Estas manos que te desnudan los sueños
porque no saben vestirse sin tu piel,
que trabajan los esquejes del instinto,
que te rozan y acarician el envés.
Esta boca que labora por tus labios
por libar la comisura de tu edén,
que te siembra con los besos que retuvo
y tus ósculos espera que le des.
Estos huesos que soportan sus cimientos,
que edifican sobre envistes por doquier,
estos huesos compartidos, tuyos nuestros,
me recuerdan el futuro con su ayer.
Y este pobre y agraciado por los años,
este rico en inversiones del querer,
de querer desde el arroyo de tus venas
a la cima de la torre donde estés,
este frágil ladronzuelo desguantado
te acompaña cuando puede y quiere ser
esa sombra que te habita las sonrisas
y ese sol de media tarde en tu vergel.