Arturo Ciorán
Poeta recién llegado
Arribo al trabajo, atuso mi pelo frente al espejo,
ajusto la corbata, remedo una sonrisa,
me siento en la misma silla de siempre,
acomodo un bloque de hojas
y comienzo a teclear.
Todo marcha normal,
pero le temo a algo;
es una pregunta fútil, rutinaria.
Trato de no hacer contacto visual
con mis compañeros.
Luego viene una, me toca el hombro
y me besa la mejilla.
Cometo el error de mirarla a los ojos.
«¿Cómo estás?», pregunta.
Demudo mi rostro, guardo un instante de silencio.
¿Cómo estoy?
No sé…
¿Bien?
Bien no estoy.
No sé describir la felicidad.
Sólo se describir la angustia como algo que me carcome el pecho.
Anquilosé mi progreso, el progreso normal de cualquier persona.
Defraudo a quienes me rodean.
No cumplí las expectativas propias ni las ajenas.
Me vacié de sueños.
No enamoro a nadie.
Estoy enfermo, mal de la cabeza,
aterrado por necesitar ayuda farmacológica,
aterrado porque leo mis escritos
y parecen una carta suicida.
Escapo de todo atractivo estético
y estoy más cerca de las treinta
y mis veinte ya son algo postrero.
Ahora sólo me queda la vergüenza
y la contrición de haber dejado
de ser un sujeto hermético.
ajusto la corbata, remedo una sonrisa,
me siento en la misma silla de siempre,
acomodo un bloque de hojas
y comienzo a teclear.
Todo marcha normal,
pero le temo a algo;
es una pregunta fútil, rutinaria.
Trato de no hacer contacto visual
con mis compañeros.
Luego viene una, me toca el hombro
y me besa la mejilla.
Cometo el error de mirarla a los ojos.
«¿Cómo estás?», pregunta.
Demudo mi rostro, guardo un instante de silencio.
¿Cómo estoy?
No sé…
¿Bien?
Bien no estoy.
No sé describir la felicidad.
Sólo se describir la angustia como algo que me carcome el pecho.
Anquilosé mi progreso, el progreso normal de cualquier persona.
Defraudo a quienes me rodean.
No cumplí las expectativas propias ni las ajenas.
Me vacié de sueños.
No enamoro a nadie.
Estoy enfermo, mal de la cabeza,
aterrado por necesitar ayuda farmacológica,
aterrado porque leo mis escritos
y parecen una carta suicida.
Escapo de todo atractivo estético
y estoy más cerca de las treinta
y mis veinte ya son algo postrero.
Ahora sólo me queda la vergüenza
y la contrición de haber dejado
de ser un sujeto hermético.