Luis Libra
Atención: poeta en obras
`
Y al final resultó que la vida
era un sandwich frío del Rodilla
o ese bocata de calamares y dos cañas
mañaneras los primeros viernes
de primavera en el centro de tu ciudad.
Un polvo antológico e inesperado
con la mujer de tus sueños
esa noche de lluvia cerrada
mientras, abajo, los camiones de basura
digerían los restos del último botellón
sobre el ultrajado asfalto
de una calle con insomnio.
Al final resultó que la vida eran
los Reyes Magos, tu primer sueldo,
tu primera medalla de judo
o la primera y enfadada llorera
al mundo de tu hijo al nacer;
aquella noche de risas y resaca
tumbados en los asientos reclinables
de tu viejo descapotable en mitad
de ningún sitio, mirando las estrellas,
perdidos camino del mar, dos rayas
y los Estopa sonando a todo volumen
en un radiocassette del jurásico.
Quizás esa paellada (o barbacoa)
en la que -de manera inaudita -tus papis
compartieron un porro de maría
y se hicieron los putos amos de la fiesta,
divertidamente integrados
junto a tu panda de viejos amiguetes.
O la vez que salvaste a aquel asustado perrito
en plena autopista de un desenlace terrible;
incluso cuando el médico te dijo
que esa arritmia coronaria (mortal
según internet) era solo fruto de la ansiedad.
Y es que al final resultó que la vida
en realidad eran solo cuatro momentos
y medio entre un montón de relleno inútil
en el mejor de los casos,
que no dan ni para escribir
un triste y mediocre poema
de más de cuarenta y tres versos.
¡Y encima no te quejes, campeón!
______
Y al final resultó que la vida
era un sandwich frío del Rodilla
o ese bocata de calamares y dos cañas
mañaneras los primeros viernes
de primavera en el centro de tu ciudad.
Un polvo antológico e inesperado
con la mujer de tus sueños
esa noche de lluvia cerrada
mientras, abajo, los camiones de basura
digerían los restos del último botellón
sobre el ultrajado asfalto
de una calle con insomnio.
Al final resultó que la vida eran
los Reyes Magos, tu primer sueldo,
tu primera medalla de judo
o la primera y enfadada llorera
al mundo de tu hijo al nacer;
aquella noche de risas y resaca
tumbados en los asientos reclinables
de tu viejo descapotable en mitad
de ningún sitio, mirando las estrellas,
perdidos camino del mar, dos rayas
y los Estopa sonando a todo volumen
en un radiocassette del jurásico.
Quizás esa paellada (o barbacoa)
en la que -de manera inaudita -tus papis
compartieron un porro de maría
y se hicieron los putos amos de la fiesta,
divertidamente integrados
junto a tu panda de viejos amiguetes.
O la vez que salvaste a aquel asustado perrito
en plena autopista de un desenlace terrible;
incluso cuando el médico te dijo
que esa arritmia coronaria (mortal
según internet) era solo fruto de la ansiedad.
Y es que al final resultó que la vida
en realidad eran solo cuatro momentos
y medio entre un montón de relleno inútil
en el mejor de los casos,
que no dan ni para escribir
un triste y mediocre poema
de más de cuarenta y tres versos.
¡Y encima no te quejes, campeón!
______
Última edición: