La cabaña
Amanece fría la mañana,
por la rendija de la puerta,
el aroma de pino fresco,
ambienta la cabaña.
La espesa bruma,
levanta su sábana grisácea
para dar paso
a los primeros rayos del astro
que se adentran por el frondoso bosque,
resbalando sobre el manto blanco
caído en la montaña.
Escuchar el melodioso sonido del arroyo,
inhalar el frescor de la gélida brisa
mientras cierro los ojos
y el dulce trinar de las aves,
no hacen más que renovar mi alma.
Aquí me hallo,
huésped de la montaña,
donde gobierna la quietud y habita el misterio,
abrazado por la Naturaleza,
rodeado de tranquilas soledades,
sin sentir, sin soñar, gozoso de no pensar,
huyendo de la vida cotidiana,
hastiado del abrumador aburrimiento en las ciudades,
buscando la anhelada calma que mi ser reclama.
Salgo a caminar río arriba,
presagiando un día soleado,
sintiendo sobre mi cara
las frías manos del viento.
Mi intención, es llegar a la cúspide de la montaña,
contemplar lo que la madre Natura guarda,
oír hablar al silencio
mientras el Dios Eolo zarandea mi cuerpo.
Imaginar por un instante,
ser el halcón
que vuela libre a los cuatro vientos
bajo el sempiterno cielo…
pero negras nubes,
nubes viajeras por el aire de invierno,
pronto cubrirán el firmamento.
El Sol, oculta su luz detrás de las espesas nubes,
invitando a la noche con su manto, se vaya asomando.
Entre copos cubriendo mi ropa,
regreso a la cabaña,
en donde un sillón de terciopelo negro y mi libreta de versos,
junto al calor de la chimenea me aguardan.
Vine buscando la paz y el sosiego por unos días,
con el centro de mi pecho vacío, sin ideas definidas,
mas se acerca la hora de regresar al mundanal ruido,
a la vida ordinaria.
No es lo que quiero,
pues me sentí como Robinsón en su isla,
sin embargo,
pronto llegará la primavera y espero volver a la cabaña,
pero si en este mundo quedo
y no puedo regresar,
de estos días, conservaré el recuerdo.
Luis Prieto Espinosa
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