
húmeda todavía,
se te escapò la vida
y la culpa no tenías.
Los demás son culpables,
tu ni siquiera lo eras,
dejaron la puerta abierta
y comieron los vegetales.
Tu no eras el culpable,
pero cayaste a su tiempo,
hoy eres gallo muerto
por no aprender el lenguaje.
Tu no eras el culpable
y moriste por no serlo,
y moriste como un perro,
uno de mal incurable...
Qué muerte desagradable,
qué final tan callado,
el morir estrangulado
en las manos de mi madre...!
Nota: estos versos los hice a los l4 años cuando mi madre estrangulo a mi mascota, un gallito japonés, porque en su quinta le comiò las plantitas de lechuga.
aunque no se parecía,
con ojos grandes veía,
ya no sabemos porqué.
Con plumaje de papel,
y con espuelas gigantes,
habìa perdido una antes
acaso por su vejez.
Sus plumas no eran plumas
eran pelos de verdad,
de tanta suavidad,
y del color de la luna.
Tenía crestas moradas
y el pico un poco corto,
quedábamos absortos
al oir sus cantadas.
Siempre en la madrugada
despertaba al gallinero
y por cualquier agujero
a escapar se esforzaba.
¡Oh! inocente japonés,
cantor de los cantores,
hoy yaces entre flores
-por no portarte bien-
Hoy vemos tu tumba
húmeda todavía,
se te escapò la vida
y la culpa no tenías.
Los demás son culpables,
tu ni siquiera lo eras,
dejaron la puerta abierta
y comieron los vegetales.
Tu no eras el culpable,
pero cayaste a su tiempo,
hoy eres gallo muerto
por no aprender el lenguaje.
Tu no eras el culpable
y moriste por no serlo,
y moriste como un perro,
uno de mal incurable...
Qué muerte desagradable,
qué final tan callado,
el morir estrangulado
en las manos de mi madre...!
Nota: estos versos los hice a los l4 años cuando mi madre estrangulo a mi mascota, un gallito japonés, porque en su quinta le comiò las plantitas de lechuga.
::
::
:: ), buenisimo, saludos.