Roman Vieira
El cuervo rojo que te observa en silencio.
Esther.
(Dedicado falso)
Recuerdo bien las horas entre las manos
y las sonrisas que volaban entre labios,
el tiempo entero e infinito,
las palabras perdidas en el campo.
Quisiera, Esther, si fuese posible,
que florecieran de nuevo los rosales,
que tus ojos se posaran en los míos.
He bajado la cabeza y he mirado al piso;
Una estrella rota, quizá y solo herida.
Una luciérnaga más y solo eso.
Hubo un día, Esther,
en que yo lo hubiese dado todo,
pero sin vos no tengo nada,
ni un céntimo, un maldito oro.
Quisiera abrir la puerta y encontrarte,
tomar tu talle y hacerte mía,
girar como hubimos hecho antes,
amarte como no lo hube hecho nunca.
Sucede entonces que cae del cielo
y recorre salvajemente mi mejilla,
sin tregua ni sosiego,
la más fina y frágil platería.
Pienso ahora que me hube marchitado,
que vos creciste con el viento y me olvidaste,
que hubo una vez quizás mi hada madrina,
que vos… La vida entera me arrancaste.
(…
Recuerdo bien las horas entre las manos
y las sonrisas que volaban entre labios,
el tiempo entero e infinito,
las palabras perdidas de algún un niño…
Y a vos, Esther,
mi eterno amor imaginario.
-Dedicado Falso-
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