Guille Betancourt
Poeta recién llegado
La Herida vino a mí por primera vez cuando aún era un niño. Ese amanecer, una horda vecina pretendió arrebatarnos el fuego. Pudimos repelerlos, pero mi muslo derecho quedó abierto y sangrante, y todos, pese a que me dieron por muerto, desbrozaron los entresijos de un oscuro ritual que trajo frutos inesperados. No sobreviví mucho tiempo, pero los espíritus circunspectos me permitieron volver demasiadas veces al mundo.
Mis madres siempre se aterraban al descubrir la Herida. Algunas consultaban a brujas, y aunque en general eran quemadas, les quedaba el consuelo, que les transmitían las piedras mágicas, de que yo estaba bendecido por demonios poderosos y lejanos. La Herida nunca sanaba completamente, pero eso no impedía que el destino, inflexible, me empujara a la carrera de las armas. Algunas veces fui saqueador y mercenario; otras, un soldado con honor. Siempre encontré la muerte a corta edad, y aunque mucho supliqué un golpe liberador o un tiro de gracia, mi cuerpo nunca conoció un fin que no entrase por la Herida, con los tajos o los plomos que, una vez y otra, cercenaron los sueños que pululaban en mi mente de inmortal.
No puedo decir que siempre tuviese conciencia de quién era. Hubo momentos en los que, sereno por la certeza de que renacería en algún lugar desconocido —para volver a sufrir los mismos dolores de la Herida, las mismas esperanzas incompletas—, me embriagaba la temeridad, e incluso algunos llegaron a creer que era un valiente. Otras veces, me olvidaba del turbio regalo que en la mañana de la caverna me hicieron los caprichosos espíritus, y en el momento de la muerte me mancillaba la cobardía. Eran las vidas en las que más me dolía abandonar los muchos planes que forjaba a espaldas de la Herida.
Moría de maneras diversas. Por una flecha caí ante las murallas de Ilión, cuando la perfidia de Ulises nos había asegurado la victoria; por espada, tantas veces que ya no las distingo, y en mi mente se barajan las voces de César, de Odoacro y del Gran Capitán como si fueran una sola; Roma asolada es, para mí, a veces Austerlitz y a veces alguna aldea de selvas cuyo nombre tampoco pervive en mi memoria. Por las balas aulló la Herida, cuando poco faltaba para vencer, en el valle de Shenandoah o en Omaha Beach, o sobre el puente de algún acorazado. Morí tanto que hube de depurar los recuerdos; solo la Herida los enlazaba a todos, y de alguna manera fui entendiendo que su repetición, aun cuando variase en detalles pintorescos, era en el fondo baladí, pues de algún modo, la Herida y yo buscábamos siempre la misma cosa, para no encontrarla nunca, por mucho que tantas veces comenzáramos de nuevo, por mucho que yo no me resignara a aceptar que el aire en donde nacían mis anhelos era un aire viciado.
Sabía que todo habría de ser luego más o menos igual, pero me fascinaban los detalles frívolos que una existencia desconocida pudiera otorgarme: hermosas vírgenes de suaves pieles, vino, joyas... Incluso, la posibilidad de encontrar fuentes generosas que saldaran mi deuda con los númenes de antaño y que, regalándome vida y juventud eternas, me libraran por fin de la Herida y de su insaciable sed de morir.
Quizás es porque siempre fui joven y me tentaron las promesas. Quizá porque, en el fondo, menosprecié a la Herida. He sido terco; solo he escuchado de ella las palabras hermosas, y a veces ni eso siquiera. Sé que otros conocieron la felicidad, pagando por ello el precio de no poseer ninguna carta escondida, como siempre tuve yo, la carta que me llenó tantas veces los oídos con el mismo augurio irrealizable.
Espero que no sea tarde para librarme de la Herida. Las muchas cosas que hemos vivido juntos no son solo ya una traición de la nostalgia; también son una mentira que se enrosca cada vez más sobre sí misma, y a la que solo debo largas aspiraciones, muchas veces pospuestas. Tal vez hubiera sido preferible morir definitivamente aquella mañana del tiempo; no puedo asegurarlo, pero sé que lo aprendido, las orgías y los botines, la fama y las medallas, todo me ha sido indiferente. Es posible que lo haya sabido siempre, pero solo ahora tengo absoluta noción de ello. Con esas vanidades me sobornaba la Herida, y por la aprensiva idea de perderlas, abdicaba de ser plenamente yo, sin garantías y sin tener a mano el espejismo de un nuevo comienzo. Quizá en la conciencia de ello radique la única manera de derrotar a la Herida, la única forma de librarme de sus tentaciones vacías.
Es algo que tampoco sé con certeza.
El Dniéper, altivo, apenas besaba sus cadáveres; en todos, las huellas del miedo eran un arduo dibujo en sanguina. Solo un cuerpo sobresalía entre los demás, pues su rostro, aunque era casi el de un niño, irradiaba la calma que nada más pueden otorgar los siglos. En la tenue sonrisa del muchacho, los rescatistas percibieron una asfixiante densidad, como si no una, sino incontables muertes lo marchitaran. De su muslo derecho aún brotaba sangre, y aunque la guerra los había curtido con imágenes espantosas, sería esta la que no les dejaría ya nunca dormir en paz. Luego de enterrarlo, colocaron sobre su nombre anodino las únicas palabras que encontraron al revisar sus bolsillos:
"Por fin todo ha concluido"
"Por fin ya todo ha concluido."
Mis madres siempre se aterraban al descubrir la Herida. Algunas consultaban a brujas, y aunque en general eran quemadas, les quedaba el consuelo, que les transmitían las piedras mágicas, de que yo estaba bendecido por demonios poderosos y lejanos. La Herida nunca sanaba completamente, pero eso no impedía que el destino, inflexible, me empujara a la carrera de las armas. Algunas veces fui saqueador y mercenario; otras, un soldado con honor. Siempre encontré la muerte a corta edad, y aunque mucho supliqué un golpe liberador o un tiro de gracia, mi cuerpo nunca conoció un fin que no entrase por la Herida, con los tajos o los plomos que, una vez y otra, cercenaron los sueños que pululaban en mi mente de inmortal.
No puedo decir que siempre tuviese conciencia de quién era. Hubo momentos en los que, sereno por la certeza de que renacería en algún lugar desconocido —para volver a sufrir los mismos dolores de la Herida, las mismas esperanzas incompletas—, me embriagaba la temeridad, e incluso algunos llegaron a creer que era un valiente. Otras veces, me olvidaba del turbio regalo que en la mañana de la caverna me hicieron los caprichosos espíritus, y en el momento de la muerte me mancillaba la cobardía. Eran las vidas en las que más me dolía abandonar los muchos planes que forjaba a espaldas de la Herida.
Moría de maneras diversas. Por una flecha caí ante las murallas de Ilión, cuando la perfidia de Ulises nos había asegurado la victoria; por espada, tantas veces que ya no las distingo, y en mi mente se barajan las voces de César, de Odoacro y del Gran Capitán como si fueran una sola; Roma asolada es, para mí, a veces Austerlitz y a veces alguna aldea de selvas cuyo nombre tampoco pervive en mi memoria. Por las balas aulló la Herida, cuando poco faltaba para vencer, en el valle de Shenandoah o en Omaha Beach, o sobre el puente de algún acorazado. Morí tanto que hube de depurar los recuerdos; solo la Herida los enlazaba a todos, y de alguna manera fui entendiendo que su repetición, aun cuando variase en detalles pintorescos, era en el fondo baladí, pues de algún modo, la Herida y yo buscábamos siempre la misma cosa, para no encontrarla nunca, por mucho que tantas veces comenzáramos de nuevo, por mucho que yo no me resignara a aceptar que el aire en donde nacían mis anhelos era un aire viciado.
Sabía que todo habría de ser luego más o menos igual, pero me fascinaban los detalles frívolos que una existencia desconocida pudiera otorgarme: hermosas vírgenes de suaves pieles, vino, joyas... Incluso, la posibilidad de encontrar fuentes generosas que saldaran mi deuda con los númenes de antaño y que, regalándome vida y juventud eternas, me libraran por fin de la Herida y de su insaciable sed de morir.
Quizás es porque siempre fui joven y me tentaron las promesas. Quizá porque, en el fondo, menosprecié a la Herida. He sido terco; solo he escuchado de ella las palabras hermosas, y a veces ni eso siquiera. Sé que otros conocieron la felicidad, pagando por ello el precio de no poseer ninguna carta escondida, como siempre tuve yo, la carta que me llenó tantas veces los oídos con el mismo augurio irrealizable.
Espero que no sea tarde para librarme de la Herida. Las muchas cosas que hemos vivido juntos no son solo ya una traición de la nostalgia; también son una mentira que se enrosca cada vez más sobre sí misma, y a la que solo debo largas aspiraciones, muchas veces pospuestas. Tal vez hubiera sido preferible morir definitivamente aquella mañana del tiempo; no puedo asegurarlo, pero sé que lo aprendido, las orgías y los botines, la fama y las medallas, todo me ha sido indiferente. Es posible que lo haya sabido siempre, pero solo ahora tengo absoluta noción de ello. Con esas vanidades me sobornaba la Herida, y por la aprensiva idea de perderlas, abdicaba de ser plenamente yo, sin garantías y sin tener a mano el espejismo de un nuevo comienzo. Quizá en la conciencia de ello radique la única manera de derrotar a la Herida, la única forma de librarme de sus tentaciones vacías.
Es algo que tampoco sé con certeza.
El Dniéper, altivo, apenas besaba sus cadáveres; en todos, las huellas del miedo eran un arduo dibujo en sanguina. Solo un cuerpo sobresalía entre los demás, pues su rostro, aunque era casi el de un niño, irradiaba la calma que nada más pueden otorgar los siglos. En la tenue sonrisa del muchacho, los rescatistas percibieron una asfixiante densidad, como si no una, sino incontables muertes lo marchitaran. De su muslo derecho aún brotaba sangre, y aunque la guerra los había curtido con imágenes espantosas, sería esta la que no les dejaría ya nunca dormir en paz. Luego de enterrarlo, colocaron sobre su nombre anodino las únicas palabras que encontraron al revisar sus bolsillos:
"Por fin todo ha concluido"
"Por fin ya todo ha concluido."