Flor y yo

Luis Á. Ruiz Peradejordi

Poeta que considera el portal su segunda casa
Poco después de haber amanecido, tras un desayuno de sopas de ajo y huevos fritos, he salido de casa y mis pasos me llevaron por el camino del molino de abajo. Al llegar a la bifurcación donde sale el sendero que conduce al pago de los Barriales, he seguido por él, pues mi intención es llegar hasta el Monte Carrio, una pequeña elevación en medio de la meseta, dando un paseo.
Me acompaña Flor, una galga negra, delgada, no muy joven, a quien los años han ido tranquilizando y que corretea a mi alrededor, como si descubriese tierras desconocidas. Siempre se hace más ameno el camino si se va en compañía y, la de Flor, es entretenida, simpática, curiosa y callada. Ventea con la cabeza levantada, ¡quién sabe qué aires! y husmea los rincones, subiendo y bajando por las cárcavas que bordean el sendero.
Cuando llegamos al monte, nos reciben las encinas que lo coronan y los matorrales que crecen entre ellas. Pasamos al lado del bardo grande. Las bocas de las madrigueras se abren en abanico; cuento, al menos, catorce. Los conejos que allí se crían, no se dejan ver y su rastro no llama la atención de Flor. Sin embargo, las tierras que bordean el monte pagan el tributo a la voracidad de estos roedores que dejan pelados los surcos más próximos a la lindera.
La galga y yo llegamos a la zona más alta del monte; no tenemos que caminar mucho, pues es un monte bajo que presenta una peña pelada, como un promontorio, que queda sobreelevada.
Desde allí se contempla el pueblo, el río, el soto, la charca de los lavancos, la fuente de la Cruz, las tierras de secano y el cordel de las merinas.
En la primavera y en el otoño, los rebaños trashumantes recorren sus pasos, para ir a los pastos altos primero y para volver a las majadas de invierno después.
Flor se inquieta, recorre unos pasos y, de pronto, una liebre salta casi desde sus patas. Un instante de duda y una carrera. Monte abajo la liebre salta, corre, casi se diría que vuela. Hay momentos en los que no toca el suelo, sus patas traseras adelantan a las largas orejas en un esfuerzo increíble por correr. La galga, la persigue con afán, ciñéndose a los quiebros de la liebre, recuperando distancias hasta el próximo giro increíble que vuelve a rezagarla. El ancho cordel permite una carrera larga, impresionante e impredecible. La presencia de una reguera, cubierta de espesa vegetación, permite el refugio de la liebre, ante el desencanto de la perra que ha perdido la presa.
La llamo y acude a mi lado cabizbaja y triste. Acaricio su cabeza y el lomo mientras le digo que no pasa nada, que la liebre luchaba por su vida y que ella había hecho una carrera muy bonita. Parece que me comprede. De nuevo menea el rabo con alegría y vuelve a ser la galga juguetona.
Con su nueva alegría, nos volvemos tranquilamente para casa.
 
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Poco después de haber amanecido, tras un desayuno de sopas de ajo y huevos fritos, he salido de casa y mis pasos me llevaron por el camino del molino de abajo. Al llegar a la bifurcación donde sale el sendero que conduce al pago de los Barriales, he seguido por él, pues mi intención es llegar hasta el Monte Carrio, una pequeña elevación en medio de la meseta, dando un paseo.
Me acompaña Flor, una galga negra, delgada, no muy joven, a quien los años han ido tranquilizando y que corretea a mi alrededor, como si descubriese tierras desconocidas. Siempre se hace más ameno el camino si se va en compañía y, la de Flor, es entretenida, simpática, curiosa y callada. Ventea con la cabeza levantada, ¡quién sabe qué aires! y husmea los rincones, subiendo y bajando por las cárcavas que bordean el sendero.
Cuando llegamos al monte, nos reciben las encinas que lo coronan y los matorrales que crecen entre ellas. Pasamos al lado del bardo grande. Las bocas de las madrigueras se abren en abanico; cuento, al menos, catorce. Los conejos que allí se crían, no se dejan ver y su rastro no llama la atención de Flor. Sin embargo, las tierras que bordean el monte pagan el tributo a la voracidad de estos roedores que dejan pelados los surcos más próximos a la lindera.
La galga y yo llegamos a la zona más alta del monte; no tenemos que caminar mucho, pues es un monte bajo que presenta una peña pelada, como un promontorio, que queda sobreelevada.
Desde allí se contempla el pueblo, el río, el soto, la charca de los lavancos, la fuente de la Cruz, las tierras de secano y el cordel de las merinas.
En la primavera y en el otoño, los rebaños trashumantes recorren sus pasos, para ir a los pastos altos primero y para volver a las majadas de invierno después.
Flor se inquieta, recorre unos pasos y, de pronto, una liebre salta casi desde sus patas. Un instante de duda y una carrera. Monte abajo la liebre salta, corre, casi se diría que vuela. Hay momentos en los que no toca el suelo, sus patas traseras adelantan a las largas orejas en un esfuerzo increíble por correr. La galga, la persigue con afán, ciñéndose a los quiebros de la liebre, recuperando distancias hasta el próximo giro increíble que vuelve a rezagarla. El ancho cordel permite una carrera larga, impresionante e impredecible. La presencia de una reguera, cubierta de espesa vegetación, permite el refugio de la liebre, ante el desencanto de la perra que ha perdido la presa.
La llamo y acude a mi lado cabizbaja y triste. Acaricio su cabeza y el lomo mientras le digo que no pasa nada, que la liebre luchaba por su vida y que ella había hecho una carrera muy bonita. Parece que me comprede. De nuevo menea el rabo con alegría y vuelve a ser la galga juguetona.
Con su nueva alegría, nos volvemos tranquilamente para casa.
En verdad dan ganas de estar en esa hermosa geografía.
Las descripciones son tan pulcras, tan detalladas, que se puede caminar por esas bellas tierras de la mano de la imaginación.
Un animal noble y compañero es sin dudas un miembro de la familia. Me acordé con ternura a partir de Flor de todas mis mascotas amadas a través de los años y esa capacidad de entender que tienen aunque no puedan expresarse mediante las palabras. Son seres de amor en estado puro.
Este tema en particular y hablando en general de tus obras, al ir ejercitando lectura y pensamiento, nos llevamos momentos de abstracción, de agradable remanso.
Leer y comprender el mensaje sin dificultad, llenarnos de nostalgia dulce, encontrar un espacio de recreo mental es lo que tu pluma nos permite y eso es para agradecer.
Cuando vengo a tus escritos me acuerdo de los días felices de este lugar y no son una ilusión, amigo, esos días vuelven con tu presencia.

Un gran abrazo con admiración.
 
En verdad dan ganas de estar en esa hermosa geografía.
Las descripciones son tan pulcras, tan detalladas, que se puede caminar por esas bellas tierras de la mano de la imaginación.
Un animal noble y compañero es sin dudas un miembro de la familia. Me acordé con ternura a partir de Flor de todas mis mascotas amadas a través de los años y esa capacidad de entender que tienen aunque no puedan expresarse mediante las palabras. Son seres de amor en estado puro.
Este tema en particular y hablando en general de tus obras, al ir ejercitando lectura y pensamiento, nos llevamos momentos de abstracción, de agradable remanso.
Leer y comprender el mensaje sin dificultad, llenarnos de nostalgia dulce, encontrar un espacio de recreo mental es lo que tu pluma nos permite y eso es para agradecer.
Cuando vengo a tus escritos me acuerdo de los días felices de este lugar y no son una ilusión, amigo, esos días vuelven con tu presencia.

Un gran abrazo con admiración.
Merece la pena escribir más a menudo si ello hace que por unos instantes te sientas a gusto.
Mis historias se entretejen de recuerdos, de vivencias pasadas, que vistas desde este tiempo, me parecen llenas de instantes de tranquilidad y de belleza. Quiero compartirlas, pues quiero que quien las lea sepa que el mundo fue así y que, incluso ahora mismo, hay lugares donde se respira esa paz. Son momentos que no compra el dinero, sino que salen con nosotros a dar una vuelta por el mundo y lo único que nos piden es que vayamos con calma, despacio y mirando todo aquello que nos rodea.
Agradezco infinito tu visita, el cariño de tus palabras y la paciencia con la que acudes cada vez a mis letras. Sabes que admiro tu forma de escribir y tu presencia me reconforta.
Un fuerte abrazo.
 
Poco después de haber amanecido, tras un desayuno de sopas de ajo y huevos fritos, he salido de casa y mis pasos me llevaron por el camino del molino de abajo. Al llegar a la bifurcación donde sale el sendero que conduce al pago de los Barriales, he seguido por él, pues mi intención es llegar hasta el Monte Carrio, una pequeña elevación en medio de la meseta, dando un paseo.
Me acompaña Flor, una galga negra, delgada, no muy joven, a quien los años han ido tranquilizando y que corretea a mi alrededor, como si descubriese tierras desconocidas. Siempre se hace más ameno el camino si se va en compañía y, la de Flor, es entretenida, simpática, curiosa y callada. Ventea con la cabeza levantada, ¡quién sabe qué aires! y husmea los rincones, subiendo y bajando por las cárcavas que bordean el sendero.
Cuando llegamos al monte, nos reciben las encinas que lo coronan y los matorrales que crecen entre ellas. Pasamos al lado del bardo grande. Las bocas de las madrigueras se abren en abanico; cuento, al menos, catorce. Los conejos que allí se crían, no se dejan ver y su rastro no llama la atención de Flor. Sin embargo, las tierras que bordean el monte pagan el tributo a la voracidad de estos roedores que dejan pelados los surcos más próximos a la lindera.
La galga y yo llegamos a la zona más alta del monte; no tenemos que caminar mucho, pues es un monte bajo que presenta una peña pelada, como un promontorio, que queda sobreelevada.
Desde allí se contempla el pueblo, el río, el soto, la charca de los lavancos, la fuente de la Cruz, las tierras de secano y el cordel de las merinas.
En la primavera y en el otoño, los rebaños trashumantes recorren sus pasos, para ir a los pastos altos primero y para volver a las majadas de invierno después.
Flor se inquieta, recorre unos pasos y, de pronto, una liebre salta casi desde sus patas. Un instante de duda y una carrera. Monte abajo la liebre salta, corre, casi se diría que vuela. Hay momentos en los que no toca el suelo, sus patas traseras adelantan a las largas orejas en un esfuerzo increíble por correr. La galga, la persigue con afán, ciñéndose a los quiebros de la liebre, recuperando distancias hasta el próximo giro increíble que vuelve a rezagarla. El ancho cordel permite una carrera larga, impresionante e impredecible. La presencia de una reguera, cubierta de espesa vegetación, permite el refugio de la liebre, ante el desencanto de la perra que ha perdido la presa.
La llamo y acude a mi lado cabizbaja y triste. Acaricio su cabeza y el lomo mientras le digo que no pasa nada, que la liebre luchaba por su vida y que ella había hecho una carrera muy bonita. Parece que me comprede. De nuevo menea el rabo con alegría y vuelve a ser la galga juguetona.
Con su nueva alegría, nos volvemos tranquilamente para casa.
Un paseo matutino inolvidable.
Bella naturaleza.
Siempre es un honor visitarlo.

Le envío un saludo desde mi humilde Habana
 
Un paseo matutino inolvidable.
Bella naturaleza.
Siempre es un honor visitarlo.

Le envío un saludo desde mi humilde Habana
A veces dejamos que la memoria aflore y nos traiga al presente momentos que fueron intensos y hermosos. A medida que pasan los años, a mí me ocurre con más frecuencia. Cosas de viejo. Gracias por tus palabras Alde. Un cordial abrazo.
 
Poco después de haber amanecido, tras un desayuno de sopas de ajo y huevos fritos, he salido de casa y mis pasos me llevaron por el camino del molino de abajo. Al llegar a la bifurcación donde sale el sendero que conduce al pago de los Barriales, he seguido por él, pues mi intención es llegar hasta el Monte Carrio, una pequeña elevación en medio de la meseta, dando un paseo.
Me acompaña Flor, una galga negra, delgada, no muy joven, a quien los años han ido tranquilizando y que corretea a mi alrededor, como si descubriese tierras desconocidas. Siempre se hace más ameno el camino si se va en compañía y, la de Flor, es entretenida, simpática, curiosa y callada. Ventea con la cabeza levantada, ¡quién sabe qué aires! y husmea los rincones, subiendo y bajando por las cárcavas que bordean el sendero.
Cuando llegamos al monte, nos reciben las encinas que lo coronan y los matorrales que crecen entre ellas. Pasamos al lado del bardo grande. Las bocas de las madrigueras se abren en abanico; cuento, al menos, catorce. Los conejos que allí se crían, no se dejan ver y su rastro no llama la atención de Flor. Sin embargo, las tierras que bordean el monte pagan el tributo a la voracidad de estos roedores que dejan pelados los surcos más próximos a la lindera.
La galga y yo llegamos a la zona más alta del monte; no tenemos que caminar mucho, pues es un monte bajo que presenta una peña pelada, como un promontorio, que queda sobreelevada.
Desde allí se contempla el pueblo, el río, el soto, la charca de los lavancos, la fuente de la Cruz, las tierras de secano y el cordel de las merinas.
En la primavera y en el otoño, los rebaños trashumantes recorren sus pasos, para ir a los pastos altos primero y para volver a las majadas de invierno después.
Flor se inquieta, recorre unos pasos y, de pronto, una liebre salta casi desde sus patas. Un instante de duda y una carrera. Monte abajo la liebre salta, corre, casi se diría que vuela. Hay momentos en los que no toca el suelo, sus patas traseras adelantan a las largas orejas en un esfuerzo increíble por correr. La galga, la persigue con afán, ciñéndose a los quiebros de la liebre, recuperando distancias hasta el próximo giro increíble que vuelve a rezagarla. El ancho cordel permite una carrera larga, impresionante e impredecible. La presencia de una reguera, cubierta de espesa vegetación, permite el refugio de la liebre, ante el desencanto de la perra que ha perdido la presa.
La llamo y acude a mi lado cabizbaja y triste. Acaricio su cabeza y el lomo mientras le digo que no pasa nada, que la liebre luchaba por su vida y que ella había hecho una carrera muy bonita. Parece que me comprede. De nuevo menea el rabo con alegría y vuelve a ser la galga juguetona.
Con su nueva alegría, nos volvemos tranquilamente para casa.
Hace años, mi pareja y yo, recogimos una podenca de un lugar horrible,
allí lo que menos recibía era comida y cariño. Estaba en los huesos
y tocarla era una aventura, pero en un par de semanas, después de morder

y romper mi mejor suéter, la libreta de ahorros y alguna cosa más;)
por primera vez se dejó acariciar.
La pusimos de nombre Mapi y el apellido pudo haber sido viento, jajaja,
los cazadores al verla siempre decían lo mismo ¡ Qué viento tiene !
por lo visto la veían muy buena para la caza, en realidad era una abandonada más
de las rehalas, se acaba la caza y muchos se deshacen de los perros, en fin...
Al salir al campo siempre sacaba algo, un conejo, una perdiz, zorzales...
Tu Flor me la ha recordado. Qué bien nos dibujas la naturaleza
y ese amor incondicional de nuestros amigos de cuatro patas, Luis,
qué maravilla.Gracias...Un abrazo grande.
 
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Hace años, mi pareja y yo, recogimos una podenca de un lugar horrible,
allí lo que menos recibía era comida y cariño. Estaba en los huesos
y tocarla era una aventura, pero en un par de semanas, después de morder

y romper mi mejor suéter, la libreta de ahorros y alguna cosa más;)
por primera vez se dejó acariciar.
La pusimos de nombre Mapi y el apellido pudo haber sido viento, jajaja,
los cazadores al verla siempre decían lo mismo ¡ Qué viento tiene !
por lo visto la veían muy buena para la caza, en realidad era una abandonada más
de las rehalas, se acaba la caza y muchos se deshacen de los perros, en fin...
Al salir al campo siempre sacaba algo, un conejo, una perdiz, zorzales...
Tu Flor me la ha recordado. Qué bien nos dibujas la naturaleza
y ese amor incondicional de nuestros amigos de cuatro patas, Luis,
qué maravilla.Gracias...Un abrazo grande.
Gracias Rosario por tu presencia y por tu historia. Los perros son seres muy especiales y cuando te ganas su cariño, te lo darán de forma incondicional.
De vez en cuando hay que hacerlos protagonistas y cuando recordé este día, pensé que era un buen momento para escribir. Siempre me gustó salir al campo y vivir la naturaleza, observar todo lo que nos ofrece y procurar disfrutarlo. Por eso lo cuento, para que si a algún compañero le gusta, lo disfrute él también. Agradezco mucho tus palabras y tu visita. Un fuerte abrazo.
 
Poco después de haber amanecido, tras un desayuno de sopas de ajo y huevos fritos, he salido de casa y mis pasos me llevaron por el camino del molino de abajo. Al llegar a la bifurcación donde sale el sendero que conduce al pago de los Barriales, he seguido por él, pues mi intención es llegar hasta el Monte Carrio, una pequeña elevación en medio de la meseta, dando un paseo.
Me acompaña Flor, una galga negra, delgada, no muy joven, a quien los años han ido tranquilizando y que corretea a mi alrededor, como si descubriese tierras desconocidas. Siempre se hace más ameno el camino si se va en compañía y, la de Flor, es entretenida, simpática, curiosa y callada. Ventea con la cabeza levantada, ¡quién sabe qué aires! y husmea los rincones, subiendo y bajando por las cárcavas que bordean el sendero.
Cuando llegamos al monte, nos reciben las encinas que lo coronan y los matorrales que crecen entre ellas. Pasamos al lado del bardo grande. Las bocas de las madrigueras se abren en abanico; cuento, al menos, catorce. Los conejos que allí se crían, no se dejan ver y su rastro no llama la atención de Flor. Sin embargo, las tierras que bordean el monte pagan el tributo a la voracidad de estos roedores que dejan pelados los surcos más próximos a la lindera.
La galga y yo llegamos a la zona más alta del monte; no tenemos que caminar mucho, pues es un monte bajo que presenta una peña pelada, como un promontorio, que queda sobreelevada.
Desde allí se contempla el pueblo, el río, el soto, la charca de los lavancos, la fuente de la Cruz, las tierras de secano y el cordel de las merinas.
En la primavera y en el otoño, los rebaños trashumantes recorren sus pasos, para ir a los pastos altos primero y para volver a las majadas de invierno después.
Flor se inquieta, recorre unos pasos y, de pronto, una liebre salta casi desde sus patas. Un instante de duda y una carrera. Monte abajo la liebre salta, corre, casi se diría que vuela. Hay momentos en los que no toca el suelo, sus patas traseras adelantan a las largas orejas en un esfuerzo increíble por correr. La galga, la persigue con afán, ciñéndose a los quiebros de la liebre, recuperando distancias hasta el próximo giro increíble que vuelve a rezagarla. El ancho cordel permite una carrera larga, impresionante e impredecible. La presencia de una reguera, cubierta de espesa vegetación, permite el refugio de la liebre, ante el desencanto de la perra que ha perdido la presa.
La llamo y acude a mi lado cabizbaja y triste. Acaricio su cabeza y el lomo mientras le digo que no pasa nada, que la liebre luchaba por su vida y que ella había hecho una carrera muy bonita. Parece que me comprede. De nuevo menea el rabo con alegría y vuelve a ser la galga juguetona.
Con su nueva alegría, nos volvemos tranquilamente para casa.
Siempre es grata la compañia de los animales y de la naturaleza en general, que se traen muchas ocurrencias. Me ha llamado esta prosa, pues conecto fácil a tener, en mi natal norte mexicano, un que otro espacio para explorar el exterior y ver a sus animales, que han inspirado mis reflexiones y deseo de escribir. Esta forma de arte también se acerca mucho a lo William Wordsworth. Es una prosa de bella asimilación de las vivencias más cotidianas.

Saludos.
 
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Siempre es grata la compañia de los animales y de la naturaleza en general, que se traen muchas ocurrencias. Me ha llamado esta prosa, pues conecto fácil a tener, en mi natal norte mexicano, un que otro espacio para explorar el exterior y ver a sus animales, que han inspirado mis reflexiones y deseo de escribir. Esta forma de arte también se acerca mucho a lo William Wordsworth. Es una prosa de bella asimilación de las vivencias más cotidianas.

Saludos.
Muchas gracias por la visita y por el agradable comentario. Los animales, nos acompañan en este mundo y como compañeros de viaje comparten muchas experiencias con nosotros. A mí me parece que la prosa es el vehículo más adecuado para contarlas. Un cordial saludo desde León (España)
 
Tus historia es un encantador paseo por el que nos llevas a todos los que te leemos. Cada parte, cada rincón de ese itinerario casi es palpable con tu excelente descripción querido Luis. Y la protagonista principal de esta historia, Flor colma al lector de ternura provocando grandes sonrisas. Todo lo que escribes querido Luis son mimos al alma, transmites mucha paz y gozo. Nos muestras como una caminata espontánea , por un lugar cualquiera, si sabe ver puede ser un paseo mágico.
Muchas gracias por compartirnos estas historias que hacen tanto bien.
Un gran abrazo con la admiración de siempre.
 
Tus historia es un encantador paseo por el que nos llevas a todos los que te leemos. Cada parte, cada rincón de ese itinerario casi es palpable con tu excelente descripción querido Luis. Y la protagonista principal de esta historia, Flor colma al lector de ternura provocando grandes sonrisas. Todo lo que escribes querido Luis son mimos al alma, transmites mucha paz y gozo. Nos muestras como una caminata espontánea , por un lugar cualquiera, si sabe ver puede ser un paseo mágico.
Muchas gracias por compartirnos estas historias que hacen tanto bien.
Un gran abrazo con la admiración de siempre.
Recorrer el mundo que nos rodea, con los ojos buen abiertos, convierten lo más cotidiano en una grata aventura. Un paseo con un perro tiene un lado mágico a poco que conozcas al perro y disfrutes con él de lo que hace. Yo lo único que hago es contarlo después con mis parcas palabras, procurando que lleguen a todo aquel que se acerque a leerlas. Muchas gracias, Laly, siempre es muy agradable encontrar tu comentario y disfrutar de tu presencia. Un fuerte abrazo.
 

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