El hambre que engendra odio e intolerancia,
es la que destruye estatuas sagradas,
y abraza los pechos con sed de venganzas,
y derriba torres que al cielo se alzan.
El afgano hirsuto se mesa la barba,
se enrrolla el turbante,
se encorva de espaldas.
Con sus ojos tristes mira sus montañas,
buscando refugio del terror que aguarda.
La tierra sedienta y de minas sembrada,
se convierte en polvo bajo sus pisadas.
Dios, quizá dormido, no atiende a plegarias;
pero Lucifer, que nunca descansa,
por el sol poniente ya extiende sus alas.
Recaredo.