Carmen Vicente Gaspar
Poeta recién llegado
El dolor del mundo
tiene la paciencia de la lluvia.
Cae.
Sobre los nombres,
sobre las fronteras,
sobre las viejas palabras
que un día prometieron salvarnos.
Cae sobre Járkov,
donde la nieve aprende el idioma de las sirenas.
Sobre Gaza,
donde el polvo cubre los juguetes
antes de que llegue la noche.
Sobre las rutas del miedo,
donde el narcoterrorismo siembra cruces
en caminos que antes llevaban al mercado.
Sobre los palacios de cristal,
donde la corrupción cambia de traje
y sonríe ante las cámaras.
En las plazas del poder
arden fuegos sin luz.
Y los hombres,
tan expertos en conquistar horizontes,
siguen perdiéndose
en el laberinto de sí mismos.
A veces pienso
que la esperanza es apenas eso:
una ventana encendida
en una ciudad bombardeada.
Una madre que comparte pan
entre los escombros.
Un periodista que escribe un nombre
para que el olvido no venza.
Una canción que resiste
cuando ya nadie escucha.
Los dioses se marcharon hace tiempo.
Quedó el vértigo.
Y esta libertad desnuda,
demasiado humana,
que tiembla entre el miedo
y el deseo de permanecer.
Mientras tanto,
el mundo gira.
Herido.
Hermoso.
Incomprensible.
Como una pregunta
que ninguna filosofía termina de responder
y ninguna canción consigue callar.
Y, sin embargo,
todavía hay una luz.
No en el cielo.
Ni en las banderas.
Ni en las certezas.
Sino en esa frágil costumbre
de seguir amando la vida
a pesar de conocerla.
Es la ventana encendida.
tiene la paciencia de la lluvia.
Cae.
Sobre los nombres,
sobre las fronteras,
sobre las viejas palabras
que un día prometieron salvarnos.
Cae sobre Járkov,
donde la nieve aprende el idioma de las sirenas.
Sobre Gaza,
donde el polvo cubre los juguetes
antes de que llegue la noche.
Sobre las rutas del miedo,
donde el narcoterrorismo siembra cruces
en caminos que antes llevaban al mercado.
Sobre los palacios de cristal,
donde la corrupción cambia de traje
y sonríe ante las cámaras.
En las plazas del poder
arden fuegos sin luz.
Y los hombres,
tan expertos en conquistar horizontes,
siguen perdiéndose
en el laberinto de sí mismos.
A veces pienso
que la esperanza es apenas eso:
una ventana encendida
en una ciudad bombardeada.
Una madre que comparte pan
entre los escombros.
Un periodista que escribe un nombre
para que el olvido no venza.
Una canción que resiste
cuando ya nadie escucha.
Los dioses se marcharon hace tiempo.
Quedó el vértigo.
Y esta libertad desnuda,
demasiado humana,
que tiembla entre el miedo
y el deseo de permanecer.
Mientras tanto,
el mundo gira.
Herido.
Hermoso.
Incomprensible.
Como una pregunta
que ninguna filosofía termina de responder
y ninguna canción consigue callar.
Y, sin embargo,
todavía hay una luz.
No en el cielo.
Ni en las banderas.
Ni en las certezas.
Sino en esa frágil costumbre
de seguir amando la vida
a pesar de conocerla.
Es la ventana encendida.