Buenos Aires, 2 de junio de 2021
Querido amigo,
hoy el otoño en mi ciudad obsequia una tarde tibia, con ese viento suave, tan típico de los días angelados de la estación que tanto me gusta.
También, y al igual que los momentos de ocres, me agradó recibir tu carta.
Me sorprende que me hables de culpas, cuando lo único que te podría “reprochar”, y por eso las comillas, es que vivas tan lejos de mi patria.
Sé que mi país está demasiado lejos de todos lados, o al menos de las geografías que me importan, y es lo único verdaderamente limitante.
Sin embargo, esos kilómetros que separan mi otoño de tu primavera, son solo eso, kilómetros que no pueden impedir todos los encuentros maravillosos que describe tu epístola.
La poesía, las palabras de cariño, destruyen toda idea de distancia y permiten crear universos en los cuales la presencia física no se vuelva imprescindible. Se puede crear todo aquello en lo que se cree, y vivirlo, aunque sea en los confines de la imaginación.
Quienes amamos escribir, sabemos de mundos mejores hacia los cuales dirigirnos cuando eso que la sociedad llama realidad, se nos convierte en un lugar demasiado hostil.
Tus palabras siempre serán aire fresco, cariño, emoción y nunca tendría necesidad de recordarte, porque siempre estás y estarás presente.
Esta amiga de tierras lejanas y cercanía espiritual agradece que habites en su vida.
Te envío un abrazo de hojas doradas hasta tu ventana de luz.
Tuya,
Cecy.
Hasta aquí el ejercicio poético de mi respuesta, Luis.
Me emocionó mucho tu carta-comentario. Creo que desde que leí Papaíto Piernas Largas, me enamoré de las novelas epistolares y por un tiempo en un portal que ya no existe, cultivé este género hermoso.
Gracias por esta bella ficción, espero que mi contestación esté a la altura de tu valioso gesto.
Abrazos y nuevamente gracias de alma a alma.