Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Érase una vez, más allá del Mar Brillante, dejando atrás el Reino Ignoto donde se extiende el Reino de Oberón, en las tierras que son ribera del Lago Topacio, en la opuesta orilla al pueblo de Villablanca, que llegó un forastero, alto, fornido, malencarado, que sin pedir a nadie permiso, en las tierras de los reyes, a la vista de las montañas de la Luna, marcó una parcela y se dispuso a construir. Le acompañaba una cuadrilla de operarios que traía la intención de levantar una fortaleza en esa zona. Una larga fila de altas carretas les seguían, cargadas de sillares de piedra probablemente dispuestas de tal modo que el edificio pudiese ser erigido en poco tiempo.
En el tronco de un añoso castaño, cercano al lugar de las obras, vivía Hyla, un hada que tenía el encargo de vigilar lo que ocurría en aquella parte del Reino. El estruendo de aquella construcción, llamó su atención y, sigilosa, se acercó a ver qué ocurría. No tardó mucho en conocer las intenciones de aquellos hombres que servían al forastero a quien respetuosamente llamaban Sr. Conde. Intrusos, queriendo levantar un castillo en las tierras de Oberón… No creyó necesario avisar al rey de momento, pues pensó que bien podría ella solucionar la situación.
Hyla, viajó a los alrededores para avisar a un par de elfos conocidos y a unas simpáticas hadas que eran amigas suyas. Y entre todos, trazaron un plan.
Al terminar la semana aquellos hombres habían construido la base y el primer piso de la torre. Les quedaban las dependencias de los futuros soldados, los establos, la gran cocina, el patio de armas y cercar el terreno con la muralla. Dejaron, pues los aperos de trabajo y se fueron hasta Villablanca para descansar.
Ese fue el momento en que Hyla y sus amigos decidieron poner en marcha su plan.
Supongo que sabéis que los seres mágicos que pueblan el Reino de Oberón tienen poderes muy ligados a la tierra, al aire, al agua y al fuego y que cuentan, además, con la ayuda de los árboles y las plantas a quienes miman y protegen. Hyla, fue a hablar con ellos y les contó lo que quería que hiciesen y así…
Cuando volvieron el lunes a trabajar en las obras, encontraron que fuertes raíces habían removido los inicios de la muralla; que plantas trepadoras subían por las paredes de la torre y que los terrenos que habían removido estaban como si nada les hubiese afectado y lucían cubiertos de flores. Aquello extrañó de gran modo a los obreros y murmuraban entre ellos diciéndose que, posiblemente, no estaba bien lo que hacían. Unos no le dieron mucha importancia, mas otros, veían la mano de duendes traviesos, quién sabe si peligrosos, y abandonaron el trabajo. De ese modo, con menos trabajadores, el Conde se encontró con que las obras iban más lentas y eso le enfadaba, motivo por el que reñía a sus obreros con frecuencia y estaba de mal humor. Cuando se acabó la semana, habían recuperado el trabajo perdido y la torre lucía con la planta baja terminada, la primera planta con un dormitorio para el Conde y un tejado provisional, hasta que dieran el último piso. Apenas se habían alejado camino de la villa, cuando un enorme viento se levantó aullando violentamente, con una fuerte granizada que caía envuelta en una lluvia torrencial. Con desesperación, por no poder evitarlo, vieron cómo el vendaval se llevaba por los aires el tejado y el agua llenaba el dormitorio del forastero.
Hyla y sus amigos, se tronchaban de risa, pues no otros que ellos habían convencido al agua y al aire para organizar aquel destrozo.
El Sr. Conde echaba pestes por la boca. Se le puso un genio de mil demonios y en su afán por terminar pronto la obra, empezó a castigar a los obreros reduciendo sus descansos, riñiéndoles por la mínima causa, no consiguiendo otra cosa que no fuese el que un día se fueran dos, otro día tres y así hasta que se quedó solo.
Cuando se vio en soledad, Berto, que así se llamaba el Conde, decidió terminar él la obra. Lo primero que hizo fue buscar los tablones del tejado que el viento se había llevado, colocarlos, asentarlos y clavetearlos. Cuando terminó de hacerlo se sintió agotado y se echó a dormir. Hyla, lo había estado contemplando escondida detrás de una mata de genista y, cuando Berto se acostó, se acercó a observarlo. Entonces se le ocurrió una idea y cuando el Conde estaba en lo más profundo del sueño, acercándose a su oreja comenzó a contarle historias de los gnomos que por allí vivían. A la mañana siguiente, después de un buen sueño, Berto rebuscó entre las carretas hasta que encontró unas pilas de tejas de pizarra que llevó hasta el pie de la torre y luego fue subiendo de varias veces hasta el tejado que estaba arreglando. Con bastante trabajo las fue colocando en filas, recibiéndolas con argamasa para evitar que la lluvia penetrase por ellas. Cuando se acostó, Hyla esperó de nuevo a que estuviese profundamente dormido para contarle al oído aventuras de la Reina Titania y del Rey Oberón. Al día siguiente, Berto se levantó de buen humor. Desayunó despacio y tranquilo y subió a rematar la obra del tejado. Al terminar la jornada, cansado, pero contento, tras tomar una buena cena, se fue a la cama. Igual que las noches anteriores, Hyla acudió a contarle historias de los elfos.
Y de esta manera fueron trascurriendo los días. Berto se olvidó de levantar una fortaleza, no quería ya ni soldados, ni patio de armas, ni muralla. Se dedicó a la torre, removió y colocó los sillares de piedra. Abrió una enorme puerta a ras del suelo, con un arco de medio punto y unas columnas rematadas en capiteles que lucían unas hojas de acanto. En la mitad de los muros aparecieron unas hermosas ventanas. Esto, naturalmente no lo hizo en un día, sino que le llevó su tiempo y por cada día que trabajaba, cada noche durante el sueño recibía las historias que Hyla le contaba. Un buen día mandó venir a unos carreteros de Villablanca, para que se llevasen las carretas con las piedras que no había utilizado y el resto de materiales de construcción, por si alguien los podía necesitar en el pueblo. Y al cabo de unas semanas se encontró con la torre terminada y todo recogido. Ya no sabía qué más hacer así que una pala que tenía la clavó en el suelo a un lado de la torre. Hyla, se propuso darle una grata sorpresa, ya que había visto el cambio que en el hombre se había producido. De ese modo, a la mañana siguiente, la pala se había convertido en un enorme magnolio que daba sombra a la fachada principal de la torre. Berto se quedó asombrado primero y entusiasmado después; se rió por primera vez en mucho tiempo y, por lo bajo, tarareó una canción. Decidió plantar árboles en todo el derredor de la torre, excepto en la parte delantera, donde preparó para poner un jardín con flores. Las hadas y los elfos estaban felices y se apresuraron a ayudarle, naturalmente sin que él se diese cuenta. De este modo ocurría que los árboles que plantaba crecían grandes y hermosos en poco tiempo y su jardín era el más singular y precioso que se haya visto jamás. Tenía begonias, azaleas, campanillas y narcisos, rosas y lirios, preciosas lilas... ¡vaya! un sinfin de las más bellas flores.
Todo este tiempo, Hyla, fiel a su plan siguió visitando al hombre durante el sueño, hasta que no tuvo ya historias que contar.
Creyó entonces que era el momento de dar cuenta a Titania y Oberón de lo que había ocurrido y cómo el forastero había cambiado y se veía sonriente, contento. Cómo cuidaba de los árboles, de las flores y de qué modo se afanaba con un huerto que tenía. Se sintieron muy satisfechos los reyes y decidieron hacer una visita. Esa misma tarde, al ponerse el sol, se acercaron sigilosamente hasta la torre, treparon por la hiedra que cubría sus muros y desde la abierta ventana se colaron en la habitación; así pudieron ver a Berto. Estaba sentado a una mesa, delante tenía una gran pluma de ave, un enorme tintero y papel. Se le veía feliz. Suspiró, mojó la pluma en la tinta, cogió una hoja de papel y comenzó a escribir:
HISTORIAS DE LA TIERRA DE OBERÓN.
Los elfos y las hadas sonrieron, mientras que Titania se reía con ganas. Y su risa sonaba como cascabeles alegres y campanillas lejanas
En el tronco de un añoso castaño, cercano al lugar de las obras, vivía Hyla, un hada que tenía el encargo de vigilar lo que ocurría en aquella parte del Reino. El estruendo de aquella construcción, llamó su atención y, sigilosa, se acercó a ver qué ocurría. No tardó mucho en conocer las intenciones de aquellos hombres que servían al forastero a quien respetuosamente llamaban Sr. Conde. Intrusos, queriendo levantar un castillo en las tierras de Oberón… No creyó necesario avisar al rey de momento, pues pensó que bien podría ella solucionar la situación.
Hyla, viajó a los alrededores para avisar a un par de elfos conocidos y a unas simpáticas hadas que eran amigas suyas. Y entre todos, trazaron un plan.
Al terminar la semana aquellos hombres habían construido la base y el primer piso de la torre. Les quedaban las dependencias de los futuros soldados, los establos, la gran cocina, el patio de armas y cercar el terreno con la muralla. Dejaron, pues los aperos de trabajo y se fueron hasta Villablanca para descansar.
Ese fue el momento en que Hyla y sus amigos decidieron poner en marcha su plan.
Supongo que sabéis que los seres mágicos que pueblan el Reino de Oberón tienen poderes muy ligados a la tierra, al aire, al agua y al fuego y que cuentan, además, con la ayuda de los árboles y las plantas a quienes miman y protegen. Hyla, fue a hablar con ellos y les contó lo que quería que hiciesen y así…
Cuando volvieron el lunes a trabajar en las obras, encontraron que fuertes raíces habían removido los inicios de la muralla; que plantas trepadoras subían por las paredes de la torre y que los terrenos que habían removido estaban como si nada les hubiese afectado y lucían cubiertos de flores. Aquello extrañó de gran modo a los obreros y murmuraban entre ellos diciéndose que, posiblemente, no estaba bien lo que hacían. Unos no le dieron mucha importancia, mas otros, veían la mano de duendes traviesos, quién sabe si peligrosos, y abandonaron el trabajo. De ese modo, con menos trabajadores, el Conde se encontró con que las obras iban más lentas y eso le enfadaba, motivo por el que reñía a sus obreros con frecuencia y estaba de mal humor. Cuando se acabó la semana, habían recuperado el trabajo perdido y la torre lucía con la planta baja terminada, la primera planta con un dormitorio para el Conde y un tejado provisional, hasta que dieran el último piso. Apenas se habían alejado camino de la villa, cuando un enorme viento se levantó aullando violentamente, con una fuerte granizada que caía envuelta en una lluvia torrencial. Con desesperación, por no poder evitarlo, vieron cómo el vendaval se llevaba por los aires el tejado y el agua llenaba el dormitorio del forastero.
Hyla y sus amigos, se tronchaban de risa, pues no otros que ellos habían convencido al agua y al aire para organizar aquel destrozo.
El Sr. Conde echaba pestes por la boca. Se le puso un genio de mil demonios y en su afán por terminar pronto la obra, empezó a castigar a los obreros reduciendo sus descansos, riñiéndoles por la mínima causa, no consiguiendo otra cosa que no fuese el que un día se fueran dos, otro día tres y así hasta que se quedó solo.
Cuando se vio en soledad, Berto, que así se llamaba el Conde, decidió terminar él la obra. Lo primero que hizo fue buscar los tablones del tejado que el viento se había llevado, colocarlos, asentarlos y clavetearlos. Cuando terminó de hacerlo se sintió agotado y se echó a dormir. Hyla, lo había estado contemplando escondida detrás de una mata de genista y, cuando Berto se acostó, se acercó a observarlo. Entonces se le ocurrió una idea y cuando el Conde estaba en lo más profundo del sueño, acercándose a su oreja comenzó a contarle historias de los gnomos que por allí vivían. A la mañana siguiente, después de un buen sueño, Berto rebuscó entre las carretas hasta que encontró unas pilas de tejas de pizarra que llevó hasta el pie de la torre y luego fue subiendo de varias veces hasta el tejado que estaba arreglando. Con bastante trabajo las fue colocando en filas, recibiéndolas con argamasa para evitar que la lluvia penetrase por ellas. Cuando se acostó, Hyla esperó de nuevo a que estuviese profundamente dormido para contarle al oído aventuras de la Reina Titania y del Rey Oberón. Al día siguiente, Berto se levantó de buen humor. Desayunó despacio y tranquilo y subió a rematar la obra del tejado. Al terminar la jornada, cansado, pero contento, tras tomar una buena cena, se fue a la cama. Igual que las noches anteriores, Hyla acudió a contarle historias de los elfos.
Y de esta manera fueron trascurriendo los días. Berto se olvidó de levantar una fortaleza, no quería ya ni soldados, ni patio de armas, ni muralla. Se dedicó a la torre, removió y colocó los sillares de piedra. Abrió una enorme puerta a ras del suelo, con un arco de medio punto y unas columnas rematadas en capiteles que lucían unas hojas de acanto. En la mitad de los muros aparecieron unas hermosas ventanas. Esto, naturalmente no lo hizo en un día, sino que le llevó su tiempo y por cada día que trabajaba, cada noche durante el sueño recibía las historias que Hyla le contaba. Un buen día mandó venir a unos carreteros de Villablanca, para que se llevasen las carretas con las piedras que no había utilizado y el resto de materiales de construcción, por si alguien los podía necesitar en el pueblo. Y al cabo de unas semanas se encontró con la torre terminada y todo recogido. Ya no sabía qué más hacer así que una pala que tenía la clavó en el suelo a un lado de la torre. Hyla, se propuso darle una grata sorpresa, ya que había visto el cambio que en el hombre se había producido. De ese modo, a la mañana siguiente, la pala se había convertido en un enorme magnolio que daba sombra a la fachada principal de la torre. Berto se quedó asombrado primero y entusiasmado después; se rió por primera vez en mucho tiempo y, por lo bajo, tarareó una canción. Decidió plantar árboles en todo el derredor de la torre, excepto en la parte delantera, donde preparó para poner un jardín con flores. Las hadas y los elfos estaban felices y se apresuraron a ayudarle, naturalmente sin que él se diese cuenta. De este modo ocurría que los árboles que plantaba crecían grandes y hermosos en poco tiempo y su jardín era el más singular y precioso que se haya visto jamás. Tenía begonias, azaleas, campanillas y narcisos, rosas y lirios, preciosas lilas... ¡vaya! un sinfin de las más bellas flores.
Todo este tiempo, Hyla, fiel a su plan siguió visitando al hombre durante el sueño, hasta que no tuvo ya historias que contar.
Creyó entonces que era el momento de dar cuenta a Titania y Oberón de lo que había ocurrido y cómo el forastero había cambiado y se veía sonriente, contento. Cómo cuidaba de los árboles, de las flores y de qué modo se afanaba con un huerto que tenía. Se sintieron muy satisfechos los reyes y decidieron hacer una visita. Esa misma tarde, al ponerse el sol, se acercaron sigilosamente hasta la torre, treparon por la hiedra que cubría sus muros y desde la abierta ventana se colaron en la habitación; así pudieron ver a Berto. Estaba sentado a una mesa, delante tenía una gran pluma de ave, un enorme tintero y papel. Se le veía feliz. Suspiró, mojó la pluma en la tinta, cogió una hoja de papel y comenzó a escribir:
HISTORIAS DE LA TIERRA DE OBERÓN.
Los elfos y las hadas sonrieron, mientras que Titania se reía con ganas. Y su risa sonaba como cascabeles alegres y campanillas lejanas
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