No se trata de un amor efímero.
Tiene raíces casi tan antiguas como yo. No recuerdo cómo se sentía vivir sin amarla; nunca he podido dejar de hacerlo.
Hoy se cumplen treinta años de la última vez que hablamos. Treinta. Una vida entera. Nunca le dije lo que sentía, y ella simplemente se alejó sin decir por qué. Aún la extraño. Es ridículo, irracional y agotador... pero no puedo evitarlo. A veces me despierto en la madrugada, completamente sola, y pienso en ella. La imagino sentada al borde del colchón, preguntándome: "¿por qué me dejaste ir?"
Era mi mejor amiga. Nos conocimos en la escuela. Nadie daba un centavo por nuestra amistad. Éramos norte y sur, hielo y fuego, luz y oscuridad, polos completamente opuestos. Las dos caras de una moneda. Los extremos de una noria que nunca paraba de girar.
Quizás todo comenzó por culpa de esa necesidad mía, desesperante y absurda, de arreglarlo todo. Quizás por eso me acerqué cuando la vi llorando, por eso le ofrecí aquella dona, junto al portón de la escuela. Aprendí con el tiempo que nunca la aceptaría, como tampoco lo hizo conmigo, ni consigo misma, ni con lo que sea que sentíamos la una por la otra.
Nos mantuvimos cerca durante años, bailando una alrededor de la otra, en perfecta sincronía, en un tango desesperado. Descubrí que estaba completamente rota, y aprendí a entender sus silencios, sus risas contenidas, su miedo, su dolor. Me mantuve a su lado, constantemente esperando que, poco a poco, me dejara entrar. Y lo hizo, a su manera.Nos lo contábamos todo, y eso era más que suficiente para mí. Siempre fui capaz de conformarme con ser amigas.
Pero estábamos borrachas.
Fue simplemente un beso. Ambas lo deseábamos. Se veía en el hambre en sus ojos, en el temblor en mis manos, en la desesperación, en el ardor. Fue, simplemente, lo mejor que me ha pasado en la vida. Sentí la suavidad con la que tanto había soñado. Sentí calma. Sentí amor. Para mi, nunca podría ser un error. Para ella fue, definitivamente, una herejía.
A la mañana siguiente, me dijo que lo que habíamos hecho era sucio, que estaba mal, que no lo deseaba. Y mentía. Dios, si existe, sabe que mentía.
No se alejó inmediatamente. Comenzó con una incomodidad inherente. Donde antes se habría permitido relajarse, ahora simplemente se tensaba más. Ya no había toques furtivos. Ya no hacíamos pijamadas en su habitación. Hablábamos con miedo, escondiendo al elefante en la habitación.
Luego desaparecieron también las sonrisas, las que solo yo era capaz de sacarle. La amistad se fue, reemplazada por algo que nunca sabré nombrar.
Y un día desapareció… simplemente desapareció.
Recuerdo haber ido a buscarla después del desayuno, con una taza de té, justo como le gustaba. Planeaba que habláramos. No como en los meses anteriores: hablar de verdad. Y no estaba. Moví cielo y tierra. Pregunté a todo el mundo. Nadie tenía idea.
Se fue. Efímera. Como un arcoíris. Como la vida. Como las mejores cosas.
Desde entonces, nos hemos visto contadas veces. Siempre en conferencias. Ahora ambas somos profesoras. Ella es todo un exponente. Ha publicado libros, escrito artículos y desafiado a los más grandes profesionales. La rodean. La siguen como bichitos a la luz.
Como quisiera poder hacer yo.
Aún soy capaz de ver anhelo en sus ojos. Aún conectamos miradas de vez en cuando. Ni siquiera sé si debería acercarme.
Pero alguien tiene que ser valiente.
Y juro que no dejaré pasar otras tres décadas para serlo.
Quizás merezcamos algo más que despedidas inconclusas.
Quizás ya no somos un herejía.
Tiene raíces casi tan antiguas como yo. No recuerdo cómo se sentía vivir sin amarla; nunca he podido dejar de hacerlo.
Hoy se cumplen treinta años de la última vez que hablamos. Treinta. Una vida entera. Nunca le dije lo que sentía, y ella simplemente se alejó sin decir por qué. Aún la extraño. Es ridículo, irracional y agotador... pero no puedo evitarlo. A veces me despierto en la madrugada, completamente sola, y pienso en ella. La imagino sentada al borde del colchón, preguntándome: "¿por qué me dejaste ir?"
Era mi mejor amiga. Nos conocimos en la escuela. Nadie daba un centavo por nuestra amistad. Éramos norte y sur, hielo y fuego, luz y oscuridad, polos completamente opuestos. Las dos caras de una moneda. Los extremos de una noria que nunca paraba de girar.
Quizás todo comenzó por culpa de esa necesidad mía, desesperante y absurda, de arreglarlo todo. Quizás por eso me acerqué cuando la vi llorando, por eso le ofrecí aquella dona, junto al portón de la escuela. Aprendí con el tiempo que nunca la aceptaría, como tampoco lo hizo conmigo, ni consigo misma, ni con lo que sea que sentíamos la una por la otra.
Nos mantuvimos cerca durante años, bailando una alrededor de la otra, en perfecta sincronía, en un tango desesperado. Descubrí que estaba completamente rota, y aprendí a entender sus silencios, sus risas contenidas, su miedo, su dolor. Me mantuve a su lado, constantemente esperando que, poco a poco, me dejara entrar. Y lo hizo, a su manera.Nos lo contábamos todo, y eso era más que suficiente para mí. Siempre fui capaz de conformarme con ser amigas.
Pero estábamos borrachas.
Fue simplemente un beso. Ambas lo deseábamos. Se veía en el hambre en sus ojos, en el temblor en mis manos, en la desesperación, en el ardor. Fue, simplemente, lo mejor que me ha pasado en la vida. Sentí la suavidad con la que tanto había soñado. Sentí calma. Sentí amor. Para mi, nunca podría ser un error. Para ella fue, definitivamente, una herejía.
A la mañana siguiente, me dijo que lo que habíamos hecho era sucio, que estaba mal, que no lo deseaba. Y mentía. Dios, si existe, sabe que mentía.
No se alejó inmediatamente. Comenzó con una incomodidad inherente. Donde antes se habría permitido relajarse, ahora simplemente se tensaba más. Ya no había toques furtivos. Ya no hacíamos pijamadas en su habitación. Hablábamos con miedo, escondiendo al elefante en la habitación.
Luego desaparecieron también las sonrisas, las que solo yo era capaz de sacarle. La amistad se fue, reemplazada por algo que nunca sabré nombrar.
Y un día desapareció… simplemente desapareció.
Recuerdo haber ido a buscarla después del desayuno, con una taza de té, justo como le gustaba. Planeaba que habláramos. No como en los meses anteriores: hablar de verdad. Y no estaba. Moví cielo y tierra. Pregunté a todo el mundo. Nadie tenía idea.
Se fue. Efímera. Como un arcoíris. Como la vida. Como las mejores cosas.
Desde entonces, nos hemos visto contadas veces. Siempre en conferencias. Ahora ambas somos profesoras. Ella es todo un exponente. Ha publicado libros, escrito artículos y desafiado a los más grandes profesionales. La rodean. La siguen como bichitos a la luz.
Como quisiera poder hacer yo.
Aún soy capaz de ver anhelo en sus ojos. Aún conectamos miradas de vez en cuando. Ni siquiera sé si debería acercarme.
Pero alguien tiene que ser valiente.
Y juro que no dejaré pasar otras tres décadas para serlo.
Quizás merezcamos algo más que despedidas inconclusas.
Quizás ya no somos un herejía.