El otoño cree en ti. Tu vestido de niebla
se confunde entre la hojarasca, los colores,
la húmeda pátina de los hongos al morir el bosque,
el rocío que besa el musgo tan verde como un tallo de maíz.
No te adjudiqué ninguna estación, tú ya sabes
que somos seres que mudan sus escamas según la luz y los cometas.
También el invierno te invita con su voz de nieve,
sus eclipses de frío y sus cabañas de troncos tiznados.
Pero yo te conocí en agosto, y supe de tu piel
y del brillo esmeralda de tus ojos,
y soñamos con islas o con pueblos blancos
o con playas insólitas donde mueren de amor las gaviotas.
Tú me decías que yo era abril, una flor que estalla sin querer,
un desnudo de mariposas en la cálida quietud de las glicinas.
Soy yo quien cree en ti, porque son años y estaciones nuestra vida,
incansable el reloj tan henchido de recuerdos y de alma, tan feliz
cuando en la madrugada invierte sus agujas
y nos invoca como una madre y nos acaricia como un sueño,
que día a día, compartimos.
se confunde entre la hojarasca, los colores,
la húmeda pátina de los hongos al morir el bosque,
el rocío que besa el musgo tan verde como un tallo de maíz.
No te adjudiqué ninguna estación, tú ya sabes
que somos seres que mudan sus escamas según la luz y los cometas.
También el invierno te invita con su voz de nieve,
sus eclipses de frío y sus cabañas de troncos tiznados.
Pero yo te conocí en agosto, y supe de tu piel
y del brillo esmeralda de tus ojos,
y soñamos con islas o con pueblos blancos
o con playas insólitas donde mueren de amor las gaviotas.
Tú me decías que yo era abril, una flor que estalla sin querer,
un desnudo de mariposas en la cálida quietud de las glicinas.
Soy yo quien cree en ti, porque son años y estaciones nuestra vida,
incansable el reloj tan henchido de recuerdos y de alma, tan feliz
cuando en la madrugada invierte sus agujas
y nos invoca como una madre y nos acaricia como un sueño,
que día a día, compartimos.
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