El cielo pinta la tarde
de azul y nubes blancas.
En la ermita del pueblo
dobla una campana,
y una brisa afable
esparce las campanadas.
El beso del ocaso,
una plaza solitaria
con la fuente verdinosa
y su melodía del agua.
Y yo, sentado en un viejo banco
llevando al aire la mirada
con la canción de gorrioncillos
brotando de sus gargantas.
El cielo pinta la noche
con estrellas blancas,
y la luna en el cenit
mengua mi sombra solitaria.
En el silencio dormido
se oye cantar a la cigarra.