Ermenegildo Tiraboschi
Poeta que considera el portal su segunda casa
La lira es la mujer
de seda y de percal que es añorada,
bálsamo y alfiler
en la herida pelada,
alzamiento verbal y barricada.
Es yesca que germina
en la estrofa, un capullo que se enciende,
la musa que fulmina
lo que el lujo defiende.
Es grillo que a la música trasciende.
Un soneto me llama
mientras sufro una lira que me agita,
como en un criptograma
de Edgar, con mi marchita
razón que a laberintos no me invita.
Es que en la esquiva lira,
de once o siete su verso portentoso,
que se acorta o se estira
con un quiebro pasmoso,
se autoconfina el trazo pretencioso.
¡Qué sorpresa!, escribía
sin el milímetro de Villacañas.
Requerirá porfía
y lactarle, con mañas,
lo que la lira encierra en sus entrañas.
de seda y de percal que es añorada,
bálsamo y alfiler
en la herida pelada,
alzamiento verbal y barricada.
Es yesca que germina
en la estrofa, un capullo que se enciende,
la musa que fulmina
lo que el lujo defiende.
Es grillo que a la música trasciende.
Un soneto me llama
mientras sufro una lira que me agita,
como en un criptograma
de Edgar, con mi marchita
razón que a laberintos no me invita.
Es que en la esquiva lira,
de once o siete su verso portentoso,
que se acorta o se estira
con un quiebro pasmoso,
se autoconfina el trazo pretencioso.
¡Qué sorpresa!, escribía
sin el milímetro de Villacañas.
Requerirá porfía
y lactarle, con mañas,
lo que la lira encierra en sus entrañas.