Giovanni Pietri
Director Grafismo e Ilustración Eco y Latido
Gárgola,
tú que has visto pasar
por siglos a la gente
bajo el peristilo de este frío
monumental adoratorio
de cristianos,
tú que has visto la sangre coagulada
en el cadalso que solían levantar
al pie de las grandes puertas,
tú que has visto las cruces recamadas
en zafiros y diamantes en las sucias manos
de los pederastas encasullados,
allá abajo, derramando bendiciones,
recogiendo óbolos con inhumana codicia,
sedientos de confesiones
de la feligresía estúpidamente ovejil,
para satisfacer su febril lujuria.
Gárgola,
tú que has soportado
los embates del tiempo,
la mordiente ferocidad del viento
y la monótona parsimonia
de chubascos y diluvios,
el mortal silencio,
el abandono definitivo…
Enséñame cómo
esconde uno en el corazón de piedra
toda la feroz montaña del sentimiento
que la venganza exige sobre la afrenta
de los siglos
de muerte y ultraje
de hombres y mujeres
atados en la ignorancia
de la fe, en sus dioses de yeso,
y en los ministrantes
de cuervo y cardenal,
devoradores de la inocencia
de aquella doncella impoluta
que me tocó amar en silencio.
tú que has visto pasar
por siglos a la gente
bajo el peristilo de este frío
monumental adoratorio
de cristianos,
tú que has visto la sangre coagulada
en el cadalso que solían levantar
al pie de las grandes puertas,
tú que has visto las cruces recamadas
en zafiros y diamantes en las sucias manos
de los pederastas encasullados,
allá abajo, derramando bendiciones,
recogiendo óbolos con inhumana codicia,
sedientos de confesiones
de la feligresía estúpidamente ovejil,
para satisfacer su febril lujuria.
Gárgola,
tú que has soportado
los embates del tiempo,
la mordiente ferocidad del viento
y la monótona parsimonia
de chubascos y diluvios,
el mortal silencio,
el abandono definitivo…
Enséñame cómo
esconde uno en el corazón de piedra
toda la feroz montaña del sentimiento
que la venganza exige sobre la afrenta
de los siglos
de muerte y ultraje
de hombres y mujeres
atados en la ignorancia
de la fe, en sus dioses de yeso,
y en los ministrantes
de cuervo y cardenal,
devoradores de la inocencia
de aquella doncella impoluta
que me tocó amar en silencio.