Cecilya
Cecy
Alberto la llamó “Nocturna”.
Se dice que quienes no llaman a las personas por sus nombres o suelen ponerles apodos sin un consentimiento previo, nunca resultan ser gente del todo confiable. Que en la falta del nombre hay una falta de valor hacia el otro. No lo sé…es solo una teoría.
Nocturna era para Alberto una especie de muro en el que apoyaba la piel cuando sentía esa necesidad netamente orgánica que lo desbordaba.
En ese momento de su vida las chicas de alquiler ya no eran una opción de voluntad ni de presupuesto, y Nocturna, sin cobrarle un centavo, cumplía con todas esas funciones que él requería cuando le llegaba a los huesos un temor repetido y conocido que iniciaba con el anochecer.
Literalmente, se iba el sol y se instalaba para Alberto el silencio de las ausencias, de las carencias, de los deseos no cumplidos, de los fracasos, de los balances negativos, de todo lo que todavía deseaba y no había podido lograr.
Después de añares de terapia y resignación había conseguido superar la ruptura con Antonia, la hermosísima e inteligente Antonia, la preciosa y especial Antonia, la de los ojos raros e increíbles, la incomparable, la madre de su único hijo, su mayor orgullo y motivo para continuar respirando.
Y cuando parecía que las cuestiones del amor eran ya cosa juzgada, en una reunión de conocidos a la que en primera instancia se había negado a asistir, le presentaron a Lidia y frente a ella en ese tiempo y espacio se reactivó su vulnerabilidad más oculta.
Se enamoró con una locura no metafórica. Como una tormenta.
Se enamoró él.
De nuevo la primera vista, el estímulo primigenio de la belleza y la fascinación, la claridad mental, la empatía, la ternura al filo del peligro, el atractivo irracional, salvaje.
De nuevo los mareos, los temblores, los calambres en el vientre como mariposas carnívoras.
Se enamoró con furia.
Se enamoró por segunda vez como si fuera un adolescente, con la vehemencia y la inmadurez de un nene de quince años, con el embeleso de quien se fija una meta y desde ese punto construye una ficción unilateral.
Un castillo de naipes, una casa de arena que se desmoronó ante el simple desinterés por parte de Lidia que lo dejó débil, inquieto, extraño, descolocado. Sintiendo que no podía reconocerse.
En ese contexto adverso fue cuando se aferró a Nocturna.
Después de todo ella siempre había estado ahí, disponible.
Nocturna la amiga incondicional, la que se cantaba la canción divinamente horrenda que se llama “La incondicional”, la que debía escuchar de mala gana sus relatos de copas en los que despotricaba contra su suerte, contra Antonia y también contra Lidia, por supuesto.
Nocturna que había aprendido la rutina de reírse a carcajadas de sus pésimos chistes de alcohol, a tolerar que nunca la mirara a los ojos durante los episodios de sexo y a fingir no enterarse de cuando escapaba de su cama como un ladrón con los primeros rayos de luz, antes de que surgiera la posibilidad natural de darle los buenos días.
Porque el día era de Lidia, le pertenecía a Lidia aunque ella ni siquiera estuviera enterada.
Durante el reino del sol recuperaba la esperanza ilusoria que volvía a fallecer en cada ocaso. Como el ciclo de un ludópata que perdía y volvería a perder.
De día y sin Alberto, Nocturna recuperaba su nombre y su identidad. Era de nuevo Rosana. Rosana Gómez la empleada administrativa conocida por su mal genio, la que vivía sola; Rosana Gómez la mujer que había alcanzado los cuarenta sin haber tenido hijos, la que cada tanto tenía que hacerle de niñera a su hermana y que cuando llevaba a su sobrino al parque se quedaba observando fijamente a las parejas y proyectaba el mismo anhelo que Alberto proyectaba inútilmente en Lidia.
Alberto y Rosana Nocturna se tenían sin tenerse, se utilizaban dentro de un convenio tácito, eran aliados en el marco de unas pocas horas dentro de noches sin lunas ni estrellas que apreciar. Noches de conversaciones banales en línea, noches de citas en algún bar oscuro, noches de sudores sin espíritu.
Una mañana de sábado pasé frente a la casa de Rosana.
La vi pensativa en su ventana balcón del edificio viejo que necesita urgentemente unas manos de pintura.
Bebía una infusión en una taza blanca y todavía no se había quitado una bata de color rosa pálido superpoblada de arrugas.
Miraba a la nada misma, miraba sin ver.
Alberto ya se le había escapado y ese halo de amargura mezclada con resentimiento se hacía perceptible en el vacío que emanaban sus ojos.
En verdad sentí pena por ella, también por Alberto y por todos esos vínculos sin futuro que no pueden sobreponerse a la noche. Que se mueren en el umbral de cada nuevo día.
Por todas esas historias nocturnas que no encuentran finales felices.
Yo solo les conté una. Una de las tantas que guarda esta ciudad.
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Se dice que quienes no llaman a las personas por sus nombres o suelen ponerles apodos sin un consentimiento previo, nunca resultan ser gente del todo confiable. Que en la falta del nombre hay una falta de valor hacia el otro. No lo sé…es solo una teoría.
Nocturna era para Alberto una especie de muro en el que apoyaba la piel cuando sentía esa necesidad netamente orgánica que lo desbordaba.
En ese momento de su vida las chicas de alquiler ya no eran una opción de voluntad ni de presupuesto, y Nocturna, sin cobrarle un centavo, cumplía con todas esas funciones que él requería cuando le llegaba a los huesos un temor repetido y conocido que iniciaba con el anochecer.
Literalmente, se iba el sol y se instalaba para Alberto el silencio de las ausencias, de las carencias, de los deseos no cumplidos, de los fracasos, de los balances negativos, de todo lo que todavía deseaba y no había podido lograr.
Después de añares de terapia y resignación había conseguido superar la ruptura con Antonia, la hermosísima e inteligente Antonia, la preciosa y especial Antonia, la de los ojos raros e increíbles, la incomparable, la madre de su único hijo, su mayor orgullo y motivo para continuar respirando.
Y cuando parecía que las cuestiones del amor eran ya cosa juzgada, en una reunión de conocidos a la que en primera instancia se había negado a asistir, le presentaron a Lidia y frente a ella en ese tiempo y espacio se reactivó su vulnerabilidad más oculta.
Se enamoró con una locura no metafórica. Como una tormenta.
Se enamoró él.
De nuevo la primera vista, el estímulo primigenio de la belleza y la fascinación, la claridad mental, la empatía, la ternura al filo del peligro, el atractivo irracional, salvaje.
De nuevo los mareos, los temblores, los calambres en el vientre como mariposas carnívoras.
Se enamoró con furia.
Se enamoró por segunda vez como si fuera un adolescente, con la vehemencia y la inmadurez de un nene de quince años, con el embeleso de quien se fija una meta y desde ese punto construye una ficción unilateral.
Un castillo de naipes, una casa de arena que se desmoronó ante el simple desinterés por parte de Lidia que lo dejó débil, inquieto, extraño, descolocado. Sintiendo que no podía reconocerse.
En ese contexto adverso fue cuando se aferró a Nocturna.
Después de todo ella siempre había estado ahí, disponible.
Nocturna la amiga incondicional, la que se cantaba la canción divinamente horrenda que se llama “La incondicional”, la que debía escuchar de mala gana sus relatos de copas en los que despotricaba contra su suerte, contra Antonia y también contra Lidia, por supuesto.
Nocturna que había aprendido la rutina de reírse a carcajadas de sus pésimos chistes de alcohol, a tolerar que nunca la mirara a los ojos durante los episodios de sexo y a fingir no enterarse de cuando escapaba de su cama como un ladrón con los primeros rayos de luz, antes de que surgiera la posibilidad natural de darle los buenos días.
Porque el día era de Lidia, le pertenecía a Lidia aunque ella ni siquiera estuviera enterada.
Durante el reino del sol recuperaba la esperanza ilusoria que volvía a fallecer en cada ocaso. Como el ciclo de un ludópata que perdía y volvería a perder.
De día y sin Alberto, Nocturna recuperaba su nombre y su identidad. Era de nuevo Rosana. Rosana Gómez la empleada administrativa conocida por su mal genio, la que vivía sola; Rosana Gómez la mujer que había alcanzado los cuarenta sin haber tenido hijos, la que cada tanto tenía que hacerle de niñera a su hermana y que cuando llevaba a su sobrino al parque se quedaba observando fijamente a las parejas y proyectaba el mismo anhelo que Alberto proyectaba inútilmente en Lidia.
Alberto y Rosana Nocturna se tenían sin tenerse, se utilizaban dentro de un convenio tácito, eran aliados en el marco de unas pocas horas dentro de noches sin lunas ni estrellas que apreciar. Noches de conversaciones banales en línea, noches de citas en algún bar oscuro, noches de sudores sin espíritu.
Una mañana de sábado pasé frente a la casa de Rosana.
La vi pensativa en su ventana balcón del edificio viejo que necesita urgentemente unas manos de pintura.
Bebía una infusión en una taza blanca y todavía no se había quitado una bata de color rosa pálido superpoblada de arrugas.
Miraba a la nada misma, miraba sin ver.
Alberto ya se le había escapado y ese halo de amargura mezclada con resentimiento se hacía perceptible en el vacío que emanaban sus ojos.
En verdad sentí pena por ella, también por Alberto y por todos esos vínculos sin futuro que no pueden sobreponerse a la noche. Que se mueren en el umbral de cada nuevo día.
Por todas esas historias nocturnas que no encuentran finales felices.
Yo solo les conté una. Una de las tantas que guarda esta ciudad.
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