Chema Ysmer
Poeta que considera el portal su segunda casa
Las hojas del otoño desean beber
en buzones amarillos
su memoria de luz;
crujen bajo las pisadas
las letras que las componen
que después de ser leídas
vuelven a ser desterradas
vuelven a ser ceniza.
Entre la Tierra y el Sol
la correspondencia es un total misterio
con enigmáticos sellos en las cartas.
Nadie sabe, a ciencia cierta,
la distancia real o imaginaria
que separa o une a dos amantes
y no me refiero a la distancia física
que puede medirse fácilmente,
si no al aire
la bocanada de aire acelerada o en calma
que corre a favor o en contra
de los brazos, de su raíz en los dedos,
del cuerpo desmembrado
que busca su puerto o se aleja.
La palabra “amor”
es la última que viene a caer del árbol
y la primera que resurge
con el impulso de un labio,
de un águila mensajera.
Hay lágrimas
que pueden ser en un principio
océanos sin agua
pero toda corriente las redime
y ese es el comienzo,
de esos amantes que esperan
la llegada del aire
la humedad de la lágrima
la reinvención del beso.
en buzones amarillos
su memoria de luz;
crujen bajo las pisadas
las letras que las componen
que después de ser leídas
vuelven a ser desterradas
vuelven a ser ceniza.
Entre la Tierra y el Sol
la correspondencia es un total misterio
con enigmáticos sellos en las cartas.
Nadie sabe, a ciencia cierta,
la distancia real o imaginaria
que separa o une a dos amantes
y no me refiero a la distancia física
que puede medirse fácilmente,
si no al aire
la bocanada de aire acelerada o en calma
que corre a favor o en contra
de los brazos, de su raíz en los dedos,
del cuerpo desmembrado
que busca su puerto o se aleja.
La palabra “amor”
es la última que viene a caer del árbol
y la primera que resurge
con el impulso de un labio,
de un águila mensajera.
Hay lágrimas
que pueden ser en un principio
océanos sin agua
pero toda corriente las redime
y ese es el comienzo,
de esos amantes que esperan
la llegada del aire
la humedad de la lágrima
la reinvención del beso.