Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
En el aire había una canción,
nacía la música joven, nueva,
como el rumor del agua en el arroyo,
como el aleteo suave de una mariposa.
Se construía la canción por momentos
y traía la luz del sol, la magia de la noche,
el trinar alegre del canto del jilguero
y ponía sabor de miel en los labios.
La oyó el hombre y le trajo
imágenes de mar y primavera,
el tacto de los trigos espigados
en los campos, acariciando las manos.
Había presencia de la mujer,
caricias de madre y besos de novia.
Un canto como una promesa
de tiempos que pronto llegarían.
El hombre entonó el cantar intuído
y despertó esperanzas y también rencores.
Crecía la canción y despertó miedos
que callaron por siempre aquella voz.
Y mientras se alegraban del silencio,
en nuevos pechos se forjó el cantar
y múltiples voces entonaban la canción
que hablaba de luceros y prometedoras alboradas.
nacía la música joven, nueva,
como el rumor del agua en el arroyo,
como el aleteo suave de una mariposa.
Se construía la canción por momentos
y traía la luz del sol, la magia de la noche,
el trinar alegre del canto del jilguero
y ponía sabor de miel en los labios.
La oyó el hombre y le trajo
imágenes de mar y primavera,
el tacto de los trigos espigados
en los campos, acariciando las manos.
Había presencia de la mujer,
caricias de madre y besos de novia.
Un canto como una promesa
de tiempos que pronto llegarían.
El hombre entonó el cantar intuído
y despertó esperanzas y también rencores.
Crecía la canción y despertó miedos
que callaron por siempre aquella voz.
Y mientras se alegraban del silencio,
en nuevos pechos se forjó el cantar
y múltiples voces entonaban la canción
que hablaba de luceros y prometedoras alboradas.
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